ANECDOTARIO MONTUNO del Sinú, Sabanas y San Jorge. Recomendada en varias Antologías del Caribe, como obra que debe encontrarse en toda biblioteca.


PRÓLOGO
En el imaginario popular de la cultura del Sinú superviven prácticas penetrantes como la zafra mortuoria y fantasías aterradoras como El Gritón. En el mundo actual de la globalización que busca la homogeneización cultural es saludable un libro sobre nuestra conciencia colectiva, como el escrito por Lelis Enrique Movilla Bello, "Anecdotario Montuno del Sinú, Sabanas y San Jorge". Es en este mundo propio donde podemos encontrar la explicación de muchas de nuestras conductas cotidianas y actuales. Somos resultado de lo que instituyeron nuestros abuelos, que modelaron el carácter de nuestra sociedad.
El libro describe las actuaciones de los personajes con el distanciamiento pudoroso del autor, que constantemente hace salvedad de la veracidad de los hechos y de sus categorías de pensamiento. Lelis Enrique entiende que el mundo de su infancia se desdibuja y se va sin pena ni gloria, que a la nueva generación sólo le importa

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pragmáticamente el presente y que se quedaron sin rostro. Lelis Enrique no desea ver a sus nietos sin hondura en la mirada, y quiere darles a esos ojos una perspectiva de profundidad y puedan sólo así interpretar lo que ven. Teófilo Angulo sabía el ángulo exacto donde podía convocar el diablo. No pactaba con él, pero sí lo convocaba para que otros lo hicieran. La pobreza que da olvidos lleva a los demás a escuchar los otros alaridos de los condenados que el diablo destapa de las entrañas de la tierra. El recurso de la memoria colectiva utiliza imágenes violentas que impresionan: la bola de candela que persigue de noche a la gente; los monos colorados que en los caminos impiden el paso mondando los dientes; el caballo sin cabeza que atropella, la palma hediendo de moscas zumbonas, constituyen aspectos que expresan la forma agresiva de la incorporación del ser en la sociedad, son formas simbólicas de decir lo duro de la vida social y económica. Esto acá en el Sinú, en la Sabana y el San Jorge no es un paraíso, es un infierno bonito. Sólo que esto se explica mediante imágenes del

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universo religioso. Así también se hace la historia. Estas representaciones de la realidad mediante imágenes religiosas o mágicas son formas de construir lo real en sociedades precapitalistas. En muchos aspectos de la superestructura las tres regiones siguen siendo tribales. La verdad, el acceso a la modernidad es más falso que real, pues sólo el atraso de una realidad social explica la existencia de estas supervivencias. El pasado nos visita con frecuencia en las formas de sentir, pensar y de actuar. Por mucha coca cola que disfrutemos, la chicha que tragaron los abuelos todavía nos cuartea los sueños. Nos apropiamos del mundo externo aún con el espíritu con que ellos lo hicieron. Nuestras prácticas colectivas tienen ataduras. El libro de Lelis Enrique Movilla Bello así lo confirma. Sólo que él centró su interés en demostrarlo.
Gracias, Lelis, por tu memoria de abuelo.
ALEXIS ZAPATA MEZA Escritor y Antropólogo

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INTRODUCCION
Fue grande la tentación de entrar a este libro que tiene en sus manos, amigo lector, colocando un epígrafe sobre ciencia ficción, modalidad que no se limita a especulaciones sobre un futuro virtual, sino que se divide en tres grandes ramas, una que aterriza en el mundo que habitamos y la realidad de un pasado no tan remoto, un presente inexplicable por sus constantes variaciones y un futuro más o menos previsible. Pero hemos sido enemigos de los epígrafes, al considerarlos una manera pedante del autor ante sus lectores, a los que sin conocer y sin que éstos lo hayan pedido, les comunica que ha leído obras de grandes escritores. El epígrafe, y esa es nuestra concepción, no es más que un insulto al lector porque se le está llamando indirectamente ignorante.
Los que hemos dedicado toda una vida a la lectura, nos dividimos entre los que piensan que son por ello superiores al común de los ciudadanos y los que consideramos que no es más que el

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acopio de experiencias y conceptos ajenos que debemos asimilar para enriquecer el intelecto. Por otro lado, en estos tiempos en que la ciencia y la tecnología son impetuosas corrientes, las frases destacadas de los más extraordinarios escritores y pensadores de la historia, son de fácil adquisición en volúmenes dedicados a ellos que se adquieren a precios cómodos en librerías y expendios que el común de la gente llama "librería agáchate", o bajar la información respectiva por el moderno sistema de Internet, por lo que no se requiere leer las obras si no consultar los compendios.
El epígrafe, que como la canción popular que dice: "Cipote manzana fue la que le dio Eva a Adán", se convirtió en hermosa tentación, es el pensamiento de un grande escritor como Adolfo Bioy Casares, quien en el prólogo de la obra que con Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges prepararon y publicaron en 1940, "La Antología de la Literatura Fantástica", dice: "...viejas como el miedo, las ficciones

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fantásticas son anteriores a las letras. Los aparecidos pueblan todas las literaturas: están en el Zendavesta, en la Biblia, en Homero, en Las mil y una noches."
En un análisis de la obra del autor citado, Teresita Mauro asegura que en ella la literatura de tipo fantástico y de ciencia ficción no se dedica "como es tradición del género, a transgredir las leyes de la naturaleza, sino que abre un nuevo marco dentro de la existencia real y cotidiana" y más adelante agrega: "El hombre normalmente no es capaz de percibir la realidad en sus diferentes dimensiones. La escritura, por lo tanto, adquiere una función múltiple, planteando no sólo el miedo o el misterio, sino también la ambigüedad y la angustia que provoca un mundo que no percibimos".
Convencidos de que los sinuanos, los sabaneros, y en general los caribeños, somos dados a convivir con lo fantástico, tendemos a "no percibir la realidad". Una es tan seria como la otra, o se confunden o se homologan, se produce una simbiosis que las convierte en una sola cosa.

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Cuando alguien nos presenta esa realidad fantástica en letras de molde, todos a una aseguramos que "eso lo sabía yo desde hace tiempos" o "esa es una invención" o "un plagio de lo que aconteció a fulano de tal". Los nativos de las tres zonas geográficas escogidas para este trabajo creen que todo relato se refiere a uno de sus antepasados y al atribuírsele a otra persona, protestan indignados contra el autor.
Corriendo el albur, recogimos varios relatos del entorno familiar y de un grupo de amistades que, sin considerarnos escritores, ni cuentistas ni novelistas, sabemos que serán criticados. Algunos por darle "prelación a la familia del autor", otros porque "eso le ocurrió fue a...", y los más por ser un "plagio", etc. Lo único cierto es que no pretendemos que se les enmarque en el tipo del cuento, porque no lo son. Más bien, y así esperamos que los tomen, son una especie de notas periodísticas, porque después de más de cuatro décadas de ejercer el periodismo y el radio periodismo, nos es difícil desprendernos

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del estilo adoptado. Por razón de la profesión, este libro cambió de título varias veces en el transcurso de los años. Si algo se convirtió en el mayor dolor de cabeza en nuestra actividad, fue colocar un título a los trabajos que elaborábamos. En más de cuarenta años debimos redactar unas quince mil noticias y unas cinco mil crónicas y reportajes, de las cuales si nos aceptaron en los periódicos diez títulos es como para registrar en el libro de los récords.
Semejante a como le ocurre a los hombres de edad con frecuencia, que evocamos con facilidad las vivencias más remotas pero no de las que acaecieron tres o cuatro horas antes, retratamos los primeros diez o quince días de nuestra permanencia en la Plaza de los Chivos del barrio Lo Amador de Cartagena, época en la que apenas habíamos cumplido nuestra primera década en el mundo, a donde se trasladó la familia como consecuencia de la persistente, onerosa y peligrosa persecución de El Charro, El Albañil, El Pulguita, Barranquilla, el cabo Genes y

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otros distinguidos miembros de la "autoridad" de entonces que integraban en Montería, junto con los Chulavitas, la denominada "Popol".
Los niños, jóvenes y adultos de Lo Amador miraban a los menores de nuestra familia como cosas raras. Por lo menos diez veces al día escuchábamos los gritos insultantes con los que pretendían humillarnos: "¡Montuno burrero!" o "¡Coralibe pata rajá, abarcas de tres puntá!". Pasaron los años y el cantautor cereteano, Noel Petro, interpretó una linda canción como la llamada "Pedro el loriquero", que quizás bailaron con mucha alegría los que antes nos insultaban.
El maestro José Elías Cury Lambraño, en sus trabajos lingüísticos, también reseñó el aporte del otro epíteto humillante: "Corroncho", cuando demostró que los así calificados habíamos entregado al mundo un nuevo idioma: el Costeñol y su variante El Corronchol. Por esas razones y basados en ellas, colocamos el título que ahora lleva este

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trabajo: Anecdotario Montuno del Sinú, Sabanas y San Jorge. Como todos sabemos, el montuno o lo montuno es montañero, que vive en el campo. Mejor dicho, que vivían en el campo, porque la violencia de todos los colores y condiciones se ha encargado de sacar de allí a los que sembraban la tierra. No es la aparición de la electricidad, ni la construcción de pistas aéreas y carreteras, lo que acabó con la ingenuidad del montuno: Fue la violencia.
Para retratarlo mejor, recordemos los trillados chistes de montunos como, por ejemplo: Un campesino que no sabe leer ni escribir, pero sí conducir un tractor y desarrollar trabajos con éste, que llega manejando su vehículo a la estación de gasolina de Martín Guzmán en Cereté, fumándose un grueso y largo tabaco. El bombero le señala un aviso en que se lee: Prohibido fumar, pero el tractorista se queda viéndolo y le responde:
-Sigue poniéndole bolas a la publicidad y vas a morí jacto de coca cola. ¡No seas pendejo!

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Como también el montuno que llega a la ciudad a una consulta médica porque sufre de fuertes dolores de garganta y cuando regresa al rancho le dice a su mujer:
- "¡Mija! Veddá que la cencia es que ha progresao. Mira que pa curacme el gañote me mandaron unas calillitas que me debo meté po'el c...".
Y los remitimos a una serie de canciones de Calixto Ochoa, la primera de ellas El Calabacito Alumbrador, con los compadres Menejo y Remanga, en donde se retrata acertadamente el choque de culturas, la sorpresa de quien ignora la existencia de las cosas nuevas que producen la ciencia y la tecnología.
Lo aquí escrito es del Sinú para los sinuanos, de la Sabana para los sabaneros y del San Jorge para los sanjorjanos. Hablar del diablo, las brujas y los espantos en las tierras señaladas, es como soltar el freno de un mecanismo que deja en libertad los recuerdos y las lenguas. Si se reúnen veinte personas para narrar sus

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experiencias o para repetir relatos que vienen de boca en boca quién sabe desde dónde y desde cuándo, se requerirían largas jornadas para que cada una de ellas pudiera hacerlo. En esto, cada sinuano, sabanero o sanjorjano, es un rico venero y tal parece que se siente un algo de orgullo por repetir lo que escuchamos de las bocas de nuestros abuelos y abuelas. Incluso, personajes allegados a las familias o familiares cuyos nexos son difíciles de establecer, llenaron las cabezas de nuestros padres y nuestras con esas, en algunos casos, leyendas inventadas para pasar la "prima" noche, en tiempos en que la luz eléctrica era un fenómeno tan excitante como el diablo mismo.

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ENTIERROS A GOLPE DE PISON
La simbiosis étnica dejó en el Caribe colombiano una serie de prácticas que, con el correr de los años, pasaron de ser comunes y corrientes a convertirse en hechos y situaciones curiosas, por no decir que risibles o reprochables, medidas con el rasero de estos tiempos de televisión, viajes al espacio exterior y otras cosas, que nos apartan años luz de la concepción del mundo que tuvieron nuestros tatarabuelos y bisabuelos.
Como lo señalamos en otro aparte de este trabajo, en el Sinú, la Sabana y el San Jorge, gran parte del departamento de Bolívar, así como de regiones netamente caribeñas que por el accionar de la política fueron encuadradas en el departamento de Antioquia, se vivieron y practicaron, y aún en medio de los montes y las selvas que quedan se practican, costumbres que hoy nos sonrojan por lo elementales, pueriles y descabelladas. En el caso de los muertos, por ejemplo, es cosa curiosa el que los niños fueran envueltos en sudarios

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blancos, ataúdes del mismo color, con un ramo de flores blancas entre las manos y una flor blanca entre los labios, abriéndoles los ojos con palitos. Ello tenía como objeto permitirle al espíritu del niño encontrar prontamente el camino al cielo, por una parte, y presentar ante los espíritus superiores en el más allá, la pureza de su condición de infante.
El importante recopilador de la historia monteriana, el francés Jaime Exbrayat Bocompain, de quien se puede disentir por su historia de Montería, pero jamás negarle el valioso y generoso aporte que legó a este pueblo y sin el cual estaríamos en babia en la materia, nos relata el entierro de los niños, y para poder redondear lo que queremos decir aquí, pecando por exceso, transcribimos lo pertinente:
"Después, marcando el compás y cantando estas palabras ayunas de todo sentido: "Pío, pío, yo era gavilán", se apoderaban del cuerpecito y con un ritmo acelerado, que semejaba alguna marcha fúnebre, se encaminaban hacia el

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cementerio, dando tres pasos adelante y uno atrás y cantando siempre "Pío, pío, yo era gavilán; señor gavilán, señor gavilán". Terminado el sepelio del infante volvían a la casa donde daban principio al velorio tomando café y fumando calillas. Se pasaban la noche ingiriendo fuertes libaciones de chicha y aguardiente, jugando barajas o dominó y echando cuentos más o menos verdes mientras unos cuantos músicos rasgaban sus mal afinados instrumentos y cantaban coplas que de todo tenían menos de fúnebre".
Dejamos sentado el hecho de que muy pocas veces, y tal vez jamás se ejecutó, incluyendo las dos primeras décadas del Siglo XX, autopsia a un cadáver. La lejanía de los centros urbanos en donde accionaba todo el aparato de la justicia, la ciencia y la tecnología, la certeza sobre las razones de la muerte, y la oposición familiar a un "descuartizamiento" del cuerpo del ser querido, lo impidieron. Esas razones, además de esperar un mínimo de veinticuatro horas después del fallecimiento para llevar a cabo el

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entierro, facilitaron el regreso a la vida de numerosas personas que dadas por muertas recobraron el aliento en la ceremonia de velación, durante el desfile mortuorio o en los últimos instantes, cuando se estaba a punto de lanzar las primeras paladas de tierra sobre los ataúdes. Es cosa común y aún viven algunos de los que atravesaron por tan dramática situación.
Por mucho tiempo se realizaron curiosas ceremonias previas al entierro, y hasta la penúltima década del Siglo XX solían hacerse en la población de San Luis, municipio de Sampués, departamento de Sucre; de la siguiente manera:
Inmediatamente fallecía una persona, con el cacho, al principio de los tiempos de estas tierras, se daba aviso hacia los cuatro puntos cardinales. Pese a la lejanía, o tal vez por razón de ella, los habitantes de las zonas rurales permanecían informados de la situación de sus vecinos y por ello conocían con anticipación las enfermedades graves que afectaban a alguien. Al sonar el cacho, de

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inmediato sabían quién había fallecido y se preparaban para trasladarse al lugar respectivo, del cual solo regresaban al término de los nueve días. Era un traslado de toda la familia del interesado en brindar a su familiar o amigo el postrer tributo.
Los más cercanos a la vivienda del muerto, tomaban los espeques, como llamaban al cavador, los picos, las palas y se trasladaban al cementerio, si lo había, o al lugar escogido por los deudos para darle cristiana sepultura. Y comenzaba la curiosa ceremonia, que se dividía en dos etapas y dos grupos distintos. La primera etapa consistía en abrir una fosa en la tierra, de una profundidad mínima de ocho metros, y el primer grupo, en medio de cánticos, desprendía la tierra con los cavadores y los picos manteniendo un ritmo acompasado que le suministraba la melopeya entonada con vigor por los trabajadores. Luego venían los de las palas para arrojar fuera del hueco la tierra desprendida, también al son de otra melopeya. Como es de lógica, todos

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cantaban y todos bebían rones fuertes hechos en zacatines de la región. Unas cinco o seis horas de trabajo permanente, sin interrupción, se requerían para cavar los ocho o diez metros de profundidad. Para evitar demoras en el relevo, éste se hacía persona por persona, de manera tal, que sin perder el ritmo de los golpes de los cavadores y los picos ni de la canción que se entonaba, salía el que iba a descansar y entraba quien continuaría la labor.
La segunda etapa se iniciaba inmediatamente quedaba allá abajo el ataúd con su ocupante, cuando cumplían su trabajo los encargados de tapar la fosa. Muy similar a la ceremonia anterior, pero con mayor rítmica en el trabajo, por cuanto los utensilios quedaban limitados a dos pisones y dos palas. Los de las palas arrojaban tierra encima del ataúd y cuando había suficiente como para no romper la madera con los golpes, bajaban los de los pisones. El toc toc de los pisones se semejaba al ruido que se produce al descascarar el arroz o el maíz en un pilón. Para mantener el ritmo, se

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entonaba otra canción y los relevos se hacían desde abajo, cuando saltaba el reemplazo y el que salía le tiraba el pisón, que era un bloque de madera dura, pesado, pegado a dos especies de palancas. El relevo tomaba en el aire el pesado elemento y continuaba, sin perder el compás, el trabajo. Nos fue imposible recuperar los cánticos entonados en esas ceremonias, pero se asegura por muchos viejos, que lo sobrecogedor de las mismas estaba en los metros finales, cuando el toc toc de los pisones, casi al nivel del suelo, se esparcía por los alrededores y lugares bastante retirados llevados por el viento.
Clavar la tapa del ataúd y pisar la tierra en la fosa, fueron ruidos sustituidos por el destornillador en el ataúd y la llana en la boca de las fosas de cemento, llamadas bóvedas. El locutor y periodista sincelejano, que vivió por varios años en Montería, Juan Bautista Guevara Támara, utiliza las expresiones: "espera que te cante la llana" o "eso se lo dices al albañil cuando ponga a cantar la llana en la boca de tu tumba" para significar que a
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todos nos llegará el momento último en que el albañil cumplirá su deber de tapar la bóveda para ocultar la podredumbre de nuestras envolturas mortales.
¿A qué viene esta ceremonia tan peculiar de abrir fosas tan profundas, cantar y prácticamente danzar mientras se abre y se cierra? La explicación nos la dan dos cronistas españoles de la época del descubrimiento, como son Antonio Herrera y Tordecillas (1549- 1625) en su obra Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del mar Océano o Décadas, por una parte, y Fray Pedro Simón (1574-1630) en Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, cuando informan:
"...magnificas, i adornadas con Losas y Bóvedas i con el difunto metían en ellas todas sus riquecas, joias i Armas, Mujeres vivas, i Criados, con mucha comida, i Cantaros de Vino...". Herrera y Tordesillas, tomo VI, Pág. 304. Es decir, que las fosas eran del tamaño en ancho y profundidad a la cantidad de

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personas y objetos que entrarían, por cuanto el muerto no quedaba solo, ante el convencimiento religioso de los zenúes, y de gran parte de los aborígenes del Nuevo Continente, de que pasaban de esta a otra vida.
La ceremonia de que venimos hablando, posiblemente es un legado zenú. Y Fray Pedro Simón, en lo que respecta con las sepulturas, dice:
"...tienen mayor altura, según los mayores o menores caudales del difunto, pues después de metido en ella, dura el echar la tierra lo que dura la chicha que se les da a los indios que las amontonan, y si el caudal llegaba a que fuese mucha y que durase muchos días, en éstas hacían más crecidos montones y más encumbrado el túmulo que el del que teniendo poco caudal eran pocos los días que duraba el beber y a este paso y por la misma razón había también algunas sin túmulo...". Simón, tomo V, pp 126-127.
P. S.: Tiempo después de preparada esta parte del libro, encontramos las

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memorias del Primer Encuentro Córdoba y su Folclor, realizado en Montelíbano los días 18 y 19 de agosto del 2001, en las que aparece un trabajo del periodista, catedrático e investigador cultural, Roger Serpa Espinosa, intitulado "La Religiosidad Popular y el Culto a los Muertos en el Departamento de Córdoba", con cuya autorización extractamos lo pertinente:
"Igualmente son celosos en que la cabeza del niño difunto debe quedar orientada hacia el naciente, y si es adulto en sentido contrario, o sea hacia el poniente, "mirando hacia el naciente", ya que el ánima debe "ver la claridad" en su camino al cielo".
"Luego se procede a "pisar el muerto" con tres pisones: uno macho y dos hembras. Echan con las palas la primera capa de tierra en la tumba y se meten tres hombres con sus respectivos pisones e inician una especie de danza ritual, con connotación sexual en la que el pisón macho persigue, acosa a los pisones hembras girando hacia la derecha, en

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sentido oriente-occidente y golpeando rítmicamente la tierra, y siguiendo su compás. Un pisón hembra se denomina "La Vieja" y el otro "La Viejuda", como quien dice "La Hija" y "La Madre", que son cortejadas insistente y pertinazmente por el macho".
En lo que respecta a los cánticos de la zafra mortuoria, Serpa Espinosa, que pudo adelantar trabajo de campo para su ponencia, transcribe dos. La primera, algo extensa, es la de "Pachita Pérez", dos de cuyas estrofas son:
"Adiós que me voy, adiós
 y que adiós que me voy diciendo,
 las espaldas te voy dando,
 mis ojitos van alegres,
y el corazón va llorando".
 "Ya te moriste tu Pachito
 Manuelito, Manuelito,
Cuándo vuelves otra vez,
 Yo ya no vuelvo más
Ya no sé lo que será".
Además de señalar las dimensiones de los pisones, Serpa Espinosa repite otras zafras, así: "El pisón macho tiene una longitud de

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110 centímetros y la hembra de 156 centímetros. El diámetro del mango mide 15 centímetros, y el de la base 18 centímetros, con una altura de 21 centímetros. Los tallaban generalmente en madera de roble o matarratón. Mientras pisaban rítmica y cadenciosamente, se trenzaban en piqueria gritando, guapirreando y cantando zafras mortuorias, estimulados por el licor.
 "Pregunto por ignorante,
 por ignorante pregunto: el vivo cuando se muere
 ¿por qué lo llaman difunto?
 El vivo cuando se muere
Se le canta la mangona
 Se le echa tierra encima
Pa'que el gusano se lo coma".

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"EL HOMBRE QUE NO PUDO TOREAR AL DIABLO"
Pese a que nuestro abuelo materno, Teófilo Ángulo de Hoyos, refería la historia que sigue en medio de risotadas, parientes y amigos aseguraban que algo había de verdad, toda vez que no era un secreto de que poseía una forma de convocar al mismo Satanás, la cual obtuvo en las entonces selvas que rodeaban a Montería.
La ahora ciudad escribió en sus primeros anales como poblado, por cierto, una historia muy reciente, casos de espantos y encuentros con el demonio. Nadie que tenga más de medio siglo de vida, pone en duda lo que escucha sobre el particular. Destacados personajes fueron señalados como hombres que celebraron contrato con Satanás, para adquirir cuantiosas fortunas que en estos momentos sus hijos y nietos disfrutan. Como que fue cosa común y corriente y tal parece que por aquellas calendas el señor de los infiernos gozaba de tiempo.

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suficiente para asistir a los llamados de los humanos. Tampoco dudaban quienes conocieron al viejo Teófilo, ninguna de sus fantásticas narraciones sobre acontecimientos en las montañas sinuanas y sus amigos se encargaron de divulgar convocatorias como la del cuento que sigue, en las que participaron personajes que con el correr del tiempo pasaron de humildes peones a destacados ganaderos de la región, como si en aquellos tiempos en que parece que ni rifas hacían por aquí, se hubieran ganado el sorteo extraordinario de una lotería. Pero esas son historias para otro momento.
En un día del mes de marzo de 1908, el viejo Teófilo Angulo, en aquella lejana fecha un hombre de treinta años salió de Severá en compañía de su suegro, José Isabel Bello y otro amigo, rumbo a un sitio equidistante entre El Chorrillo y el puerto llamado La Boca de Lara, para enfrentar a su suegro con el demonio. El suegro estaba desesperado ante los embates de la mala suerte y nada de lo

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que hacía para mejorar económicamente le daba resultados, por lo cual cada día iba de mal en peor y llenándose de requerimientos monetarios. El hombre recurrió a Teófilo Angulo, que como ya lo indicamos, tenía fama de citar al demonio para favorecer a quien superara las pruebas, y éste le dijo:
-Suegro, la cosa no es tan fácil como parece. Debe enfrentarse al diablo en un lugar solitario y bien adentro de la montaña, pero si da demostraciones de miedo, él se retira y a mí me puede venir un castigo. Esa es la razón para que me niegue a las solicitudes que me hacen diariamente. Si en verdad está dispuesto a vender su alma al diablo, tiene que llenarse de valor y asistir al lugar que le indique a ponerse cara a cara con él. Lo que debe es rezar para que no les exija una pelea a trompadas, porque esa prueba pocos la han resistido. Y no hacerlo es perder la vida en el acto.
-Yerno, mi desesperación es tan grande con la terrible situación que estoy atravesando, que si Satanás me derrota y

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me lleva para los infiernos, está bien. Lo que no quiero es seguir siendo pobre, porque la pobreza es lo peor que le puede ocurrir al hombre. Dígame yerno ¿no se justifica que le venda mi alma al diablo?
-Yo no puedo responderle, porque mi situación es tan desesperada como la suya y, pese a tener el medio con el cual llamar a Satanás, nunca lo he hecho para mi beneficio. Ese es un asunto delicado, con graves consecuencias para el futuro y yo no estoy dispuesto a correrlas. Sigo siendo pobre y moriré pobre, pero no comprometo mi eternidad.
- ¿Me repite las condiciones?
- Con mucho gusto. Usted va conmigo y un testigo, que bien puede ser amigo suyo o amigo mío, pero sin parentesco cercano o lejano con usted. Será simplemente eso, un testigo. Al llegar al sitio, ya estaré enterado de la forma como el diablo habrá de presentarse, porque
cuando lo invite y si él acepta, me dará las instrucciones del caso. Si es una pelea a trompadas, tendrá que ganárselo, cosa

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bastante difícil, porque cuando va perdiendo atemoriza al contrincante cambiando de figura, entre más miedosa mejor. Si quiere una pelea con el acero, aténgase y no permita que lo toque el filo de la espada infernal, porque morirá de la herida pero después de por lo menos veinte años de sufrimientos; si aparece en figura de toro bravo, tendrá que sacarle un mínimo de tres mantazos, porque ese es uno de los números cabalísticos de la gran bestia; si sale en forma de puerco espín, deberá evitar que lo atropelle y al mismo tiempo tendrá que abrazarlo y cargarlo, porque solamente cuando deje de tener contacto con la tierra perderá las púas. Mejor dicho, esté preparado, porque el diablo es quien escoge la forma. Si usted gana, tomará su figura común y corriente y delante de nosotros, el testigo y yo, le preguntará qué es lo que quiere y de qué manera va a pagárselo. Nada es imposible para el diablo y lo que usted pida eso le dará. Eso sí, nosotros seremos garantes de su palabra, porque el incumplimiento le traerá consecuencias inimaginables.
- ¿Y qué es lo que generalmente pide en pago?

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- Su alma, suegro, su alma. Pero como usted querrá gozar lo que él le dará, y todos los que hacen este pacto piden grandes riquezas, al llegar el plazo podrá cambiar su vida por la de un ser amado, que puede ser su esposa, su madre, un hijo y, por último, un amigo, que en ningún caso serán los dos testigos. Así, usted podrá entregar, si el plazo es de diez años, un allegado diferente cada diez años, hasta el plazo máximo de cincuenta años.
- Estoy listo y ya decidí a quién voy a entregar primero.
- Si está listo hasta con la primera entrega, lo espero mañana a las ocho de la noche para llegar temprano al sitio del encuentro. Pase esta noche y le informo de qué manera se va a presentar el gran señor, para que venga con los elementos adecuados.
Efectivamente, a las siete de la noche regresa el interesado a quien Teófilo le informa que debe traer al día siguiente un

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mantel, preferiblemente blanco, porque el diablo se presentará en forma de toro bravo. Teófilo lo felicita, porque es la prueba más sencilla, toda vez que para la época era raro el hombre del campo que no tenía experiencia frente a toros bravos en los corrales o en los potreros. Cual más cual menos, nadie evadía un enfrentamiento con toros, aun cuando se tuviera que recurrir a la velocidad de las piernas para no ser corneado. Y el viejo José Isabel pensó que la cuestión estaba pilada, por lo fácil. Del viejo José Isabel Bello se comentó que poseyó extrañas facultades, como la de darle órdenes a las culebras. Si encontraba una en el camino, con ánimo pendenciero le decía:
"¡Apártate, que voy a pasar Manuela!" y la culebra corría a esconderse bien lejos del camino que llevaba José Isabel. Afirmaban así mismo que, con una pita de majagua colorada, con un cáñamo o una rama, creaba una culebra. El yerno le informa también el nombre del escogido corno testigo.
A la hora del compromiso parten los tres

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hacia el sitio en que habrá de celebrarse el encuentro entre el que ambiciona una fortuna y el diablo convertido en toro. El uno, el citador del demonio, el otro el interesado en negociar su vida a cambio de fortuna y el tercero como simple testigo. Caminan en silencio, inmersos en sus propios pensamientos, por cuanto no hay nada de qué hablar y cada cual evita el tema.
Llegan, en medio de la oscuridad de la noche, a un claro dentro de la montaña que parece hubieran adecuado en el día para la ceremonia que se desarrollará a continuación. Teófilo Angulo pide a sus acompañantes mantenerse a la orilla del claro, que es una especie de redondel, mientras él va al centro. Allí habla solo, gira de derecha a izquierda, y se detiene frente a cada punto cardinal y cuando termina, vuelve al lado de sus dos acompañantes, toma de la mano al interesado en vender la vida y lo conduce al sitio que acaba de dejar. Una vez allí, le dice:
- Suegro: Prepárese a torear, pero no

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vaya a mostrar miedo. Tenga la seguridad de que el diablo no quiere matarlo de una cornada; él solamente va a medir su disposición de venderle la vida. De acuerdo como lo toree, de pronto es suficiente un solo pase y de inmediato se presenta a negociar. Va su vida y la mía en esto, suegro ¡No lo olvide!
Lo deja en el centro del redondel en medio de la selva. La luna, que había estado esplendorosa, se esconde tras las copas de los árboles sumiendo en tinieblas el espacio del encuentro. Teófilo le dice en voz baja al testigo:
- Si mi suegro se aculilla ante el toro, usted y yo, para evitarnos problemas, correremos a coger la manta y a demostrar que estamos dispuestos a enfrentarnos a Satanás, para que no se desquite la rabia con nosotros. El que se acobarda frente al diablo, después de pedir la cita, ya le entregó el alma, así el negocio no se haya llevado a cabo. El testigo hace una señal afirmativa moviendo la cabeza y ambos se dirigen a

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la orilla del redondel.
El entorno continúa oscureciéndose cada vez más y las tinieblas se tornan densas a semejanza de una capa de fina tela que puede asirse, pero ninguno de los tres hombres se mueve. Casi no respiran y si lo hacen es tan tenuemente que más parecen estatuas que seres humanos. De pronto, un remolino alcanza a vislumbrarse en medio de la oscuridad y envuelve los árboles que cercan el redondel en tal medida que amenazan con venirse al suelo por la fuerza del viento que los abate. José Isabel, en el centro del redondel, impertérrito ante los fenómenos que se suscitan, mostrando un valor y una hombría irreprochables, sostiene con dificultad la manta que la fuerza de la brisa le mueve frenéticamente y en momentos le tapa la cara y la visión. Un alarido de muerte retumba como un trueno, o a lo mejor fue un trueno que se asemeja a un alarido, y el miedo les va entrando por las abarcas y le llega a la cabeza, erizándoseles la pelambre a todo lo largo y ancho de sus cuerpos.

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Ninguno de los tres supo de dónde ni por dónde apareció un inmenso toro negro que votaba fuego por la boca y los ojos. El animal rasgó con las pezuñas traseras la tierra y al viento se sumó entonces el polvo. Tan intempestivamente como apareció, arrancó hacia el hombre de la manta. En medio del retumbar de truenos, de la velocidad de los vientos, del ruido producido por las copas de los grandes árboles de la montaña, de lo que parecía una serie de alaridos brotados de las gargantas de los condenados en las pailas del infierno, se escuchó un ruido diferente que se impuso al de las imprevistas ocurrencias, un algo así como: BRUUUUP. Todo volvió inmediatamente al silencio, como si nunca hubiera existido el ventarrón. Los árboles quietos, cesaron los alaridos y la luna iluminó instantáneamente el redondel. En medio del silencio se escuchó la voz del viejo Teófilo:

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- ¡José Isabel! ¡no abandone el sitio ni suelte la manta, porque si regresa el diablo y no se le torea, de la rabia nos lleva a todos, porque este hijueputa testigo se cagó del miedo!
El diablo, tal vez por la fetidez, no volvió al sitio de la cita.

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LAS BRUJAS
Tal parece que, desde el inicio de los tiempos, cuando el ser humano carecía de los conocimientos suficientes para entender el mundo que lo rodeaba y los fenómenos de la naturaleza, adjudicó lo incomprensible a seres más incomprensibles aún, como Dios y el Diablo. Desde ese momento comenzó la lucha entre lo bueno y lo malo, y a esas fuerzas inauditas se les atribuyeron poderes insospechados, que con el correr del tiempo y la evolución mental del hombre, como especie, vienen ajustándose a la realidad.
Pero algo de verdad hubo en aquella actitud primitiva, y si bien es cierto que hoy, en plena era de expediciones al espacio exterior para buscar y encontrar las raíces del ser humano, poco se habla de lo bueno y lo malo, de Dios y el Diablo, como fuerzas contrapuestas, no cabe duda de que hay algo inexplicable en muchas cosas. Si la luz eléctrica iluminó al hombre y quitó el misterio a las tinieblas, no deja por ello de pensar en

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los querubines, serafines, ángeles y arcángeles como soldados de Dios, y de diablos, duendes, vampiros, brujos y brujas entre el ejército infernal. Tratemos de comprender la situación recordando la manera en que versados y autorizados tratadistas del tema, como padres y doctores de la iglesia, teólogos y demonólogos, entre otros, conformaron los dos ejércitos en pugna, con sus, respectivas gradaciones, jerarquías y líneas de mando. El ejército de Dios, por ejemplo, está distribuido en tres grandes jerarquías o principados, y cada jerarquía en tres compañías o coros, además de los espíritus, una especie de batallón que opera independientemente, pero acata las tácticas y estrategias del mando central. La primera jerarquía se desempeña concretamente en el cielo, y se llaman: Serafines, porque permanecen ante Dios y abrasados en el fuego de la caridad; el primero de todos es Adonay, llamado Angel de Luz. Recibe directamente del Ser Supremo, las órdenes que trasmite a los de inferior categoría. Se encuentran bajo su mando, con idéntica potestad, Eloim y Gehovan, que velan por el

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cumplimiento de las órdenes. Repartidos equitativamente en las siguientes jerarquías, se encuentran Maratón, Azrael, Astroschio, Eloy, Milech, Ariel y Zenatog. "De aquí se deduce que van descendiendo en categoría, a pesar de ser considerados como espíritus superiores, por lo que bien podría denominárselos de primera, segunda y tercera magnitud, siendo el principal de todos el gran Adonay o el ángel de luz, como se ha dicho".
Querubines, porque son un reflejo luminoso de la sabiduría del Creador, y Tronos y Coros, porque proclaman la grandeza de Dios y lo hacen resplandecer. Los de la segunda jerarquía reciben sus nombres como consecuencia de las operaciones que se les atribuyen en el gobierno general del Universo, y son ellos: Dominaciones, que son los que distribuyen entre los Ángeles inferiores el desempeño de los encargos y las misiones; Virtudes, que cumplen sus prodigios,

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reclamados por los grandes intereses de la iglesia y del género humano, y Potencias, las que protegen con su fuerza y su vigilancia las leyes que rigen el mundo físico y moral.
Los de la tercera categoría, tienen el encargo de la dirección de las sociedades y de las personas. Ellos son: Principados, que se ocupan de los. reinados, provincias y diócesis; Arcángeles, que transmiten los mensajes de alta importancia, y ángeles guardianes que acompañan a los seres humanos, velando por su seguridad y santificación.
Además, hay siete gobernadores con funciones diferentes, que son: Aratrón, Bethon phaleg,0ch, Hagefh, Ophiel y Phul.
El ejército contrapuesto, tiene las siguientes líneas de mando: Lucifer, emperador; Belzebuth, príncipe y Astaroth, gran duque. Siguen los espíritus superiores, subordinados a los anteriores, que son: Lucífugo, primer ministro; Satanachio, gran general;

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Agliareth, gran general; Fleuretti, teniente general; Sargatanas, brigadier y Nebiros, mariscal de campo.
A las órdenes de los mencionados se encuentran tres espíritus superiores: Mirión, Beliat y Anagaton. A ellos, y para no ser más extensos, están subordinados por grupos de tres y en su orden: Bael, Agare, Marbas, Pruslas, Arimón, Barbatos, Buer, Gusatan, Botis, Batín, Pursan, Abigar, Loray, Balefar, Foran, Ayperos, Nuberus y Glasyabolas. "Y aunque hay todavía millones de espíritus que están subordinados a los precedentes, es inútil nombrarlos, porque no se sirve de ellos sino cuando place a los espíritus superiores hacerlos trabajar, en su lugar, pues los tienen como servidores o esclavos". No crean los lectores que inventamos estas cosas. Los remitimos al Concilio de Letrán, que hace ley en materia de ortodoxia, acordó que “los Ángeles son espíritus puros", mientras que el Concilio de Trento indicó: "Por designio de su providencia, confió Dios a los ángeles la obligación de guardar al género humano

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y de asistir a todos los hombres individualmente, para que no sufran daño de mayor gravedad"; la Pastoral de Monseñor Goussel, Cardenal Arzobispo de Reims para la Cuaresma de 1864, en donde aparece completa la línea de mando de las huestes celestiales; "Magia" de Arbatel, el grimorio "Tratado Completo de Verdadera Magia", entre otros. Como si fuera poco, al Ser, Supremo suele calificársele como "El Dios de los Ejércitos" pero los militares tienen a un demonio de sus preferencias: Abigor, quien forma parte de la monarquía infernal con el título de Gran Duque con sesenta legiones de demonios a sus órdenes. Los militares y amantes de la guerra lo adoran porque no escatima dar consejos insuperables en estrategias y tácticas, y otorga el poder de hacerse amar de los soldados. En la Colombia estremecida por la violencia, de todos los colores y tamaños y proveniente de los cuatro horizontes ideológicos, se habla desde la guerra del Cartel de Medellín contra el país, que los sicarios escogieron a una virgen como patrona, a la cual se encomiendan para

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que les permita salir bien librados de sus acciones. Hasta una película fue filmada sobre el particular. Tal vez enredar a los del cielo con los del infierno en un mismo propósito, peor aún, encomendándoles a los celestes que los favorezca y facilite asesinar a otro ser humano, es resultado de la desinformación. El grado de instrucción y cultura de los antisociales colombianos es el más bajo de la sociedad, y si ni siquiera los egresados de las universidades leen para adquirir nuevos conocimientos y ampliar el acervo cultural, menos pueden hacerlo los asesinos profesionales. En las huestes satánicas hay un demonio apropiado para estos menesteres, y esperamos que los que se dedican a la profesión de asesinar a otros seres lo tengan en cuenta. Se trata del demonio Caacrinolaas, que se presenta ante quienes lo invocan en la figura de un perro negro de enormes proporciones provisto de alas de grifo y que tiene a sus órdenes a treinta y seis legiones infernales. Caacrinolaas posee el secreto de lo futuro y es el inspirador de los homicidas y asesinos.

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Cuando ambos sectores se debatían en la oscuridad, el ser humano, que es el único que parece no guardar la armonía de la Creación, varió algunas reglas del juego y se convirtió, así mismo, en víctima de la guerra entre Cielo e Infierno y desató una persecución implacable y sangrienta contra las fuerzas de Satán. Si bien aceptaba que esas fuerzas eran superiores a él, pensó que eliminando a verdaderos o supuestos humanos aliados al Diablo, habría de ganarse la buena voluntad del Cielo, que paradójicamente, pregona la buena voluntad y la paz entre los hombres. Y se desató la guerra contra el más insignificante de los aliados de los avernos: las brujas. Esta actitud no era otra cosa que una gineco fobia, o lo que es lo mismo, odio a las féminas (sin que ello llegue a ser una actitud homosexual); un exceso de machismo y una manera de presentar a la mujer, que con su cuerpo y sus órganos reproductores no hace otra cosa que cumplir el mandato de Dios de multiplicar la especie, como el origen de la maldad. Si hay quien dude de esto, que lea cómo, en el día de hoy, cientos de miles de mujeres son tratadas como

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enemigas del hombre, pero usadas por él para satisfacer sus requerimientos sexuales, en los países en que predominan religiones diferentes a las que provienen de la rama común del cristianismo. Ese ataque inmisericorde contra la mujer, tildándola de bruja, se encuentra registrado en las páginas de la historia. La Santa Inquisición, que de santa no tuvo nada y más bien fue una infiltración de las fuerzas diabólicas en el seno de los ejércitos celestiales, y Salem, la ciudad que ardía las veinticuatro horas del día quemando los cuerpos femeninos, son una muestra de esta locura humana.
No se puede omitir el hecho de que las iglesias cristianas se resisten a considerar a la mujer, a la que le niegan la facultad de ser sacerdote o pastora, pero disimulan mejor el rechazo.
La bruja, entonces, es un fenómeno universal. Poco se habla de los brujos, pero de que los hay, los hay. La Costa Caribe no fue la excepción en la concepción de una mujer como aliada del

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Diablo. Las ciudades más viejas del país, como Santa Marta, Cartagena, Popayán y Bogotá, entre otras, registran versiones en las que las brujas ocupan el papel protagónico principal. Y las tierras del Sinú, la Sabana, el San Jorge, el. Morrosquillo - el escritor Oscar Vega Revollo escribió una novela histórica, desgraciadamente inédita sobre las brujas de Tolú - registran una rica vena de leyendas sobre brujas, brujos y similares.
Este no es un tratado sobre las brujas, pero no podíamos dejarlas a un lado, cuando ellas son un aporte significativo en la historia de estas tierras. Sirvieron para modelar aspectos importantes del carácter del hombre costeño y para justificar los fenómenos de una tierra llena de contrastes que en el pasado fue calificada como el Bolívar Grande. Por ello, en la recopilación de datos sobre este asunto, encontramos lo siguiente: Clases de Brujas:
En tratados de varios autores nacionales e internacionales, se hacen prolijos comentarios sobre la gran variedad de

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brujas que existen. Pero los sinuanos, sabaneros y sanjorjanos, nos limitamos a dos tipos: La brujas volantonas o arbolarias, y las brujas tierreras. Las volantonas o arbolarias, tienen la capacidad de trasladarse como cualquier avión, de un lugar a otro sin tener en cuenta las distancias. Su papel es llevar y traer noticias de asuntos de actualidad o futuristas, preferentemente, de hechos violentos. Generalmente utilizan una escoba como medio de transporte, y así se concibe en el resto del mundo. En nuestro medio se asegura que es la bruja volantona o arbolarla la que succiona la sangre de los niños recién nacidos que no han sido bautizados y a los que comúnmente se califica corno "moros", dejándolos muertos en las cunas. Igualmente, se les atribuye la capacidad de transformarse en animales como patas, pavas, puercas, monos colorados, micas prietas, etc., para hacer pasar malos ratos a hombres y mujeres en los sitios despoblados o en poblaciones pequeñas. La bruja tierrera, es la que no tiene la capacidad de volar, la cual se adquiere después de varios arios de

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servicio a las fuerzas infernales. Sin embargo, parece ser la más perversa entre los tipos de brujas, por cuanto, como cualquier traidor, obedece ciegamente a Satanás y por ello sirve de vehículo para las manifestaciones de éste en aparecidos, espantos, etc.
Se asegura que fueron tantas las brujas en cada pueblo, que entre ellas se formaron bandas. De la misma manera en que los habitantes de los barrios Chuchurubí y La Ceiba, en Montería, Barrio Arriba y Barrio Abajo en San Pelayo, para no citar tantos, competían en el aspecto de organizar y realizar los mejores fandangos, tener las mejores agrupaciones musicales, sacar en los desfiles las más grandes y mejor ornadas carrozas y a presentar a las más lindas madrinas, como se llamaba entonces a las que hoy son "reinas" de cualquier cosa, las brujas optaron por crear grupos cuya rivalidad no era otra que agradar al señor de las tinieblas. En cada banda de brujas se encontraba un brujo, los cuales recibían el calificativo de zánganos, como Jos maridos de las abejas reinas,

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cuya principal función se centraba en satisfacer los apetitos sexuales de las brujas y pelear por ellas con los zánganos de las otras bandas durante los enfrentamientos, que sucedían cada cierto tiempo. Los zánganos eran los sacrificados en las batallas.
Nos contó un amigo, que a su vez fue amigo personal de aquel, que uno de los mejores zánganos, superviviente de numerosas batallas entre bandas de brujas del municipio de Cereté, lo fue Antonio Macea. Llegó a tanto su dominio sobre las brujas, que prácticamente mantenía diariamente en el dormitorio de su residencia un mínimo de tres brujas amarradas, procedentes de distintos lugares, a las que dejaba en libertad sólo después de varios días de intenso ayuntamiento sexual. Estas actitudes eran condenables entre las brujas y por ello los zánganos debían enfrentar al contrario para no dejar burlada a su banda.
Y ya que hablamos de Antonio Macea, fueron tantas sus habilidades en el campo

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de la brujería, que en el corro de amigos y a la medianoche, se le pedía que fuera a un lugar en donde se estuvieran celebrando fiestas, para que adquiriera buñuelos, carimañolas, empanadas y otras frituras. En algunas ocasiones salió de Severá a Montería y en menos de media hora fue y regresó y al presentarse a sus amigos hacía malabares para capear el calor del envoltorio con los fritos, acabados de sacar del caldero y la manteca calientes.
Las pruebas:
No bastaba decirlo o sentirlo, ni mucho menos haber adelantado el curso respectivo, para poder llamarse bruja. Había que probarlo, y la mayor gravedad de la prueba otorgaba un estatus en el gremio. Generalmente las brujas son "graduadas" después de sacrificar a un ser humano, y si este es pariente cercano de la victimaria, mucho mejor. En los tiempos de oscuridad se habló mucho de que las brujas perseguían a los recién nacidos sin bautizar para darles muerte, sacrificándolos en aquelarres o

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sábath a Satanás. El extraordinario pintor Francisco Goya, dejó para la posteridad una obra relacionada con los sábath en la que aparecen recién nacidos colgando de varas y listos para ser consumidos en uno de esos aquelarres. Esa posibilidad mantuvo alerta a nuestras bisabuelas, abuelas y madres, para evitar que los recién nacidos fueran víctimas. Se insiste en que las brujas chupaban por el ombligo a los niños hasta sacarles la última gota de sangre. Se recurrió entonces a un sistema, luego de que en dos o tres noches consecutivas el recién nacido llorara intempestivamente, y fue el rodearlo con velas e imágenes de santos, santas y vírgenes. Así, la bruja tenía que subirse al techo de la casa y convertir la lengua en un hilo delgado que bajaba hasta el sitio en donde se encontraba el niño dormido. La madre, alerta, mantenía tijeras a la mano y cuando el hilo llegaba al ombligo, lo cortaba. Varias mujeres murieron y es famoso el caso de una joven que mediante ademanes informó a los familiares que tropezó con una piedra y al caer se cortó la lengua con los dientes.

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Murió a los dos o tres días como consecuencia del desangre.
En el Caribe colombiano son cientos de miles los casos de brujas y de hombres y mujeres señalados como tales. Escogimos las versiones siguientes por considerarlas peculiares y porque aún viven varios de los actores:
En el año de 1959, Rafael Morelos, a quien dejamos de llamar Rafa Mondongo, porque a su progenitora se le conocía en Montería como Rosa Mondongo y él, con una actitud de temple, pero, respetuosa hizo la advertencia a la gallada del barrio Obrero para que se suprimiera el apelativo, se fue con Pedro Salas a pescar a la llamada playa de Santa Fe, por los alrededores de las instalaciones militares de Sierra Chiquita. Generoso, el río les había dado suficientes ejemplares de su riqueza íctica y cuando estaban para recoger los aparejos y la abundante pesca para regresar a sus respectivos hogares, surgió ante ellos un pez de clase desconocida cuyas proporciones eran tan enormes que

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pensaron más en un sábalo del mar perdido en las aguas del río, que quizás se vino desde Tinajones a Montería. Se propusieron pescarlo, por cuanto se les mostraba indiferente y parecía una candidata de uno de los cientos de reinados que existen, desfilando sobre la pasarela, como invitándolos, mejor aún, retándolos para ver si eran capaces de pescarlo.
Volvieron a tomar las varas y las camadas y tiraron los anzuelos al agua y en esas estaban cuando Pedro Salas sintió que, por debajo de la tierra, pero viniendo desde el agua, un grito se le metió por la suela de las botas y lo hizo temblar. Sacó el anzuelo y le dijo a Rafael que era hora de irse, pero éste, como si el enorme pez lo hubiera hechizado, se negó a suspender el intento. Salas preparó todo, incluso lo que le correspondía a su compañero de faena, porque presintió que algo no estaba bien y se puso a esperar. Unos diez minutos más tarde, el pez dejó de nadar ante ellos y desapareció tan misteriosamente como apareció. Y como

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sí una cosa fuera consecuencia de la otra, escucharon claramente un aterrador grito que salió del río, el cual, como para no dejar dudas, se repitió cuando ellos emprendían veloz carrera que no suspendieron hasta llegar al barrio Buenavista. Ambos convinieron, luego de reposar de la agitada carrera y de reponerse del susto, que el pez no debía ser más que una bruja.
Pedro Salas también asegura que, en el pueblo de Caño Viejo Verija, cerca de un árbol de Caracolí que estaba al frente de la casa de Félix Ayala, salían tres monos colorados de regular tamaño que asustaban a los viandantes nocturnos. Se tomó unos tragos como para tensar los nervios y se dispuso a enfrentarse a los monos, porque se decía que eran tres brujas del pueblo. Alerta se acercaba al caracolí cuando se le atravesó un perro pequeño que lo distrajo ladrándole, por lo que no vio cómo aparecieron los tres monos. Se acercó a ellos, pero de inmediato, pelándole los dientes, le impidieron el paso. Pedro se retiró a prudente distancia y observó que los

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monos se sentaron a un lado del camino y comenzaron a acariciarse mutuamente los rabos, pero sin perderlo de vista. Por esa razón, cada vez que intentaba pasar, los monos saltaban a su frente y le mostraban amenazadoramente los dientes.
Consciente de que se trataba efectivamente de tres brujas, Pedro puso en práctica una de las fórmulas para espantarlas. Rezó la oración de San Bartolomé, que para esos tiempos se encontraba en la memoria de la mayoría de los habitantes de la región no solo para espantar brujas sino para amainar el rigor de los vendavales o "suestes" como aquí se califican, se puso la camisa al revés y pasó por en medio de los monos que lo miraron sin prevención alguna y que después de dos o tres metros más allá, cuando volteó a mirar, habían desaparecido.
Interesado en saber cuáles eran las mujeres que asustaban a la gente, transformándose en monos colorados, le pidió a su bisabuela una fórmula y ella le

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indicó que, si tenía sospechas de alguna, llegara al día siguiente a su casa, pero que antes de entrar, se chupara el dedo meñique, dejando en el mismo suficiente saliva. Si era bruja no le daría la mano cuando la saludara. Así lo hizo al llegar a la casa de María de los Reyes Polo, en donde se hallaban cerca de seis personas más, todas le aceptaron el saludo de manos menos María de los Reyes, que se excusó por tener las manos sucias al encontrarse supuestamente en la preparación de los alimentos, pero dirigiéndole una mirada preocupada, por lo que se convenció de que era una de las tres brujas que se convertían en monos colorados. "Lo cierto, dice Pedro Salas, es que muchas veces después encontré los monos junto al caracolí, pero me dejaban pasar sin siquiera mirarme".
Entre los casos que en el pasado se enmarcaban como fruto de brujerías, algunos no fueron otra cosa que producto de la inventiva de ciertos vivos para distraer la atención general e impedir la presencia de gentes en ciertos lugares y en determinadas horas de la noche. El

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cura sin cabeza de la plaza de la cruz en Montería, no fue más, se nos aseguró por quienes en esos tiempos se atrevieron a enfrentar el supuesto engendro maligno, que un sacerdote que se colocaba el cuello de la sotana arriba de la cabeza para de esta forma pasar indemne por en medio de la plaza y dirigirse a una residencia del sector en donde daba rienda suelta a sus requerimientos sexuales sin violar, públicamente, el voto de castidad. En Caño Viejo Verija, que como ya anotamos en otro lugar, es el pueblo que mayor número de casos raros registra en la región, aparecía una bola de candela que se enseñoreaba en la plaza y perseguía a quien osara pasar por ella después de las siete de la noche. Y como si fuera poco, otro engendro bajaba en forma de sábana blanca desde la copa de un almendro, acompañando a la bola.
Algunos jóvenes decididos se dirigieron a las ocho o nueve de la noche a la plaza para determinar si la bola de fuego y la sábana blanca eran de este mundo o del otro. Y la osadía les sirvió para disfrutar por varios años de licor gratis, por cuanto

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.la bola de fuego y la sábana no eran más que una estratagema de un fabricante clandestino de rones que de esta manera evitaba que los habitantes del poblado deambularan por la zona en horas de la noche, cuando el olor del licor se apoderaba del ambiente.
Un gran amigo nuestro y personaje de Montería tanto en las actividades ganaderas, de negocios, sociales y de la política, conservador por más señas y hermano del director propietario de uno de los periódicos que aquí circularon en el pasado, se disfrazaba de marimonda asustaba a todos los que pasaban entre los guayacanes y la residencia del turco Félix Dereche en Caño Viejo Verija, para penetrar sin dificultad a la casa de don Nicolás, donde sostenía relaciones íntimas con una de las hijas de aquel.
En Chinú, se descubrió que un individuo, cuya identidad nos reservamos por carecer de autorización para mencionarlo, buscaba los lugares en que estaban de farra algunos de sus amigos y como conocía la ruta que cada uno de

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ellos tomaban al finalizar la tertulia, se ubicaba estratégicamente para asustarlos. Unas veces colocaba una vela sobre el caparazón de un morrocoy o una hicotea y con una vara impedía que cambiara de ruta. A la distancia solamente se veía una luz que avanzaba lentamente. En otras ocasiones se calzaba unos zancos y se envolvía con una sábana blanca y a unos cien metros se colocaba en el centro de la calle o del camino y agitaba la sábana. En medio de la oscuridad de la noche, el más borracho y el más pintado, se devolvían asustados. El caso de un señor de apellido Ezpeleta, es muy interesante. Se le señalaba como un buen brujo y cuando estaba borracho, se subía a un caballo y lo cargaba a rejo para hacerlo galopar enfurecido y entonces lo dirigía a tupidas arboledas, donde el animal se estrellaba contra los árboles y terminaba muerto. Lo extraño del caso, sin embargo, es que, exactamente al año de morir el caballo, al cual todos habían visto cómo lo engullían los goleros, aparecía como si nunca le hubiera pasado nada y Ezpeleta volvía a montarlo hasta que se pegaba otra

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borrachera y de nuevo lo mataba. Francisco Tordecillas, cuando no quería hablar con alguien, tomaba una escoba y se la colocaba al frente, escondiéndose así detrás del palo. Un medio hermano de papá, Pedro Nel Martínez Cuadrado, hijo del general Martínez del mismo nombre quien fuera general del liberalismo en la guerra de los mil días, le vimos esconderse de la Popol detrás de un poste de la luz en el callejón que conectaba la calle 37 con la 39, por la hoy carrera diez. Los policías lo buscaban como aguja en el sector con orden terminante de matarlo, pero pasaban a su lado sin verlo, mientras que la vecindad, especialmente las mujeres, ahogaban en sus pechos y gargantas los gritos -de espanto cuando los policías le daban vueltas al poste de la luz y Pedro Nel, se sonreía.
José Ayala, al que en otra nota llamamos El Niño, como todos lo conocían, fue señalado como brujo, tal vez con poderes muy superiores al común de los brujos. Salía de su casa y le decía a mamá: "Silvia, si llega una garza a la puerta del patio, me mandas aviso que voy a estar

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ocupado en equis parte". Varias veces ella vio una garza blanca, esbelta, con porte orondo, bajar repentinamente frente a la puerta trasera de la vivienda del Niño Ayala, buscar una especie de tronera por la cual, después de comprobar que mamá la había visto, entraba y esperaba. Como la habitación del brujo era de balsa, él tapó las rendijas, como hacían todos, con una gruesa capa de hojas de periódicos y revistas y así no podía verse lo que ocurría en el interior. Mamá nos asegura que muchas veces alcanzaban a escucharse las palabras y las risas del brujo y de una mujer, que debía ser la garza por cuanto ella estaba pendiente y jamás entró una mujer por la puerta de la calle ni por la del patio. Algún día, inquieta por la situación, le hizo la pregunta respectiva al brujo y éste le respondió que ciertamente la garza era una bruja muy linda que venía desde Sincelejo, porque eran marido y mujer. • Lo singular, dice mamá, es que garzas de todos los colores llegaron en un lapso de unos diez años, así como patas, chelecas y otras aves. Como ella pusiera en duda la afirmación, el Niño Ayala le aseguró

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Que, en menos de diez días, se daría cuenta de sus poderes, lo que efectivamente, ocurrió. Tres días después, encontrándose en el patio recogiendo la ropa que había estado expuesta al sol, eran como las ocho de la noche, un golero se le paró en el hombro, dando ella un grito y emprendiendo veloz carrera hasta donde estaba nuestro padre. Por la mañana, los familiares del brujo le preguntaban, en medio de risas, que si el Niño Ayala pesaba mucho convertido en golero. Otra de las extrañas facultades del Niño Ayala era que, en medio de conversaciones triviales, decía dé pronto: Mañana, a tal hora, ¡llega fulano de tal, porque acaba de tomar la determinación de venir a Montería a tal diligencia. Y así ocurría, y cuando le preguntaban al visitante si le había dicho a alguien de su viaje, respondía que no, que había sido una decisión intempestiva.
Una de las versiones que nadie pudo afirmarnos su veracidad, es la de que

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cuando las brujas salen a volar, dejan las piernas en la cama. Se dijo que si alguien llega y unta limón y sal en el sitio de las extremidades en que al regreso encaja el cuerpo de la bruja, ésta no podrá colocárselas y permanece en cama largo tiempo sin dejarse ver, hasta que se disipan los efectos de la untura.
En las poblaciones de Caracol y Las Piedras, municipio de Toluviejo, los ancianos afirman que algunas personas poseían el secreto para atrapar las brujas. "Eran cuatro palabras solamente, pero no las recuerdo ya", nos dijo Guillermo Mercado Arias, quien agregó cómo un amigo suyo le rezó la oración a dos patas que acostumbraban a deambular a medianoche asustando a los viandantes, las cuales cayeron sin fuerzas frente al tenedor del secreto.
Del extenso material, algunas de cuyas piezas son verdaderas reliquias, que consultamos para elaborar este trabajo, encontramos casos de brujas y de demonios, que tienen similitud a lo expuesto. Tal el caso de la invisibilidad,

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el máximo de los secretos de la magia, de la demonologia, etc., sin omitir al cielo, porque hasta el sabio Salomón está involucrado en el asunto. Veamos:
Salomón, según la Biblia el hombre más sabio de la antigüedad poseyó libros y secretos interesantes. Escribió un libro que se llama Las Clavículas, y se le atribuye la fabricación de un anillo mediante el cual lograba ser invisible. El sabio Platón, acoge en su obra una leyenda sobre el anillo de Giges, que a su vez es reproducida por Cicerón en el libro "De oficis", según la cual, por invitación del esposo, Candaule, rey de Libia, vio desnuda a la reina; en venganza, la reina obligó a Giges a matar a su esposo y pasó a ser rey y marido. Cuando aún era pastor del rey, Giges halló en una cueva el cuerpo de un caballo de bronce y dentro de éste, un anillo que, al colocárselo, lo hacía invisible.
También encontramos el llamado "Anillo de los Viajeros", (¿Acaso lo tenía Antonio Macea?) que le permite a su poseedor viajar grandes distancias a pie,

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por ejemplo, de Bogotá a Medellín, en un solo día, sin fatiga alguna.
Los demonios Foreas y Balan, convierten en invisibles a sus protegidos. En lo correspondiente a establecer lo que ocurre en otros lugares y conocer las intenciones de las personas (caso Niño Ayala), encontramos que San Agustín cita al cartaginés Albenus, que en éxtasis profundo su alma viajaba a sitios remotos y al regreso, contaba todo lo que había visto y oído, al igual que se refiere a otro que conscientemente hacía lo mismo. Aristóteles sostenía que el alma puede, algunas veces, viajar sin el cuerpo.
La fiesta de las brujas recibió en Europa y Asia el nombre de Sábath. Se realizaba cuatro veces al arto: Víspera de San Juan, víspera de Navidad, Martes de Carnaval, cuando muere Joselito, y víspera de Pascuas. En varias poblaciones del Caribe, se cumplían, o se cumplen, tales fechas en el cementerio local, al que acuden brujas y brujos de toda la comarca y realizan una fiesta con toda la pompa. Fandangos en los que los instrumentos de

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. los músicos son huesos de cadáveres, las velas confeccionadas con sebo humano, las comidas elaboradas con la carne de los muertos recientes, etc. etc. Una verdadera feria destinada a entretener a los aliados infernales, y hasta ella llega el diablo con parte de su corte. Podríamos continuar, pero dejemos lo demás a la imaginación del lector, que, con seguridad, tiene versiones diferentes y tal vez más interesantes.

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"EL CABALLO SIN CABEZA DE LA PLAZA DE LA CRUZ"
Si algún sitio de Montería está lleno de leyendas sobre espantos y aparecidos, demonios y brujas, ese es el de la Plaza Chiquita o Plaza de la Cruz, en donde por años se realizaron los célebres fandangos. En la hoy carrera siete, entre calles 35 y 36, es decir, a un lado de la plaza, vivía nuestra familia. Allí nació y vivió sus primeros cinco años de vida, quien escribe. La vivienda era una casa de techo pajizo y paredes de bahareque, que mantuvo por años la mitad del frente con una cerca de balsas y una puerta de corral, que fue adquirida más tarde por el sastre Dagoberto del Castillo. Mirada de frente tenía a la derecha la casa de Aminta Ballestas y a la izquierda una edificación que llegaba hasta la esquina de la siete con 36, que era la cocina y un depósito de la residencia de nuestra tía abuela María de los Ángeles Barrera, hermana media de la abuela paterna, Felicia Cuadrado Viloria. Seguida de esta casa, hacia la carrera ocho, se encontraba la casa de

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Juan Fabra, en donde se escenificaron los más afamados bailes de orquesta de la Montería de los años 30.
La abuela Felicia era la propietaria de la casa, en cuyo patio, además de árboles frutales que para esos tiempos era algo normal, había una troja sobre la cual dormían unas veinte gallinas, unos cincuenta pollos, tres gallos, cuatro o cinco pavos y por lo menos una docena de gallinetas o cocas, como aquí se les llama.
Contaba la vieja luego de permanecer en una especie de estado de coma por más de un mes, lo cual hizo temer por su vida, fue a eso de las doce de la noche se despertó sobresaltada por algo que no pudo definir. Al escuchar el cacareo de las gallinas sobre la troja, dedujo que alguien se había metido al patio por la puerta de corral, para robarse las gallinas. tomó un mechón que permanecía al pie de la cama, la caja de fósforos Parrot safetty Macht, más conocidos corno Fósforos de guacamayo o fósforos de palito, prendió el mechón, abrió la puerta

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que daba al patio y se dirigió a la troja.  A escasos dos metros del lugar vio venir un caballo blanco que no tenía cabeza. El caballo adquirió en tan corto espacio una velocidad extraordinaria y si ella no se aparta con celeridad la habría atropellado. Fue tanta la velocidad, que el caballo sin cabeza formó a su alrededor una tromba gélida que la golpeó en la cara y el pecho, se le apagó el mechón y solo alcanzó a ver el animal saliendo por 1a puerta de corral, que extrañamente estaba cerrada, con dos cajas de madera que colgaban a lado y lado de la angarilla que portaba. Antes de caer al piso desvanecida, escuchó el trote del caballo que se dirigía por la carrera siete hacia 1a calle 38 a galope tendido, atronando el espacio como si en los cajones de madera llevara piedras de regular tamaño que se bamboleaban y creaban el estruendo.
Este engendro, indudablemente diabólico, fue observado y escuchado por muchos de los residentes en los alrededores de la Plaza de la Cruz, en ésta y posteriores ocasiones. En ese mismo momento, los habitantes de la carrera

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siete salieron a las puertas de sus casas para establecer qué pasaba. Eran las doce de la noche. Sin embargo, nadie diferente a Felicia Cuadrado sufrió los efectos de haber estado tan cerca del caballo sin cabeza.

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siete salieron a las puertas de sus casas para establecer qué pasaba. Eran las doce de la noche. Sin embargo, nadie diferente a Felicia Cuadrado sufrió los efectos de haber estado tan cerca del caballo sin cabeza.

RUIDO DE PALMA Y DE MOSCAS
Corría el año de 1953 y la creación del Departamento de Córdoba, produjo como por encanto, la desaparición de la ola de violencia partidista que afectó a todo el país, pero en un grado menor a las tierras del Sinú, el San Jorge y las zonas costeras del Urabá. Ese año fuimos con dos hermanos de nuestra progenitora, los tíos Edilberto, más conocido como El Ñaño, y Ladis, a realizar negocios en el Urabá y nos asentamos en el pueblo de Buenos Aires, Antioquia.
Allí, como resultado del esfuerzo conjunto, la plena dedicación y la juiciosa administración, levantamos un pequeño capital que nos permitió vivir decentemente y nos ganamos el aprecio, la admiración y el respeto de los demás. Un tío abuelo por la línea materna, Naudín Bello, fue nuestro sostén y respaldo, especialmente en lo relativo a relaciones comerciales, debido a que, por sus largos años de vivir en la región, era reconocido como ganadero, agricultor,

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terrateniente y comerciante en maderas. Nos ganamos la confianza del tío Naudín que con frecuencia nos enviaba a San Juan de Urabá, Damaquiel, Zapata, Uveros y otros lugares de la región costera a comprar grandes cantidades de coco para surtir a las tiendas de la zona en que residíamos.
Un día, el último viaje que hicimos a esos lugares, las goletas que traían el producto desde localidades de Panamá no llegaron a tiempo y nos vimos obligados a permanecer en San Juan desde las cuatro de la mañana hasta eso de las cinco de la tarde, cuando arribó la primera embarcación. El proceso de regateo de precios y de compras, el embalaje y el montaje de los bultos de coco a las cuatro mulas, cuatro caballos y treinta burros, no obstante, la ayuda recibida de varios conocidos de buena voluntad, solo nos permitieron salir desatendiendo advertencias a las ocho de la noche ¿Por qué desatendimos las advertencias? Tal vez la condición de jóvenes nos hizo ver de manera diferente la localidad de San Juan de Urabá. Pensábamos que la

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despigmentación de la piel era la más contagiosa de las enfermedades y encontrarnos a cada momento con un "vallenato", como se les llama por estas tierras, nos impedía ingerir hasta una gaseosa.
No comíamos, no bebíamos y casi respirábamos con dificultad cuando estábamos en ese pueblo. Se agregaba el hecho, también intrascendente, pero de capital importancia entonces, que en el parque de San Juan se colocó sobre un pedestal el busto del general Gustavo Rojas Pinilla. En Montería lideramos movimientos estudiantiles contra quien llamábamos "Dictador" y cuando los graves acontecimientos de Bogotá, en los que murieron estudiantes universitarios como consecuencia de marchas y protestas estudiantiles contra el gobernante, el grado de odio que sentíamos aumentó considerablemente. Y como si ello no fuera suficiente, por leer en voz alta ante un grupo de respetables caballeros de Buenos Aires, Antioquía, periódicos de Panamá en donde se relataban los acontecimientos,

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el Inspector de Policía, Francisco Muñoz, silenciosamente, nos mantuvo preso en el cepo durante una noche y un día. Por eso, y por no haber ingerido alimentos ni bebidas en más de quince horas, salimos tan tarde de San Juan. Al pasar por el lugar en que descansábamos antes de entrar a San Juan o antes de salir si el coco llegaba después de la una de la tarde, apenas sí aceptamos un plato de alimentos y agua fresca y reanudamos el viaje, desoyendo también las advertencias del dueño del predio que nos informó que ni siquiera los hombres de pelo en pecho cruzaban después de las ocho de la noche la que llamaban "Loma de Víctor Cárdenas", debido a los espantos.
La tal loma tiene una singularidad. Se sube para encontrar una larga planicie y se baja para retornar al camino común. Serían las diez de 1a noche cuando iniciamos la subida. No teníamos diez minutos de rodar por la planicie, cuando el caballo en el que nos transportábamos comenzó a dar muestras de inquietud y la arria aumentó el trote. Repentinamente

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escuchamos como si fuera pegado a la cola del caballo el ruido como de una palma seca que rodaba detrás, llena de moscas. No vimos ni palma ni moscas, detuvimos la estampida del caballo con gran esfuerzo mientras que los demás animales apretaron el paso. A la segunda presencia de lo que asustaba a los animales, prevenidos como estábamos, volteamos sobre la silla y apretamos el botón de la linterna, pero el rayo de luz nos mostró un camino normal. Nada de palmas ni de moscas. Eso fue suficiente, porque cuando nos ladeamos hacia la posición normal sobre el caballo se repitió el ruido y un algo misterioso nos hizo sentir como si una persona nos hubiera soplado aire en la nuca. El cogote se nos erizó junto con todos los pelos del cuerpo y a ello se agregó que el caballo casi nos tira en una manifiesta intención de desbocarse. Nos vimos apurados para frenar el animal y no caernos y en esas estábamos cuando se nos vino a la memoria una recomendación de todos los narradores de historias de espantos y de brujas y así actuamos.

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- ¡Brujita, no me espantes, acompáñame!, gritamos a todo pulmón. El ruido cesó de inmediato y una forma de pájaro nos golpeó la sien derecha luego de lanzar un silbido que nos dejó sordos. Hasta los animales se calmaron, pero entonces, asustados, los acosamos para apretar el paso y siendo casi la una de la madrugada divisamos la casa de la finca de don Víctor Cárdenas a quien desde la• distancia comenzamos a llamar para que nos abriera las puertas. Así lo hizo, alarmado por los gritos de miedo, y al referirle lo que acabábamos de sufrir nos dio un fuerte regaño, porque según él, nadie transitaba de noche por esa loma, debido a que allí se producían fenómenos inexplicables. "Da gracias a Dios, que quizás porque eres niño, te protegió. Pero me ha tocado ver a más de un hombre bajar a medianoche loco del terror. No vuelva a hacer una cosa como esa y mucho menos a desobedecer los consejos de los mayores". El rapapolvo familiar no se hizo esperar y creo que debido a ello no volvieron a enviarnos a buscar cocos a San Juan de Urabá, ni nosotros lo insinuamos.

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LOS ESPANTOS DE CAÑO VIEJO VERIJA
Las versiones sobre apariciones fantásticas parecen reunirse en mayor grado en el poblado conocido como Caño Viejo Verija. Le siguen las localidades de Severa, Caño Viejo Palotal y Caño Viejo Valparaiso. Todas están localizadas en una misma latitud y a las márgenes de una vía acuática ya perdida, que en otros tiempos sólo se secaba en los más intensos períodos de verano y derramaba sus aguas en el río Sinú en la llamada Boca de Lara.
Conocemos varias versiones sobre Caño Viejo Verija, pero únicamente nos referiremos a cuatro. La primera nos fue relatada por nuestra progenitora hace ya muchos años y corroborada recientemente, y la segunda, por ser protagonistas del insólito caso que llenó de espanto a las dos personas que nos acompañaban, durante un viaje de semana santa que se convirtió en una verdadera odisea por los percances registrados. Y entramos en materia.

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Nos contó nuestra madre que, por allá por el año de 1940, por un disgusto de los que nunca faltan en el hogar, tomó de la mano a nuestro hermano José Alberto, que en ese momento tenía escasos dieciocho meses de edad y a quien escribe, recién nacido, y se fue para la parcela de su mamá en Severá, en la que permaneció por el resto del año.
Nuestro padre, hombre ecuánime, con una serenidad a veces desesperante, soportó la soledad del recién casado con gran estoicismo, hasta que no aguantó más y le envió una nota pidiéndole que olvidara los resquemores y volviera a Montería. La nota fue conocida por abuela que de inmediato opinó que no debía atender el llamado, pero el amor pudo más que las objeciones maternales y mamá preparó el saco con sus pertenencias, le solicitó el favor a un hermano suyo para que la acompañara y le pidió a nuestra abuela que la llamara a las cuatro de la madrugada para viajar sin tener que sufrir los rigores del sol. La abuela, quizás por equivocación, o tal vez por furia, la llamó y después de estar
 
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todo preparado mamá se subió a un burro con sus dos hijos y el pariente, a pie. Al llegar a Caño Viejo Verija, se pasaba obligatoriamente por frente al cementerio, y cuando esto hacían, venía un hombre corpulento con dos perros, que a medida que se acercaban adquirían mayores proporciones y los ojos les brillaban en medio de la oscuridad, mientras que de la boca de los animales parecían salir chorros de fuego. Mamá, asustada por la visión, sintió cuando su acompañante, por la misma causa, se agarró de la angarilla y por ello procedió a rezar varias oraciones, cuyos efectos fueron los de que el individuo y sus perros se apartaran y apostaran a un lado del camino, sin responder el saludo que con voz temblorosa le presentaron al pasar por su lado.
Cuando llegaron a Montería, el reloj del templo comenzó a dar las campanadas, señalando las dos de la madrugada, lo que indicaba que salieron a las doce de la noche. Esta visión terrorífica fue sufrida por numerosas personas que pasaron por el

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cementerio de la localidad mencionada en el lapso de las once de la noche y la una de la madrugada. No pocos corrieron despavoridos al observar que tanto el hombre como los perros crecían inusitadamente.
La segunda y tercera versiones las • escuchamos de boca de conductores de automotores que por razones de trabajo pasaban por el pueblo entre la medianoche y la madrugada. Se trata del carro fantasma. Carlos Failache nos refirió que una madrugada al pasar frente al cementerio vio venir un vehículo que no atendió la señal de bajar las luces, que lo enceguecían por lo muy potentes. Se imaginó, por la intensidad de la luz, que se trataba de un camión F-900 y temiendo un choque por lo estrecho del camino, se orilló bien y detuvo la marcha de su propio camión, pero cual no sería su sorpresa y el tremendo susto que se llevó, cuando las luces se acercaban a toda velocidad y al agacharse para proteger su rostro del impacto, porque no dudó que el vehículo que venía se estrellaría contra el suyo, no pasó nada y la luz oponente

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desapareció instantáneamente. La persona que lo acompañaba en la cabina y el ayudante que venía sobre la carga, mostraron su sorpresa pidiéndole que acelerara para salir del lugar, por cuanto no podía ser otra cosa que un engendro diabólico, y él, tan asustado como los otros, metió la barra de cambio, aflojó el cloche y pisó a fondo el acelerador adquiriendo gran velocidad para retirarse cuanto antes del lugar.
Por allá por 1959, narra Pedro Salas, que por años fue bombero y chofer en la estación de gasolina de José Miguel Villadiego, se le ocurrió pedirle el favor al patrón para que le dejara un camioncito en el cual trasladarse a Caño Viejo Palotal, su solar nativo, y Severa, durante los días viernes santo, sábado de gloria y domingo de resurrección. El patrón le suministró el vehículo y Pedro aprovechó la circunstancia de que en ••• esos días disminuye el tráfico, para hacer su agosto en semana santa trasladando pasajeros desde Montería hasta aquellas localidades. En esas estaba cuando a la medianoche del viernes para amanecer el

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sábado, observó por el retrovisor que un vehículo se le venía encima por la parte de atrás. Para no dejarse echar polvo porque el camino era destapado, aceleró, pero cual no sería su sorpresa que el otro parecía estar pegado a la carrocería y por muchos esfuerzos que hizo no pudo dejarlo rezagado. Optó entonces por detenerse, pero el otro se detuvo también sin bajar la intensidad de las farolas. Reanudó la marcha y para establecer qué era. lo que pasaba, daba bandazos imprevistos a uno u otro lado de la vía y el vehículo que lo seguía obraba de la misma manera. Uno de 13-1-15jeros le gritó que acelerara porque ese era el carro fantasma y así volvió a la máxima velocidad que le daba su propio vehículo y le permitía el camino, sin lograr desprendérsele, hasta que llegaron a la altura del cementerio, en donde las luces, conforme al testimonio de los que viajaban en la carrocería, se metieron por la puerta del cementerio de Caño Viejo. Pedro Salas regresó a Montería en la mañana del sábado, pero pese a la gran demanda de pasajeros se negó a realizar otro viaje hasta que no terminara la

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semana santa. En la semana santa de 1965, salimos en un campero Willys a buscar a nuestra progenitora y hermanos a Severá, en compañía de la que hoy es nuestra esposa y de Dionisio Pérez, un empleado del DAS. Siendo las nueve o diez de la noche llegamos a los alrededores de Caño Viejo Verija, pero nos perdimos y de un momento a otro dejamos el camino abierto y trillado para remontarnos por uno que mostraba las trazas de estar abandonado hasta para el tránsito de animales de carga, pero sin poder establecer en qué momento se produjo el cambio de vía. Seguimos y encontramos un puente al que subimos y cuando llegamos a la mitad nos sorprendimos con el hecho de que el puente no tenía plataforma. Le pedimos a Dionisio que revisara y él, luego de hacerlo, con el susto reflejado en el rostro nos invitó a observar en dónde nos encontrábamos. Estábamos, no sabemos cómo, en la mitad de un puente que no tenía ni siquiera la tercera parte de la plataforma y que solamente con nuestros pasos, amenazaba con venirse abajo. Nuestra

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esposa ha sido siempre una mujer de temple y quizás por eso nos ha soportado tanto y rompió el silencio ordenándole a Dionisio que recogiera tablas para tapar los huecos que quién sabe cómo habíamos cruzado, para volvernos y así se hizo, y encontramos la vía verdadera a eso de las cuatro de la mañana.
Dos o tres meses después, al pasar en el mismo campero por frente al cementerio en compañía de tres detectives que adelantaban una investigación por esa zona, tropezamos con la luz de un vehículo que venía en sentido contrario pero que, al llegar a la puerta del camposanto, desapareció repentinamente.

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LOS ENCANTOS DEL SINU Y SUS AFLUENTES
El río Sinú es el accidente geográfico de una grande extensión territorial del Caribe colombiano, que compite con el resto del litoral en el aspecto de cuál posee el mayor número de leyendas. La Mojana, el San Jorge, la depresión momposina, Tolú, el valle de Upar, Riohacha, el archipiélago de San Andrés, Santa Marta y varias poblaciones del departamento del Magdalena, así como el llamado Corralito de Piedra, Cartagena, que guarda en sus murallas y sus castillos, en sus bóvedas y sus atalayas, el terror acumulado por más de tres siglos de aberraciones infligidas por el hombre contra el hombre. Las del Sinú, si bien guardan en ocasiones relación directa con las de los otros sectores, tienen sin embargo su propia esencia, su propio sabor.
La soledad de la selva, que crea en la masa encefálica del ser humano extrañas sensaciones e impresiones, así como visiones fabulosas, debió originar entre

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los primeros pobladores del valle del Sinú lo que es hoy una riqueza que se pretende recaudar y guardar en libros para deleite y enseñanza de las futuras generaciones.
Desde el Nudo del Paramillo, donde nace, hasta las bocas originales y posteriormente la de Tinajones, por donde se derrama al Mar Caribe, , incluyendo sus numerosos afluentes, el Sinú posee una incalculable riqueza en leyendas de todo tipo, desde las de los aborígenes, pasando por las de los primeros invasores, como los Caribe, para llegar a las de los provenientes de otras tierras, las de los españoles de la conquista y de la colonia, hasta llegar a las de los negros esclavos y las del hombre cósmico formado por la unión de las tres razas.
De todas esas influencias, las del hombre primitivo de la zona tienden al olvido, pero se solidifican las de los primeros hombres cósmicos, que con sus esfuerzos forjaron el Sinú de hoy. Dentro de éstas, tropezamos con las narraciones de

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hechos extraordinarios que dejan un raro sabor por la forma como fueron tejidas y su relación con personas y hechos reales, que dejan la incógnita de cómo tratarlas, si como fantasías o como verdades, porque aún viven testigos o actores de primer orden.
Los casos que siguen nos fueron contados por quienes participaron en ellos o los escucharon narrados por los mismos que en su momento los vivieron.

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LAS NIÑAS PERDIDAS:

Nos informaron que entre 1935 y 1955, varias niñas que entraban a la etapa de la juventud se perdieron por lapsos de tres a veinte días, sin que nadie pudiera dar razón de ellas. La única explicación de familiares y amigos era que posiblemente se habían ahogado, porque todas las desapariciones ocurrieron en el momento en que se bañaban en el río o en uno de los afluentes que en el tramo de Montería a Lorica desembocan en el mismo. Otras, en los períodos de verano, se perdieron al momento de llegar a los pozos de los que se surtían de agua, dejando al pie de éstos los tanques, las tinajas y otros recipientes.
Las desapariciones ocurrieron en momentos en que las muchachas se encontraban solas, aun cuando se registra un caso en Severá de dos que cumplían la misma misión, mientras que se habla de tres extraviadas en el mismo momento en Caño Viejo Palotal, pero fue imposible retrotraer memorias a aquellos lejanos días. En el caso de Severá, tenemos los nombres de Gertrudis y Esther, cuyos

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apellidos omitimos en esta nota por pedido de ambas, que no quieren ser nuevamente objeto de la atención pública.
Ambas señalan que una noche se encontraron en cercanía de sus casas a un hombre inmenso vestido de blanco, al tanto que sus familiares dicen otra cosa y las ponen en momentos y circunstancias diferentes: a plena luz del día mientras se bañaban en el caño.
Los informes aseguran que, a las niñas, como es lógico cuando una persona perdida aparece, las indagaban sobre dónde estuvieron, cómo fueron hasta allí, qué vieron, qué les ocurrió, etc., y pese a que la sabiduría popular enseña que no hay quien hable más que el que estaba perdido, éstas se mostraban reticentes a dar cuenta de sus actos.
Si accedían a ello, sus palabras narraban hechos extraños, cosas maravillosas, paisajes espléndidos, tesoros fabulosos acumulados por doquier y, en fin, hechos y cosas como las relatadas en las páginas

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del libro Las Mil y Una Noches. Hasta allí, todo bien. Sólo que las narraciones bajaban poco a poco de tono hasta convertirse en murmullos ininteligibles, la mirada se dirigía de una a otra parte sin control y la interrogada adoptaba todos los signos de la persona que ha perdido la razón. En esta condición de locura permanecían por días y muchas de ellas, al descuidarse los familiares, salían corriendo desnudas por las calles. Calificarlas de locas no fue un esfuerzo de los demás y al comprobarse que las afectadas enloquecían únicamente cuando se las interrogaba sobre los momentos en que se extraviaron, familiares y amigos optaron por omitir todo interrogante al respecto. De allí la causa para que cada caso en particular, y fueron más de veinte los registrados en un lapso de quince a veinte años, fuera guardado celosamente.
Una hermana de nuestra madre fue al caño a bañarse en compañía de una amiga de la misma edad y residente en el mismo sector de Severá. La familia, en charlas en voz baja, decía que la tía "G" se perdió

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junto con Ester L., durante tres días, pero ambas informan otra cosa. Por lo menos la tía "G", después de sesenta años de reserva, voluntariamente nos suministró detalles que indican que una noche salió de su casa en compañía de Ester hacia la casa vecina a realizar una diligencia y que sorpresivamente apareció ante ellas un hombre de una estatura descomunal, vestido de blanco. No puede informar otra cosa porque ambas cayeron al piso privadas del conocimiento ante el susto recibido y entonces sus recuerdos se trasladan a los momentos en que comienza el tratamiento médico con las Niñas Encantadas de Providencia. Las narraciones que guardamos desde tiempo atrás aseguran que ambas niñas fueron a bañarse al caño siendo aproximadamente las cuatro de la tarde y que de un momento a otro se perdieron de vista y todas las diligencias adelantadas para saber para dónde habían tomado, si acaso se habían ahogado, etc., fueron infructuosas. Nada ni nadie dio cuentas del paradero de las dos muchachas, que fluctuaban entre los trece y catorce años, durante

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tres días de afanosa búsqueda e incansables averiguaciones.
No se sabe cómo ocurrió, pero de lo que sí estaban seguros todos los testigos, es que cuando las dos niñas aparecieron lo hicieron en el mismo lugar, con los vestidos y los cabellos mojados, como si hubieran acabado de salir del agua, pero al tratar de explicar qué les pasó, ambas quedaron como locas y hablando en una lengua que nadie les entendía. El extravío afectó en mayor grado a Ester L., que además fue una de las que expresó insistentemente su deseo, casi necesidad, de estar permanentemente desnuda y que, por más de tres veces durante dos meses, se escapó de su vivienda para correr por las zonas aledañas como Dios la echó al mundo. La pérdida de la razón amainaba poco a poco y luego de dos meses ambas niñas recuperaron la normalidad. Sin embargo, en períodos diferentes volvieron a sufrir los efectos nocivos de la rara enfermedad, al repetírles los interrogantes sobre cómo se perdieron cuando se bañaban, y se decidió entonces vetar el tema entre las familias y

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los amigos, que por más de medio siglo guardaron prudente silencio.
En el lapso indicado al principio, la desaparición de niñas en las mismas circunstancias y con los mismos efectos, se registró en poblaciones de los municipios de Montería, Cereté, San Pelayo y Lorica, levantadas a las orillas del río Sinú o de los caños, arroyos y quebradas que arrojan sus aguas sobre el mismo. Pero el solo hecho de considerar locas a las niñas, impidió que sobre el particular se adelantara una investigación que determinara lo ocurrido, por cuanto las familias no estaban dispuestas a someterse al ridículo y como en el caso de los hijos tarados, en esos tiempos eran temas que no se trataban ni siquiera en el recinto familiar para no exponerse "al qué dirán", que condenó al encierro eterno desde la cuna hasta el cementerio a quienes nacieron mongólicos, perdieron la razón o por cualquier otra causa que se considerara un baldón para el buen nombre y la tradición de la familia. De lo único que sí no hay dudas, es la de los atributos de belleza de todas y cada una

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de las muchachas que se perdieron, por lo que se dijo entonces, que las culpables de la desaparición fueron las Niñas Encantadas, que se enamoraban de ellas. Y se rumoró con insistencia que más de veinte niñas desaparecieron para siempre.
Erasmo Berrio Donado, el poeta del verso popular y cultivador de las leyendas y del folclor sinuano, con el que nos une un lejano parentesco, fue testigo de asuntos relacionados con las Niñas Encantadas de Providencia. Nos narró el caso de Jesusita Cogollo, también en Severa, que en cumplimiento de una diligencia familiar tropezó con una piedra, cayó al piso y permaneció por ocho días con el juicio perdido. Al quinto día la familia se las vio en calzas prietas para impedirle salir desnuda a las calles, como lo pretendía. Nos cuenta que Jesusita caminaba por las calles tarareando una linda canción y repitiendo la letra. Tan hermosa la música como la letra, que llamaron la atención de José (Joselito) Causil, que procedió a copiar las notas de la canción y

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a Néstor Rhenals a escribir la letra; Erasmo no sabe qué sucedió, pero Jesusita les notificó que se había dado cuenta de lo que hacían y que por esas razones no volvería a cantar para que ellos no se robaran ni la letra ni la música.
En los ajetreos estaban con Jesusita en su casa, cuando pasó por allí Matías Jiménez, que al ver lo que acontecía gritó desde encima del caballo que la muchacha, en ese entonces de unos trece o catorce años, lo que sufría era de problemas sexuales y que estaba necesitando un marido. Pidió que se la entregaran para quitarle "la rasquiña", porque él sí era un hombre capaz en la cama. En ese momento la muchacha ya estaba en manos de las Niñas Encantadas. Como ellas no aparecían sino en la oscuridad de la noche, en medio de un cuarto en tinieblas sin que nadie pudiera establecer cómo entraban ni cómo salían, los vecinos se mantenían alertas para tratar de establecer algún aspecto del secreto, pero repentinamente escuchaban los diálogos en la habitación y por ello no les sorprendió que una de las
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voces anunciara que al día siguiente Otilia Martínez Luna, la mujer de Matías Jiménez, amanecería loca. Lo que en efecto ocurrió. Marido y mujer cumplieron el acto sexual en las primeras horas de la mañana y de un momento a otro la mujer salió desnuda de la alcoba y comenzó a gritar por las calles que necesitaba hombres de verdad porque su marido no era suficiente para complacerla. A la fuerza la arroparon y lograron detenerla, amarrándola a la cama, hasta que se hizo contacto con las extrañas mujeres tres días después, que vinieron a solucionar el problema que era la consecuencia de un castigo dado por ellas mismas al exabrupto verbal del marido.
Una de las niñas que estuvo perdida, informó sobre cómo se extravió, en dónde estuvo durante tres días, con quiénes compartió y qué vio, sin que perdiera la razón. Posteriormente y pasado varios años, se dieron cuenta que desechó la oportunidad de casarse y formar una familia y se encerró en su residencia de la cual salió metida en un

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ataúd para el cementerio. Se llamó Nicolasa Causil.
Como en los otros casos, Nicolasa tendría entonces unos trece o catorce años, pero persisten en afirmar varias personas que la conocieron, que para ese entonces ya aprovechaba cualquier momento para ver pasar al hombre que le hizo latir aceleradamente su corazón, para oír su voz, mirar sus ojos y forjarse en su mente de niña que despunta a la juventud, la delicia de sus abrazos y el néctar de sus labios. Un día cualquiera, y como cosa curiosa todas las desapariciones registradas señalan las cuatro o cinco de la tarde, salió de su casa levantada a la orilla de un brazo del río en la localidad de Providencia, perteneciente al corregimiento de El Carito, y se dedicó a bañarse. Varias personas más, entre niños y adultos, hombres y mujeres lo hacían también, y en medio de ellos, Nicolasa desapareció como por encanto, como si se hubiera esfumado ante los ojos de los demás. Tres días después emergió con el cabello, el cuerpo y los vestidos enlodados, dejando

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en el criterio de los testigos de su retorno la idea de que se mantuvo en ese lapso, debajo del lodo del lecho del río.
La niña refirió entonces su odisea, de cómo sin pensarlo siquiera, una fuerza extraña la llevó bajo las aguas para surgir instantes después en un lugar maravilloso, lleno de árboles frutales de toda especie; de plantas ornamentales y de rosas de todos los colores y calidades, suntuosos castillos, inmensos en tamaño y altura, dignos de reyes, hadas y magos, parques indescriptibles y depósitos por doquier con fabulosas e incontables cantidades de piedras preciosas, de monedas y lingotes de oro. Niña al fin, lo que más llamó su atención fueron las viandas colocadas en estricto orden en largas mesas, de las que pudo degustar pasteles, dulces y confites de todos los colores y sabores. Y allí, tres bellas damas le brindaron su atención y le asignaron el papel de representarlas en la tierra, para ellas desarrollar una labor benéfica para el ser humano, como era la de curar enfermedades, comprometiéndose Nicolasa a ejercer

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esas funciones hasta el fin de sus días. Las únicas exigencias para llevar a cabo el trabajo de representarlas consistieron en prometer que permanecería soltera y a sembrar en el lugar destinado a sede, el mayor número de árboles de flor de amor, lo cual hizo, y convirtió así el patio de su casa en Providencia en un oasis de fragancias agradables.
Fueron entonces las llamadas Niñas Encantadas de Providencia, las encargadas de curar a las que aparecían como locas después de permanecer extraviadas por varios días y a otros enfermos, pero ello es materia de un registro distinto.

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EL CADAVER QUE SE LLEVO EL DIABLO
En la vieja época en que el territorio de los ahora municipios de Cereté y Montería, así como los del Alto Sinú, estaban prácticamente despoblados y eran verdaderas selvas, muchas cuestiones que pudieron ser normales en otras latitudes, en éstas pasaron a ser verdaderos enigmas. Si en estos tiempos una persona se presenta en un pueblo o en una ciudad con pocos bienes de fortuna y repentinamente pasa a ser un potentado, el comentario general es que forma parte de los carteles de la droga, de la venta de armas, de los secuestros, las extorsiones y toda modalidad delictiva, porque no se duda que solamente el delito genera bienes de fortuna. Es la moda y parecen ser las vías para salir de la pobreza de la noche a la mañana. En aquellos tiempos, lejos de los sitios poblados en los que a su modo estaba el embrión del crimen que hogaño nos afecta, adquirir fortuna de repente se atribuía a que el beneficiado con toda certeza estaba comprometido con el diablo. Para las mentes ingenuas y

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alejadas de la civilización no se encontraba otra justificación.
Por esa causa, muchos ciudadanos que se acostaron en la miseria y se levantaron con cuantiosos bienes, fueron encajados en el grupo de los vendedores de almas, tanto las propias como las de sus allegados, porque Satanás no hacía discriminación. No se pensó en el abigeato, en el contrabando, en el robo ni otras violaciones a la ley. Jamás de los jamases se creyó en las estafas, en la producción ilícita de licores, en el secuestro ni la extorsión. Solamente el diablo podía enriquecer.
En el Sinú, la Sabana y el San Jorge, algunos personajes se vieron impotentes para quitarse de encima la creencia de que estaban "empautados" y solamente a Satanás daban directamente cuenta de sus actos. Lo cierto es que como en el caso de uno de los Buendía en Cien Años de Soledad, muchos personajes escupían y la saliva se convertía en una vaca, las vacas parían dos y tres veces al año terneros gemelos, los terneros se

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convertían en novillos y novillas antes del año y medio y las novillas en vacas parideras antes de llegar a los tres años. Cuando un finquero normal requería un mínimo de cinco años para ver multiplicado su hato, aquellos en tres lo habían logrado en una proporción mínima de tres a uno.
En Montería varios terratenientes y ganaderos fueron clasificados como "empautados" y solamente los hijos alcanzaron a quitarse el infamante mote. Uno de ellos amasó una fortuna inmensa y aseguraban los peones de sus fincas, que en determinadas fechas, generalmente cada cinco años, se presentaba en las primeras horas de la noche y se quedaba en una de ellas a dormir, pero salía a eso de las once de la noche, solitario, a un lugar apartado y lejos de ojos y oídos imprudentes, y una vez allí esperaba hasta las doce en punto, cuando en medio de la oscuridad se presentaba un hombre inmenso en un caballo también desproporcionado, ambos negros y difíciles de detallar y se iniciaba una charla que duraba entre

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quince y treinta minutos. Por la mañana, bien temprano, el patrón salía para su casa en céntrico sector de Montería, e indefectiblemente, a los seis días fallecía alguno de sus trabajadores preferido. En otras fuentes se dice que todo este teatro de don P. tenía como propósito intimidar a sus empleados para que se sometieran a sus caprichos sin exigencias diferentes a las de recibir un salario de hambre, y para el efecto se cuenta que cuando un empleado le pedía la liquidación de sus prestaciones sociales, lo invitaba a la finca más cercana, de paso con un nombre muy apropiado para cimentar la creencia popular, y a la medianoche, con claridad suficiente como para que fuera escuchado por el empleado, entablaba un diálogo con un supuesto espíritu de los avernos, para lo cual se introducía en la boca algún artefacto que le variara la tonalidad. Así, el empleado que buscaba la indemnización escuchaba un diálogo semejante a este: Don P.: Satanás, ¿qué hago? Felipe, el vaquero, me está pidiendo la liquidación

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de sus prestaciones sociales porque ha trabajado conmigo doce años consecutivos.
El fingido Satanás: Yo te di las riquezas que ahora tienes, pero no para que hagas obras de caridad, porque para el infierno no valen las buenas sino las malas. Don P.: Pero Satanás, entiende que el hombre tiene derecho a esas prestaciones. Durante esos doce años ha sido un excelente trabajador.
Satanás: De la fortuna que te di, te repito, no puedes sacar un centavo para obras de caridad. Si quieres reconocerle ese dinero, te rebajo lo que le pagues multiplicado por mil y se te acorta tu tiempo para cancelarme la cuota. Tú verás qué haces.
Don P. ¿Por qué no me das una orientación Satanás, para cumplirte y para reconocerle a Felipe lo que le corresponde? Satanás: La única manera es que me entregues el alma de Felipe como pago de la próxima cuota. No hay otra alternativa.

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Te repito, tú decides. Don P.: Está bien, Satanás, mañana tomo una decisión al respecto y te aviso. Por la mañana, cuando don P. llama a Felipe para sentarse a tratar el tema de la liquidación, le responde el capataz que Felipe salió a eso de las cuatro de la mañana con todas sus pertenencias, rumbo a otra región. ¿Cuántos modestos trabajadores sufrieron los efectos de la patraña de don P.? ¿En dinero, cuánto representó el no pago de jornales ni prestaciones en el aumento de capital del avivato? ¡Averígüelo Vargas!
Pero lleguemos a la meta que nos fijamos al principio. Quien nos refirió el caso hace muchos años, nos informó que de vez en cuando le salía con una grosería a don P., para que no lo inscribiera en la lista de sus peones preferidos y así evitaba ser dado como cuota a Satanás. Y nos aseguró que un día en el que don P. cumplió su cita con el hombre negro y misterioso, en el mes de junio de 1936, a los seis días murió una joven de escasos diecisiete años, hija de una cocinera de la finca. La niña agraciada, de porte

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elegante y sonrisa casi permanente en el rostro y voz melodiosa, que le permitieron ganarse el aprecio y el cariño de todos los trabajadores, el capataz y hasta del mismo don P.
En medio del dolor de todos por la repentina muerte de la muchacha, que hasta en la tarde del día anterior no había mostrado ningún signo de enfermedad, se adelantaron los preparativos para las exequias. El cuerpo fue trasladado desde la finca, localizada en la margen izquierda del río, hasta la casa de unos parientes en el barrio Montería Moderna, en la cual se realizaron las ceremonias previas. Para esos tiempos no se enterraba a quien moría sino veinticuatro y a veces hasta treinta horas después, casi siempre a la espera de familiares provenientes de otras poblaciones y regiones lejanas.
Cuando se inició el proceso de tapar el ataúd, que entonces se hacía introduciendo puntillas porque no se conocían los sofisticados sistemas de hoy y cada martillazo lo recibían los más

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allegados al muerto como si fueran golpes directos en el corazón, una fuerte brisa se abatió sobre la zona. El carpintero terminó de introducir la última puntilla y en consecuencia no podía abrirse el ataúd sin romperlo. En este momento y en la parte de atrás de la casa se escuchó el bramar de una res, a la que nadie vio porque en la casa de la jovencita no la había. Al iniciarse el cortejo fúnebre, rumbo al cementerio, los que cargaron el ataúd se sorprendieron porque carecía de peso, como si fuera vacío. El caso fue motivo de soterrados comentarios.
Nuestro testigo nos señaló que por ocho años se mantuvo alerta para estar en el momento en que la familia dispusiera sacar los restos y llevarlos a un nicho, y al tomarse la decisión se ofreció de voluntario. La sorpresa fue general en el momento en que se destapó el ataúd y no se encontró nada en él. Los familiares fueron donde don P, quien les dio una gruesa suma de dinero para que mantuvieran silencio. Sin embargo, al realizar un balance, el informante

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concluyó que la linda joven no había sido ni la primera ni la última, ni sus familiares los únicos que recibieron dinero del ganadero y terrateniente para silenciar una realidad que hoy persiste en los rumores.
Sobre este tema, tenemos en el material consultado, afirmaciones que nos dejan llenos de interrogantes. Entre ellos está el del demonio Bifrous, del que se dice tiene la facultad de trasladar de uno a otro lugar, de la forma y a la distancia que le señalen sus protegidos, los cadáveres. Igualmente, el demonio llamado Claunek, que entrega poder y riquezas, pero jamás perdona la entrega del alma que han de ofrecerle los que obtengan su protección.
Así mismo, en Montería, Sincelejo, Lorica, Mompós, Tolú, Sampués, entre otras muchas poblaciones del viejo Bolívar Grande, se comenta en susurros la existencia de extrañas habitaciones en las residencias de los magnates del pasado, a las que solamente ellos tenían acceso, siéndole prohibido a esposa, hijos, nietos y empleados apoyarse siquiera en el marco de las puertas. Eran

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lugares prohibidos, a los que muy contadas personas osaron adentrarse y los que lo hicieron, murieron llevándose el secreto, aun cuando uno de ellos refirió muchos años más tarde, que se sintió en un mundo diferente, en tinieblas, con la rara sensación de pavor, del cual lo sacó la mano del patrón que lo sorprendió en el momento en que había dado dos pasos dentro del recinto. Esas extrañas alcobas prohibidas, estaban en las residencias de hombres que fueron señalados por el dedo popular como "empautados", es decir, comprometidos con el demonio en pactos que les proporcionaban riquezas y poder, y tal parece que estaban destinadas a meter allí a los empleados que "viajaban a Venezuela", los mismos que desaparecían sin despedirse de sus familiares y amigos, y lo peor, sin haber nunca expresado la voluntad de viajar a otros países. En la zona central de Sincelejo, a muy poca distancia de la, Catedral, uno de los magnates del que se dijo adquirió una enorme fortuna a través de un pacto con los demonios, construyó su vivienda de dos plantas. Está entre los edificios que algún concejal, para

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"defender el, patrimonio urbanístico" de la ciudad, declaró que no podrán derribarse, frenándose con ello el desarrollo ídem. Si bien es cierto que los que más tarde compraron el edificio no hablaron del asunto, no puede negarse que adquirieron fortuna en poco tiempo, no así los que, a manera de alquiler, la ocupan con frecuencia con oficinas. Tal vez ignoran que allí está una de las puertas al reino de Satanás.
También lo ignoran quienes ocupan hoy una lujosa vivienda cercana a la Catedral de Montería y los que están a menos de cien pasos del mercado de Lorica. Como esos personajes fueron figuras influyentes de la sociedad, de misal y camándula, buscaban la cercanía de los templos como para que la carrera de la salvación no les fuera tan larga.
Sólo que los que suscribieron y suscribirán estos pactos no tienen salvación alguna. Una familia campesina con algunos bienes de fortuna, se trasladó a un centro urbano y los hijos recibieron educación adecuada. Uno de los dos

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cónyuges pactó con el diablo y la riqueza se hizo presente de manera repentina y abundante. Todo marchaba excelentemente hasta que el firmante del pacto trató de burlarse del demonio y corrió a refugiarse en la iglesia. Satanás les demostró su poder y a la prima noche, después de una agotadora jornada de estudios, los dos hijos mayores de la pareja, jóvenes de dieciocho y veinte años que adelantaban estudios profesionales en una universidad local, departían alegremente con otros amigos y sin que se pudiera establecer la causa, dos cables de alta tensión se partieron y un cabo de cada uno fue a dar a la humanidad de los dos muchachos, únicos que sufrieron el terrible impacto, quedando incinerados ante la mirada estupefacta de los demás. La riqueza, la buena suerte en los negocios, comenzaron a venirse abajo hasta que la familia quedó en peores condiciones a las que tenían antes del convenio con el diablo. Tal parece que una sola persona, desde que el mundo es mundo y desde que aparecieron los demonios, logró engañar

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a Satanás para no entregarle el alma. Un polaco de nombre Twardowski, hizo un pacto con Satán, en el cual una cláusula disponía que antes de llevárselo, el diablo le concedía tres postreras cosas. Leamos la transcripción:
"Llegado el día, Satán se presenta a Twardowski en un baile. El hechicero le recibe de la más amable manera, como si la infernal visita fuera de su mayor gusto.
- Vengo por ti- dice el diablo con visible impaciencia.
- Es muy justo; pero cumple antes lo estipulado.
- Lo recuerdo bien. Pide lo que quieras.
Twardowski quiere que el demonio le presente lleno de vida el caballo pintado en la muestra de la hostería donde se hallan. Cumplido su deseo, quiere que el demonio le ofrezca una fusta capaz de frenar el indomable ardor del mágico bruto. Satanás sonríe triunfante, y le entrega la fusta que le ha pedido.
- Pide la tercera cosa- Twardowski vacila, víctima de visible angustia.

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- No te esfuerces exclama Satanás, tu hora ha llegado y cuanto hagas será inútil: no retardes, pues, el momento.
- Ten paciencia- responde el hechicero- que nada nos apura. Escucha, ¿conoces a mi mujer? - Si, hombre. - Bueno; pues lo último que pido es que vivas veinticuatro horas con ella, como si fueras su esposo.
- ¿Quién?... ¿Yo?... ¡Un cuerno! ¡Renuncio a ti mil veces antes!... Y Satanás salió disparando por los aires lanzando espantosos gritos de rabia. Dícese que desde entonces no compra alma polaca a ningún precio".

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EL PENITENTE DE CIENAGA DE ORO
Las celebraciones religiosas de Semana Santa en Ciénaga de Oro aún revisten algún esplendor, gracias al esfuerzo de doña Berta Burgos de Mejía, quien pese a la indiferencia de las autoridades logra cada año reunir los fondos para llevar a cabo los actos respectivos, entre los que tienen fama la procesión del Santo Sepulcro, cuyo cortejo da, al golpe de un tambor, tres pasos adelante y dos para atrás. Por eso sale a las cinco de la tarde y el párroco debe enfurecerse y pelear con los nazarenos, ya borrachos, para que entren la imagen al templo, toda vez que se mantienen una esquina antes por más de tres horas, al cambiar el ritmo de los pasos. Dan entonces uno adelante y dos atrás, dos adelante y uno atrás, con lo cual no pasan del mismo sitio desde las diez u once de la noche. El otro tiene ocurrencia a las cinco de la mañana del domingo de resurrección, que se llama el paso de Las Carreras de San Juan. Este paso debe ser llevado por jóvenes, por cuanto van de una esquina a la otra a toda velocidad con

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el enorme peso encima, para semejar el momento en que el Apóstol Juan ve a lo lejos a Jesús resucitado y corre a informárselo a la Virgen María, que no le cree, por lo que debe regresar a cerciorarse y vuelve corriendo a confirmárselo a la madre del Cristo. Durante un largo tiempo la Semana Santa de Ciénaga de Oro fue tan afamada como las de Popayán y Mompós, pero la indiferencia ciudadana la va sepultando, contrario a las otras dos, que cada día se revisten de mayor trascendencia e importancia no solo nacional sino internacional. A la par con las celebraciones de la población de Santo Tomás en el departamento del Atlántico, la cienagaorense mantiene la institución de los "penitentes", caso en el que se sufre el mismo fenómeno. Los de aquel lugar se registran nacional e internacionalmente por la prensa y los de acá son ignorados. En tiempos ya lejanos, los penitentes salían del templo de Ciénaga de Oro a orar a las cruces de arriba y de abajo, en las noches del jueves y viernes santo. Conforme a los datos que nos

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suministraron, y años después corroborados en un programa de televisión por los señores Ovidio Santana, Leopoldo Benavides y Carmelo Miranda, la cruz de arriba estaba, o está, localizada a un lado del hoy hospital de Ciénaga de Oro, y la cruz de abajo en la vía que conduce a un lugar llamado Cartagenita. En el caso que nos ocupa, la cruz de abajo estaba en el sitio conocido como Chocorito, que parece no fue' utilizado posteriormente a los hechos que vamos a narrar y que son ampliamente conocidos en esa importante localidad sinuana.
Son hombres y mujeres, de cualquier edad, que se colocan un capirote para no ser reconocidos, aun cuando en pueblos pequeños nadie ignora de quiénes se trata; toman un látigo de cuero, crudo mejor, con balines en las tiras y con el cual y a manera de silicio se van dando golpes en la espalda en una constante flagelación durante el lapso de la Semana Mayor. Los golpes, por muy suaves que sean, van formando edemas y bolsas de sangre en la piel y por ello los familiares y

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amigos del flagelante recurren con una navaja o una cuchilla de afeitar a desaguar los edemas y las protuberancias, sobre las que arrojan ron, el mismo que en cantidades alarmantes ingiere el penitente. En uno de los tobillos se amarran una gruesa cadena de eslabones de hierro, al término de la cual va amarrada una bola grande del mismo metal. El penitente de Ciénaga de Oro, a diferencia del de Santo Tomás, muy pocas veces se pone de pie durante los días de celebración, que para el tiempo al que nos referimos, comenzaba el miércoles y terminaba el domingo después de la llamada Misa de Gallo, a eso de la una de la madrugada. Acá el penitente se acuesta en el suelo y va desplazándose girando el cuerpo hacia la derecha y hacia la izquierda y viceversa, tratando así de arrastrar la cadena y bola de hierro poniendo en acción todo el cuerpo, mientras que de pie la fuerza la haría solamente en la pierna amarrada. La razón para que los de allá y los de acá consuman tanto licor se origina en que los dolores corporales son tantos y de tan alto grado, que solo embriagados pueden

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soportarlos. Sin embargo, los críticos, entre ellos sacerdotes y periodistas, jamás de los jamases cumplirían una jornada de tres días en medio de tanto dolor, y abogan por abolir la institución de la penitencia calificándola de un espectáculo bárbaro y cruel cuando no es más que una herencia de nuestros abuelos españoles que tanto se empecinaron en imbuirnos de fe católica. En una fecha que no se ha determinado, cuentan los viejos "loranos", gentilicio que se encuentra arraigado entre los nativos del lugar, un penitente salió de la plaza principal del pueblo a cumplir con la oración en la cruz de Chocorito, erigida a un lado del viejo camino a La Ye, sitio al cual llegó siendo las once de la noche.
Los familiares y amigos, como era costumbre, se quedaron a una cuadra del lugar, que por ser solitario y a las afueras de la población, tendría por lo menos unos doscientos metros de distancia. El penitente llegó a la cruz en donde unas cinco o seis velas de mediano tamaño iluminaban la escena y encontró a otro penitente arrodillado frente a la cruz, la

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cabeza gacha, el pelo largo, por lo que pensó que se trataba de una mujer, lleno como él de polvo y en actitud de oración. Se colocó a su lado e inició también sus oraciones agradeciéndole a Cristo el favor recibido y por el cual cumplía la penitencia. Cuando había pasado una hora por lo menos y terminado su compromiso, el penitente lorano le preguntó al otro: Amigo, ¿qué hora será? —CUANDO SALI DE JERUSALEM ERAN LAS DOCE DE LA NOCHE, le respondió con voz sepulcral. El penitente lorano se crispó y al mirarlo notó que no tenía capucha y que del rostro manaba abundante sangre, pero ésta no caía al suelo. El terror hizo presa de él, porque los ojos del otro parecían brasas y fulguraban en medio de la noche. Aseguraron los acompañantes que en el reloj de la iglesia estaban sonando las doce campanadas con que terminaba el viernes Santo, cuando escucharon el grito del penitente, a quien desde donde estaban alcanzaban a mirar solitario en actitud de oración. El miedo se apoderó

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de ellos y emprendieron carrera hacia el pueblo y no obstante la velocidad con que lo hacían, el penitente los alcanzó y los pasó, pero momentos después, cuando se pararon a establecer las razones del grito, miraron al penitente con el tobillo ensangrentado y el hueso al aire, porque el esfuerzo de la carrera y el peso de la cadena y de la bola, le habían desprendido la piel, quedando en carne viva donde quiera que tropezó en su precipitada fuga.

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LOS SORTILEGIOS DEL NIÑO AYALA
El Niño Ayala nació en el pueblo de Severá, municipio de Cereté, y siendo ya un hombre de aproximadamente treinta y cinco o cuarenta años, se radicó en Montería. No conocimos el parentesco con dos mujeres muy queridas y estimadas al final de la calle diecisiete (hoy 37), hermanas entre sí, doña Isabel y doña Sol Hoyos, que dejaron una serie de hijos muy populares y casi todos vivos al momento de escribir esta nota. Ayala también tenía nexos lejanos con nuestra familia materna y por ello podemos dar fe de lo que vamos a narrar, ya que lo conocimos perfectamente.
El hombre tenía extrañas facultades, que no eran comunes ni poseían los otros ciudadanos, como la de duplicar los billetes de banco sin dibujarlos ni calcarlos, sin impresoras ni tintas, con los cuales adquiría sólo lo indispensable para su manutención. Jamás lo vimos haciendo más de un billete que, por la confianza y la familiaridad, además de

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que éramos vecinos y las divisorias de aquellos tiempos consistían en líneas de alambre de púas, de palos de caña flecha, matarratón, totumo, o tunas, le permitían solicitarle a nuestra madre un billete de los buenos, no sin la advertencia de que cuando devolviera el billete fuera el mismo que se le entregaba, porque los que hacía, decía mamá, "se pierden en las cajas fuertes de los almacenes y los cajones de las tiendas".
Para fabricar su billete, Ayala sacaba el papel plateado de una cajetilla de cigarrillos Pielroja, desprendía un papel blanco que venía adherido al papel de aluminio y que por curiosa casualidad tenía el mismo largo y ancho de un billete legal de los emitidos por el banco oficial. Colocaba el billete y el papel de manera que quedaban perfectamente casados, agarraba una punta con dos dedos de la mano izquierda, el pulgar y el índice, y la otra con los de la derecha, se abría de piernas colocándose de frente al oriente, alzaba los brazos por encima de su cabeza, la cual agachaba, y se ponía a murmurar de manera inaudible, como si

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estuviera rezando. Terminaba, y sin cambiar de posición, le daba vuelta al billete bueno para colocarlo en la cara del papel que aún quedaba en blanco y volvía a subir los brazos y a rezar.
Terminada su ceremonia particular, devolvía a mi madre el billete bueno y nos entregaba, ya que para entonces sabíamos leer, una lista con todos los artículos que debíamos traerle de la tienda de los Muñoz en la esquina de la 37 con carrera nueve o en la tienda de don Miguel Caballero, entre las carreras ocho y nueve con calle 36, con una sola prevención: "De lo que vas a comprar sobran cinco chivos (Así se denominaba la moneda de centavos hasta llegar al peso). No recibas vueltas y esos cinco chivos lo compras en panes, dulces y confites", prevención que no nos hacíamos repetir porque los cinco "chivos" eran suficientes para mí y todos mis hermanos durante dos días juiciosamente degustados ¿Qué pasaba en realidad con los billetes de Ayala? Lo ignoramos. Lo único cierto es que las veces que fuimos a cumplir con

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entusiasmo sus mandados observamos que los billetes eran iguales a los normales, que jamás los rechazaron y tampoco se nos hicieron reclamos posteriores. ¿Quién se quedó con el secreto? También lo ignoramos. Lo último que le vimos hacer, y ya entonces lo calificaban de loco, fue sentarse en un banco del parque de Bolívar a gritar enfurecido frente a la casa de una muy respetable y conocida familia de la élite de la ciudad, exigiéndoles que le devolvieran la plata que les había dado y que ahora le negaban.
Pero lo que sí nos asombró sobremanera del Niño Ayala, fue su sistema de "echar suertes" como se califica en nuestro medio a los augurios de los adivinos y magos. Y como no fue en una sola ocasión en la que lo observamos, logramos detallar todos sus pasos para tratar de sorprenderlo en lo que muchos aseguraban se trataba de un juego de manos. Primero que todo, las tres últimas veces que presenciamos el acto no fue él quien llegó por su propia iniciativa sino llamado por nuestra madre, sin aviso

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previo y sin demoras que nos hicieran caer en la duda de que el acto estaba previamente preparado.
Nuestra progenitora lo llamaba por el patio pidiéndole que pasara a la casa para que le ayudara en algo. Cuando llegaba, ella le informaba que quería saber qué le deparaba el destino en los días siguientes y colocaba una mesa sin mantel, frente a la mesa dos taburetes, uno de espaldas al lugar por donde sale el sol y el otro de espaldas al lugar por donde se mete. En el centro de la mesa ponía un vaso con agua un dedo por debajo del borde. En eso consistía el preparativo que quién sabe en qué ocasión le había señalado, mientras no le quitábamos la mirada al hombre para ver en qué consistía el truco, pero no captamos nada anormal. Cuando mamá se sentaba de espaldas al oeste, él llegaba y sin poner las manos en el taburete, se sentaba manteniendo los brazos en alto. Rezaba en murmullos y después bajaba la mano izquierda, la metía por debajo de la mesa en dirección al vaso y se dedicaba a dar golpes suaves al tiempo que murmuraba palabras que

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jamás entendí. De pronto el agua se ponía a girar dentro del vaso haciendo una especie de remolino y cuando estaba el giro en su furor, del fondo del vaso empezaba a salir una hoja de papel blanco sin rayas, con figuras raras que con el correr de los años concluimos, eran semejantes a la taquigrafía de las secretarias. Al cesar el movimiento del agua le pedía a mamá que sacara la hoja de papel cuidando no romperla y que la abriera frente a él, que aseguraba las rayas eran un mensaje del más allá, que descifraba. Como pese a la corta edad leíamos muy bien, nos empeñábamos por encontrar una frase, pero las caprichosas rayas nada nos decían.
¿Cómo lo hacía? Quienes lo conocieron afirmaban que el Niño Ayala tenía un poder diabólico que le permitía hacer estas cosas, pero no para su beneficio, porque siempre fue pobre, sino para entregar poder y riquezas a quienes ávidos de ellos, no dudaban en negociar sus almas con Lucifer.

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LA BRUJA DE NARIÑO Y SU BOLA DE CRISTAL
Por allá por los primeros años de la década del cuarenta del Siglo XX. residíamos en la parte final de la que ya se numeraba como calle 27 y muy poco después 37, a una cuadra, de la zona de tolerancia. Vivían a un lado, las matronas Isabel y Sol Hoyos, al otro lado de la calle la familia de don Félix Burgos, al lado de ésta y al mismo frente nuestro un callejón que comunicaba con la calle 38 y a la derecha un potrero inmenso que todos llamaban la "paja" de los Cabrales.
Las relaciones de amistad con los vecinos fueron, sin discusiones, las mejores que puedan esperarse. Los niños de la época somos los viejos de hoy y cuando nos encontramos parece que no ha pasado el tiempo. Nada ha cambiado. Por esas razones nos abstenemos de, suministrar identidades completas y nos limitamos a dar los nombres sin apellidos de dos de los protagonistas, pese a que ello podría restar credibilidad a estas aseveraciones. Sin

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embargo, en esto, estamos libres de cualquier tentativa de ficción, y podemos asegurar que fue verdad de principio a fin. Una vecina murió y uno de sus hijos, en el dolor por la desaparición de su progenitora, no encontró otro camino que ahogar sus penas en alcohol. En el ánimo de los otros hermanos no se justificó la actuación de quien, en medio del dolor, antes que llorar como todos, se dedicó a ingerir bebidas, lo cual obligó a los vecinos a intervenir para evitar situaciones enojosas cuando aún se encontraba en la casa el cuerpo de la fallecida.
Julio, tal vez entendiendo que había obrado mal, o quizás por no compartir con sus hermanos la concepción errada que le habían dado a su proceder, sin decirle nada a nadie, preparó una maleta y al día siguiente, después del funeral, partió con rumbo desconocido, de lo cual se dieron cuenta al término del novenario. Julio, sin embargo, mantenía un romance con María, que al quedar sola y sin

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informaciones de ninguna clase sobre el paradero de su amor, sufrió lo indecible. Lloraba día y noche y no escuchaba reclamos, regaños, consejos ni nada que le señalara un comportamiento distinto. La muchacha fue adelgazándose ostensiblemente y de ser una mujer llamativa pasó a lo que entonces se calificaba como un "cuero", es decir, totalmente depauperada.
Mamá ha sido siempre una inmejorable e irrepetible vecina. Aún en los tiempos más difíciles, prefería partir el diminuto pan que le correspondía a ella y a cada uno de sus hijos, para brindarles a los hijos de alguna vecina amiga que estaba en peores condiciones, que es mucho decir. Siempre la hemos calificado como la doctora del barrio, porque a ella se le consultan todos los problemas de enfermedades de los niños y sin prevención alguna, califica cuál es la enfermedad y el remedio indicado, que se sigue al pie de la letra, tal vez porque si ella pudo en medio de dramáticas dificultades económicas preservar su numerosa familia es porque la

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experiencia así lo garantiza. En el aspecto sentimental, era también el paño de lágrimas de las amigas casadas, solteras, abandonadas o "arrejuntadas". La consejera espiritual de todos y a ella se recurre en los momentos problemáticos. Y María, a quien todos criticaban por su comportamiento o aconsejaban que olvidara a Julio, recurrió a mamá. Y quién sabe cómo ni por qué, ya que nunca estuvo en casa, la vieja nos mandó a buscar a una señora que vivía en la calle 39 para que viniera a una consulta. Corrimos a cumplir la orden y al dar cuenta del encargo, la señora tomó una bolsa negra, metió en ella una bola de cristal del tamaño de las farolas que adornaban el parque, frascos con líquidos de varios colores, pencas de sábila, frascos con granos y otros objetos. El trayecto no era largo y llegamos pronto, y luego de darle unas escuetas explicaciones a la señora que se referían a Julio, nos ordenaron salir del cuarto al que se metieron las tres, pero nos ingeniamos para quedarnos y presenciar lo que acontecería. La mujer colocó una especie de rueda en una mesa, sobre la

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rueda la bola y con mamá y María al frente, las tres sentadas en torno de la mesa, comenzó a rezar. Juramos que para ese momento no habíamos asistido a una sala de cine y tal vez unos veinte años después fue cuando se conoció en Montería un aparato de televisión en blanco y negro. A ello se agrega que en aquellos años las redes de energía eléctrica se extendían solamente en la zona central de Montería, y se prestaba el servicio de las seis de la tarde a las doce de la noche. Mucho más tarde se extendieron las redes a la calle 37 y otras de los barrios de ese entorno, cuando la luz artificial les quitó el misterio a las maravillosas narraciones de la tía Miya, Mireya de Hoyos, que llenaba de fantasías nuestros cerebros siempre y cuando le suministráramos calillas de tabaco de Ambalema o de revuelto con hojas de primera calidad. Pero lo que presenciamos nos dejó atónitos. La bola fue llenándose de una especie de humo blanco. Salía como si algo o alguien fuera soplando humo desde la parte de abajo de la bola y ascendía en forma total hasta copar la redondez interior. Desde el

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escondite seguíamos los acontecimientos y cuando la señora preguntó: - María, ¿es éste? - Sí, es él, respondió la muchacha. - Señora Silvia, ¿es éste el Julio que usted conoce? - Ese es Julio, por el cual preguntamos. Cuando mamá daba su respuesta, ya mirábamos por sobre el hombro de la que desde entonces consideramos una bruja, olvidando todas las precauciones y metimos la cuchara: - ¡Es Julio, el perdido! ¿Pero dónde está? - No puedo establecer cómo se llama el sitio donde se encuentra y si ustedes no lo conocen, tendré que adelantar gestiones, agregó la bruja. El humo blanco dentro de la bola se fue desvaneciendo y cuando ésta volvió a quedar cristalina, la señora empacó de nuevo sus cosas y prometió volver al día siguiente. Y así ocurrió por unas tres o cuatro ocasiones más, pero no pudo determinarse en qué lugar estaba Julio. Las sesiones se hicieron siempre entre tres y cinco de la tarde y en cada una de ellas Julio aparecía caminando lentamente de un extremo a otro de un

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largo corredor de cemento de por lo menos un metro con veinte de alto, de una casa larga, de paredes de madera y techo de zinc. Las paredes estaban pintadas de verde claro y el corredor tenía el color natural del cemento, gris plateado. En cada ocasión, el joven vestía de manera diferente, lo que descartaba una misma imagen. Algunas veces le vimos, porque en las siguientes sesiones me permitieron quedarme en el cuarto, recostado a la pared con ánimo desencantado.
Para los niños los espectáculos, por muy interesantes, pierden pronto el interés. Y la bola de cristal fue desplazada por los amoríos con Esperanza, con su hermana Silvia, con América o con Emperatriz, o quizás por un desplazamiento con los amigos buscando en la paja de los Cabrales una hermosa meneca, o una jornada de baño en la muralla o en la playa de la Brígida, o muchas de las otras actividades que el tiempo no nos permitía atender en una semana ni en un mes. Por ello no podemos informarles qué sucedió más tarde y la memoria de

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nuestra progenitora, por los años, ya no es la misma y no obstante darle datos alimentando así sus recuerdos, lo que logramos saber es que, pasados unos meses, o quizás uno o dos años, María olvidó a quien la había olvidado, buscó otro amor, se casó y como en los cuentos de hadas, vivió feliz y parió varios hijos y entre todos se comieron más de una perdiz.
Unos veinte años más tarde, luego de cumplir un periplo por todo el país, vinimos de vacaciones a Montería, y cuando deambulábamos por la Avenida 20 de Julio, a eso de las cinco y treinta de la tarde, un caballero transitaba de la calle 34 hacia la 33 y nosotros en sentido contrario. El hombre se detiene, mira, abre los brazos y los dos nos apretamos en un abrazo fraternal. Era Julio, quien informó que volvió a Montería unos diez o doce años antes de nuestro encuentro, que preguntó por nosotros, supo dónde estábamos y esperó a que se presentara una ocasión como la que estaba ocurriendo. Luego de unas cuantas cervezas bien frías para soportar el

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inmenso calor de ese día, le preguntamos sobre la casa de tablas verdes y techo de zinc. El hombre se quedó meditabundo y respondió que no tenía idea de lo que se le preguntaba. Luego de explicarle lo de la bola de cristal volvió a cavilar y de pronto dijo: - Sí, ya sé de qué me preguntas. Se trata de la casa principal de la Gold Mines Company de Segovia. Recién me fui de Montería llegué deambulando a Segovia, Antioquia, y buscando un trabajo en la compañía minera debía ir todas las tardes, desde las dos a las seis, a esperar al mister que dirigía la empresa, pero nunca pude entrevistarme con él, me cansé y partí a otros lugares. Pero me hablas de cosas diabólicas, porque eso de la bola de cristal que mostraba como en un televisor, en esa época, lo que yo hacía, no te lo puedo creer.
- ¿Acaso Julio, alguien en Montería sabía dónde te encontrabas?
 - No lo creo. Puse tierra de por medio, porque no pensé volver a este pueblo. Jamás me encontré con persona conocida, ni siquiera de vista. Tampoco envié recados, notas, telegramas ni

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cartas. Hasta el día en que me cansé de vagar, y con el respaldo de un capital con el que poder montar un negocio que me diera para vivir, decidí volver. Mis hermanos, mis sobrinos, mis viejos amigos, todos me recibieron muy bien y aquí estoy. Sinceramente, si no me preguntas por María, no la habría recordado, porque esos fueron unos amores pasajeros, sin importancia.
- ¿Cómo podríamos entonces negar que te vimos, aun cuando sea de manera rara e increíble, si corroboras que el lugar que aparecía en la bola y aún no conocemos, existe y fue verdad que acudiste a él en diferentes ocasiones?

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EL SECRETO PARA ENAMORAR
Gerardo, un nombre ficticio para ocultar la verdadera identidad del caballero que por fuerza debemos tomar como principio de esta nota, un talabartero local, cuya seriedad, honestidad y honorabilidad fueron ejemplares, por lo cual gozaba del respeto y la admiración de los ciudadanos, tuvo un hijo al que puso el mismo nombre, pero por lo menos para la época en que lo conocimos y tratamos con él, lo consideramos el negativo de su progenitor. El hijo se dedicó a la zapatería y en ello quedó cuando favorablemente desapareció de nuestro entorno. Como también, entre otras actividades artesanales, aprendimos la zapatería, nos correspondió trabajar con el personaje de esta nota haciendo chancletas, babuchas y otros tipos de calzados para damas en un taller que a la sazón tenía el señor Roberto Piñerez en el barrio Sucre, con cuya producción surtía gran parte del comercio del mercado público local y en donde preferentemente se comercializaba este tipo de calzado.

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Allí nos topamos con el individuo, al que brindamos amistad teniendo en cuenta las excelentes relaciones que su padre había sostenido con el nuestro, hasta el punto de que fue él quien enseñó a papá el arte de la talabartería. Pero mientras el viejo fue un hombre afable, el hijo era huraño; el viejo dio y recibió amistad de un gran número de personas en el pueblo y el hijo se llenaba cada día más de enemistades; el padre fue un hombre sobrio y poco dado a la farra, mientras que su retoño todo lo que ganaba se lo bebía, lo jugaba o lo gastaba en mujeres de vida licenciosa; el viejo fue un exacto cumplidor de su deber y de sus obligaciones y nunca nadie se quejó de él porque hubiera olvidado un compromiso, a la par que el hijo le debía a todo el que conocía, llegaba tarde a la jornada de trabajo, si sufría de guayabo mermaba en el rendimiento y si no era para tomar tragos, frecuentemente olvidaba u omitía las citas y los compromisos que pactaba. A semejante ejemplar, soportamos como compañero de trabajo durante unos seis meses por lo menos. Un día en que a la fuerza lo

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acompañamos desde el taller hasta el centro de Montería, a la altura de la carrera segunda con calle 39, se cruzó en el camino una linda joven a la que conocíamos por ser compañera de estudios de una parienta muy cercana a la que, cosas de los primeros años de juventud, como dice el poema, "adoraba en mi silencio mudo, como lengua mortal decir no pudo". La joven residía en una lujosa mansión de los alrededores y provenía de una importante y rica familia de Cereté, que quizás para garantizarle una buena educación en el colegio de la Sagrada Familia, se trasladaron de la capital del oro blanco a Montería y para la época, el sector no repelía ni en la nariz, ni en los ojos ni en los sentimientos, como ahora. Gerardo, dentro de la patanería que le brotaba por los poros, luego que la muchacha nos saludó cariñosamente, le dijo: Adiós belleza, eres la mujer más linda que han visto mis ojos. ¿Te gustaría ser la madre de mis treinta hijos? La muchacha ni siquiera se inmutó, quizás porque el piropo, rematado con

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una grosería, no le llamó la atención.
 - Reina linda, por favor, dime si estas dispuesta a ser mi más grande amor y la madre de mis hijos, para llevarte hasta el séptimo cielo- volvió al ataque Gerardo, pese a la advertencia de que la conocíamos y no debía tratarla de esa manera. Pero la muchacha continuó su camino sin dar muestras de sus verdaderos sentimientos. Y el hombre, con inocultable furor en el rostro, y arrastrando las palabras, volvió al ataque:
- ¡Señorita, estoy hablándole, respóndame! El silencio fue la respuesta, lo cual lo enfureció aún más. También elevamos el tono de las advertencias para que cesara en sus molestias, pero él ni siquiera nos miró, y resistiéndonos a admitir lo que oíamos, nos sorprendimos de sus palabras:
- ¿Es que acaso no tienes lengua? Si no la tienes te pongo una de marrano para que puedas comer mierda ¡hijueputa!- No tenemos palabras con las que definir lo que sentimos. La vergüenza debió reflejársenos en el rostro cuando detuvimos la marcha, porque él, con

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acento amable, dijo:
- ¡Tranquilo hermano! Enseguida subió el tono como para que ella lo escuchara, y agregó: "Mañana te espero en el taller de zapatería de Piñerez, rogándome para que te desvirgue, pero te voy a castigar por varios días para quitarte la importancia que no tienes". Nos detuvimos en la esquina de la segunda con 38, y la muchacha continuó su camino. Él, como para paliar en algo sus metidas de pata, informó: - No te preocupes hermano, que mañana vas a ver a esa puerca arrodillada ante mí rogándome amor, porque yo tengo el secreto para enamorar y se lo voy a rezar ahora. Estirando el brazo derecho en dirección a la muchacha, cerró los ojos, agachó la cabeza y se puso a rezar entre dientes. Luego sacó un pedazo de papel de la billetera y nos lo entregó, asegurándonos que ese era el texto de la oración para enamorar mujeres, el cual guardamos en un bolsillo de la camisa y seguimos, cada cual, su camino. Pasados los años, guardando la identidad del sujeto, la de la joven que hoy, si no ha

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muerto, debe ser una matrona en la ciudad a donde se fue a vivir después de su matrimonio, podemos asegurar que no mentimos en nada de lo que hasta este momento hemos escrito ni en lo que vamos a escribir. Serían las ocho y treinta o nueve de la mañana, cuando la joven llegó al taller. Los obreros teníamos nuestros puestos de trabajo a un lado de la entrada para evitar distracciones, pero escuchamos claramente cuando ella le preguntó al señor Piñerez, que en el momento cortaba capelladas en un mesón junto a la puerta de la calle, por un hombre de las características de Gerardo, quien, con una amplia sonrisa, nos dio a entender que el secreto estaba produciendo resultados. Como no había otro en el taller con esas características, porque los demás, los hermanos Buelvas, eran tan bajos de estatura como yo, el señor Piñerez, con mirada de extrañeza por la majestad de la joven, le indicó dónde estaba y le permitió entrar. Ella, una vez frente a Gerardo y sin mirar a ningún otro lado, como absorta, sin emociones, más bien como un robot, le dijo:

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- Señor, aquí estoy. Gerardo puso un trozo de suela en el piso al lado de su sitio de trabajo, y le indicó que se arrodillara sobre el mismo y se dedicara a darle caricias. La mujer lo hizo como autómata. Cada dos o tres minutos, le daba una nueva orden, hasta que los trabajadores protestamos porque pretendía que se desnudara para poseerla ante nosotros. El señor Piñerez se unió a la protesta y le amenazó con echarlo si continuaba atentando contra la dignidad de la muchacha, por lo que él dijo que, para demostrarnos su poder, le quitaba el secreto y no volvería a molestarla. Volvió a rezar y la muchacha, como despertando de una pesadilla, lanzó un quejido, se pasó las manos por los ojos, se mostró sorprendida del lugar en que se encontraba y salió corriendo para su residencia a escasas dos cuadras de distancia. Cuando llegamos a casa, y luego de un análisis profundo del problema y de los efectos causados, decidimos que, si esa era la forma de conquistar mujeres, moriríamos célibes pero el secreto no lo guardaríamos ni lo daríamos a nadie. Lo sacamos de donde lo guardamos, fuimos a la cocina y lo arrojamos al fuego sin leerlo.

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EL SECRETO DEL "MOCHO" MOVILLA PARA ARREGLAR LUXACIONES
Don Pedro Movilla del Castillo fue un ciudadano ejemplar, que entre los vaivenes económicos levantó una prole numerosa, y al mismo tiempo, cumplió con sus deberes ciudadanos y gozó de gran simpatía, aprecio y del reconocimiento ciudadano por sus acrisoladas virtudes. Un hecho del que sólo obtuvimos informes muchos años después de que murió, gracias a la recopilación que sobre la familia tiene el primo Jerónimo Movilla Padilla, se relaciona con la pérdida del brazo izquierdo a partir del codo, por lo cual se le conoció como "El Mocho" Movilla. En plena juventud, don Pedro fue muy aficionado a la cacería y poseía toda la parafernalia para ello. Un día, en plena faena, se le rodó la escopeta y al dar contra el suelo se disparó, hiriéndole en la mano. Los cirujanos de la época, bajo el principio de cortar por lo sano para impedir que el mal avance, le amputaron el brazo por encima del codo.

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Don Pedro fue hermano medio de nuestro abuelo paterno José del Carmen Movilla Bermejo, y su esposa, Neris Barrera, que en verdad debió llamársele Neris Galarcio Barrera, por haber sido engendrada por el general Eugenio Galarcio, fue hija de María de los Ángeles Barrera, hermana media de nuestra abuela paterna. Por esas razones, al existir nexos familiares dobles, papá y nosotros gozamos de una gran confianza entre ellos y ellos de admiración y simpatía entre nosotros.
Neris era la persona que cualquier mañana, bien temprano, se presentaba en la casa y los muchachos sabíamos cuál era la función que cumpliría. Obligamos a dejar la cama, bañamos y ponernos ropa decente, era todo un solo acto, debido a que terminado el proceso acicateado por las ordenes claras, precisas y perentorios de papá y mamá, debíamos colocamos en fila india y pasar al frente de la tía que con una sonrisa amable y a veces con risotadas de alto tono, nos abrazaba a uno por uno, nos mostraba un paquete de confites de colores colocados a un lado de

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la mesa, que nosotros fingíamos no ver, y luego nos señalaba el otro lado, el ominoso, sobre el que teníamos puesta la mirada con ánimo atemorizado, en donde se encontraban sobres de Leche de Magnesia Pesada Picot (¡Qué asco, Dios mío!), dosis de purgantes para cada uno de aceite de ricino, o laxol, o de quenopodio, vermífugo Nacional, aceite de higuerón o de leche de papaya, en fin, del purgante que los viejos habían considerado conveniente para la ocasión. En muchas ocasiones nos mostraban dos o tres clases distintas y nos invitaban a decidir cuál preferíamos, y si nadie daba respuesta, nos amenazaban con uno de leche de magnesia, ante cuya presencia extendíamos el brazo, abríamos la mano y agarrábamos cualquier otro, por cuanto la mayoría vomitaba sólo mirando el sobre de magnesia. En otras se trataba de una aleación de Sal de Glauber y de Sal de Epsom. La tía, con maña y saliva, y mucha melosería, nos hacía tragar el odiado purgante, que con mucho esfuerzo mental tratábamos de retener en el estómago porque si lo regresábamos estaban en la mesa una, dos o tres dosis

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para esos casos de emergencia. Muy pocas veces recurrió Neris de Movilla a pedir ayuda para purgar a un rebelde, ni menos para introducir entre los dientes la pata de una cuchara de alpaca para abrir las bocas. Sin tiempo a pensar ni a sentir el desagradable sabor del purgante, llegaban los primeros dulces sabores de los confites introducidos casi antes de sacar la cuchara de la boca.
Dicen las crónicas familiares que cuando Neris nació, ya don Pedro trabajaba en una de las lanchas que cumplía la ruta entre Montería y Cartagena y viceversa, como sobrecargo, y de que se trataba, a pesar de no tener el brazo izquierdo, de un joven bien plantado e inteligente. En uno de los arribos al puerto local, se enteró del nacimiento y fue a dar sus felicitaciones a doña María de los Ángeles, de paso una mujer de singular belleza, y al mirar a la recién nacida en la cuna dijo:
- He aquí a mi futura esposa. La expresión no fue del agrado de la joven madre, pero la protesta pasó

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desapercibida y no tuvo trascendencia alguna. Los años continuaron su curso y cuando Neris estaba en edad y condiciones para pasar de la primaria a estudios de bachillerato, que para ese entonces no podían adelantarse si no se viajaba a la lejana Cartagena, doña María de los Ángeles, olvidándose quizás de las palabras del joven Pedro, ahora un hombre en plena edad adulta, que gozaba de fama por su seriedad y pulcritud, así como por sus reconocidas capacidades intelectuales y su instrucción escolar, le confió la educación de la joven que ya tenía renombre por su hermosura. Y se acercó la estopa empapada de gasolina a la llama y ardieron los corazones. Como la vieja no sabía leer ni escribir, no sospechó que en el tablero se intercambiaban los mensajes amorosos, hasta que algún "sapo", que siempre los ha habido, la enteró del asunto y María de los Ángeles, que tuvo una lengua bastante ágil, maldijo en todas las formas al apuesto galán y le deseó todas las muertes y calamidades, agarró a su hija de una mano y la metió en un cuarto y mostrándole la puerta a Pedro lo

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conminó a no pisar más su casa. Pero ya los dos corazones estaban enlazados y quieras o no, la madre dio su brazo a torcer y el apuesto galán y la bella casadera dieron el sí ante el sacerdote. Pero el propósito no es hacer una biografía, sino referimos a un caso en particular: El secreto para "componer" luxaciones que más adelante le dio otro motivo de fama a Pedro Movilla del Castillo. Nadie se enteró jamás del texto del secreto, y parece que no hubo intentos por obtenerlo, ante la actuación del viejo, que nunca cobró por sus servicios y los posibles interesados dedujeron que se trataba de uno de esos arcanos y cabalísticos rezos que le impiden a quien lo posee obtener ganancias por su uso.
Mientras la mayoría de los sobanderos, como se llamaba a los que hoy, después de varios años de estudios en la universidad, obtienen el título de Fisioterapeutas, examinaba la parte afectada y deducía qué pasaba para inmediatamente tomar un tarro de ungüento, o vela de cuba u otro menjurje que suavizara la piel, y luego de untarla

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en la zona requerida (aún lo hacen los teguas y los profesionales) comenzaban a sobar en medio de los gritos de la víctima para llevar al tendón o el hueso a su posición normal. Ya ni siquiera se narran los episodios de quienes han dejado en donde están orines y excrementos expulsados al perder el control de los esfínteres por efecto del agudo dolor; el "Mocho" Movilla se limitaba a mirar, colocaba suavemente la mano derecha sobre el sitio afectado, hablaba como para sí en voz baja y decía de pronto:
- ¡Listo! Te mantienes un día en completa quietud y te echas agua tibia con sal para que se baje la hinchazón. Si sigue el dolor, mándame un pañuelo y te lo colocas sobre la parte descompuesta durante doce horas más.
- ¿Don Pedro, ¿cuánto le debo? Preguntaba el afectado o alguno de sus familiares. - ¡Nada hijo, nada, vaya con Dios!
Esa capacidad de aliviar a los descompuestos, de conducir músculos,

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tendones y huesos a sus sitios sin dolor alguno, y a veces a larga distancia, simplemente con un pañuelo rezado, obligaron a muchas personas a recurrir a don Pedro Movilla, a quien le traían pacientes desde apartados lugares y casi siempre, ante el fracaso de los sobanderos. Sin embargo, el caso que vamos a referir, y les pedimos disculpas por no divulgar nombres, fue la cúspide del secreto de componer del "Mocho" Movilla.
Un joven muy popular, contrajo nupcias en medio de la complacencia general de los habitantes de Montería Moderna y cumplido el plazo normal, su esposa dio a luz una hermosa niña, que llenó de júbilo al padre. Pasados unos días y cuando la niña cimentaba el endurecimiento de sus vértebras y coyunturas y podía medio sostenerse erguida, el padre procedió a sacarla a pasear por el barrio todas las tardes, cuando amainaba el intenso calor monteriano. Tomándola por los pies le pedía un pinito y la niña, con una inocente sonrisa se bamboleaba en el aire. Es una costumbre regional que tiene por objeto

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demostrar a los demás que se gestó un niño o una niña con todas las de la ley y que en el futuro tendrá suficientes energías para crecer sanamente. "Si mi hijo está sano y fuerte es porque yo lo soy", piensa el progenitor, como una más de las demostraciones de machismo a que somos dados los nativos de esta tierra, porque las madres no suelen hacer demostraciones de esta clase.
Martín, para darle un nombre a nuestro personaje, se encontraba por los alrededores de la plaza grande con su hija que ya contaba con cinco meses de edad y al mostrarla a unos amigos para que determinaran lo bien nacida que había resultado, la niña se fue hacia atrás en el momento en que se encontraba lejos del cuerpo de su padre y parada en la mano derecha del mismo. El hombre, para que no se estrellara contra el suelo, la aferró con dureza por los pies y la niña, al doblarse con fuerza en sentido contrario, sufrió la dislocación de una vértebra. La hinchazón en la espalda comenzó junto con el llanto de la inocente, que su padre, en el desespero corrió a llevar al

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consultorio médico más cercano. El galeno dictaminó la enfermedad y se negó a tratar de reinstalar la vértebra en su lugar porque para ello tenía que sobar con fuerza y la niña no soportaría el dolor, lo cual, casi con seguridad, le ocasionaría la muerte. El acongojado padre, como dicen en la tierra, "sufrió las verdes y las maduras" y él mismo se acusaba de su irresponsabilidad. Su imprudencia resultó dolorosa para la hija y en el afán por encontrar una pronta solución fue a rogar a todos los sobanderos del pueblo y de los pueblos y veredas vecinas, pero nadie quiso poner sus manos sobre la espalda de la niña, convencidos, como lo estaba el médico, de que hacerlo era matar a la menor. Mientras tanto, la hinchazón subía diariamente. Una forma de bola cristalina en el sitio de la dislocación de la vértebra adquirió proporciones preocupantes y a la menor se le mantenía boca abajo en la cuna, llorando día y noche, pese a que muchos afirman que los niños no sienten dolor.
Martín, quién sabe por qué nexos, llamaba tío a don Pedro Movilla, y un allegado le dijo desde el primer día que

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sólo el viejo Pedro podía solucionar el asunto, pero el joven respondía que su hija no la sometería a cuestiones de brujería, porque la brujería era asunto del diablo. Prácticamente todos los días, de cada cinco personas que miraban la gravedad de la niña, cuatro le recomendaban a don Pedro, que con el secreto solucionaba el problema.
Los días pasaban y Martín, sin comer y sin dormir, caía lenta y visiblemente en un estado de desolación que los restantes miembros de la familia temían desembocara en un estado de locura, pero él insistía en no llevar la niña donde el tío Pello, como lo llamaba. Una mañana, como quien no quiere las cosas, salió temprano sin cambiarse de vestidos y sin decir nada a nadie, se encaminó por la calle 36 hacia el final de esta y llegó a la casa de Pedro Movilla.
- Buenos días, tío. - Buenos días hijo. ¿Qué te ocurre que me visitas tan temprano y con toda la traza de amanecido, acaso estabas en El Cocodrilo?

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- Nada de eso tío. Es que tengo un problema con la niña que sufrió...
- No sigas, porque estoy enterado de lo ocurrido a tu niña. Pensaba que la dejarías morir antes que venir a mí, que de acuerdo con lo que respondes cuando te aconsejan, debo estar endiablado o tener un convenio con el mismo Satanás. Pero te esperaba. Dame uno de tus pañuelos. El joven saca un pañuelo y lo tiende a don Pedro que, sentado en un taburete, lo toma en la mano que le queda, cierra los ojos y se mantiene en silencio por unos tres minutos, al cabo de los cuales se lo devuelve y le dice:
- Si viniste aquí es porque crees, por lo tanto, cuando llegues a la casa pones este pañuelo sobre la hinchazón en la espalda de la niña y con cuidado le echas a cada hora agua tibia, sin tocarla. Mas tarde traes seis pañales para que reemplaces el pañuelo y la envuelves en el pañal cambiándoselo cada cuatro horas y no olvides el agua tibia. Cuando quede solamente un pañal, me traes otros seis, si observas, si compruebas, que la

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hinchazón está bajando. Si así no ocurre, deja las cosas como están y apréstate a verla morir lentamente, porque será designio del Topoderoso que así suceda. Martín, que llegó lleno de dudas, sale con prisa de la casa de don Pedro hacia la suya y sin decir nada a nadie coloca el pañuelo sobre la parte inflamada y dispone entibiar una olla pequeña de agua y él mismo, en silencio, va esparciéndola sobre la espalda enferma. Una hora después informa a su esposa y familiares, aun cuando ellos intuían lo que había hecho, su visita al tío Pedro y las instrucciones de éste.
La madre de la niña no resistió la emoción por los resultados que veía y llamando a su esposo y a sus suegros, en la madrugada, y veinte horas después de colocado el pañuelo, les mostró con una amplia sonrisa de alegría, la espalda de la niña. Sin discusión alguna, la hinchazón había remitido en por lo menos un sesenta por ciento, situación que los mantuvo en diálogos cordiales hasta la seis de la mañana, hora en que Martín, empacando seis pañales más, salió

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corriendo hacia la casa del tío. En menos de cuarenta y ocho horas, el secreto de Pedro Movilla había hecho desaparecer la tremenda bola en la espalda de la menor, pero la sorpresa fue aún mayor, cuando el médico dispuso una nueva radiografía y la vértebra se encontraba en su lugar, colocada allí como por un prodigio. La noticia se regó en el barrio Montería Moderna y la felicidad rondó por varios días en el sector y no hubo vecino que no visitara nuevamente a Martín y su familia, para verificar lo que consideraron un milagro.
Don Pedro Movilla del Castillo fue un hombre diferente. Sus mismas expresiones que a otros irritaban, lo pueden mostrar hoy a la opinión de los que lean esta nota. Su agudeza le permitía conocer con anticipación cuando el visitante trataba de "tirarle un lance" como decimos en la tierra y luego de oír pacientemente sus desventuras, poniéndole la mano en el hombro e invitándolo a salir porque él estaba ocupado, le recomendaba: "Tranquilo hijo, que el trompo da la vuelta. Ya verás

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días mejores."
El viejo murió después de una larga vida de servicio. Pero su secreto no lo compartió ni hubo interesados en poseerlo, porque si él no cobraba sus servicios, debía ser porque es de los que se usan sin interés monetario, y así carece de motivación.

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EL AMOR DE LOS MUERTOS
Dentro de las fábulas sinuanas se encuentran varias que requieren un estudio mucho más profundo, en mora de realizar por parte de los entendidos, que las simples referencias verbales o las notas periodísticas. Entre ellas se destacan las que aseguran que las serpientes buscan el calor de las cunas y aprovechan que las madres que amamantan se duerman, para pegarse a chupar de sus senos la leche y para evitar que el niño se despierte y se ponga a llorar, le introducen en la boca la punta del rabo, lo cual origina por un lado el envenenamiento del seno y, por el otro, que el niño absorba sustancias que disminuirán su capacidad de crecimiento. También se encuentra la que afirma que, si una persona es asesinada y cae bocabajo, el o los asesinos serán prontamente descubiertos y aprehendidos por las autoridades, por cuanto algo los atrae al lugar de los hechos. De la misma forma, muchos asesinados son velados y sepultados con al ataúd al revés, para que los victimarios paguen su deuda con la

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sociedad y la justicia. Otra, aceptada sin beneficio de inventario, se refiere al regreso del alma de los difuntos para tratar de llevarse
con ellos a los seres que más amaron en esta dimensión.
El caso al que vamos a referirnos tiene que ver con esta segunda hipótesis, de la cual fuimos testigos en más de tres ocasiones. Una vecina, de nombre Isabel, enfermó gravemente y cuando se acercaba la hora de su muerte pidió a nuestra abuela paterna, a mamá y a papá, que acudieran a su lecho de enferma. Un largo tiempo había transcurrido desde una pelea entre los hijos de ella con nosotros y nuestro hermano mayor, que dio paso a una enemistad entre los mayores, porque los muchachos reconciliamos al día siguiente. La señora Isabel, que pese a la enemistad continuó gozando del respeto y la admiración de nuestra familia, por cuanto una hermana suya de nombre Sol fue también gran amiga de nuestra casa, y nosotros fuimos respetados y admirados por ella, pensaba únicamente en su hija Maruja, que quedaba sola entre varios hermanos casi

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todos mayores de edad. No se oponía Isabel al designio divino de nacer, crecer y morir, pero su pensamiento se dirigía a creer que su hija, una niña entre los once y doce años, habría de sufrir penalidades al quedar huérfana.
En su lecho de moribunda, Isabel pidió perdón por el error de sostener por varios años una aparente enemistad con nosotros y recalcó sus buenos sentimientos, y les planteó con claridad sus preocupaciones por la niña. No sabemos a qué acuerdo llegaron, porque la reunión fue reservada a los mayores, pero unos quince días después, muerta doña Isabel, Maruja pasaba más tiempo con nosotros que en su propia casa, llegando con el tiempo a ser "madrina de puerta" de la mayor de nuestras hermanas. Cumplido el novenario, la niña salía corriendo hacia nuestra casa gritando, porque veía a su progenitora que la llamaba para que la siguiera al más allá, y sabiendo que ella estaba muerta, sentía miedo al verla. Ninguna otra persona, incluyendo la familia de Maruja, veía a doña Isabel,

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pero la niña, jugando normalmente con nosotros, de pronto se quedaba como una estatua mirando hacia algún lugar y señalaba con el dedo, mientras perdía el color y se tornaba pálida, gritando que allí estaba su mamá llamándola. Mamá le preguntaba que dónde y la niña dirigía el dedo índice y llorando le repetía que allí estaba, pero ni mamá ni nosotros alcanzábamos a verla.
Nuestra abuela paterna, enterada del asunto, dijo que eso era posible, por cuanto la niña se comportaba dentro de la mayor normalidad antes y después de ver el espíritu de Isabel, que en un exceso de amor maternal, se obstinaba en no pasar al lugar que le correspondía en la otra vida, Y dictaminó que ella sabía cómo evitar que la difunta se llevara a la hija, porque supuestamente eso había ocurrido varias veces en la región, no solo con hijos, sino entre marido y mujer, entre novios, etc. "Los muertos vienen a buscar sus seres queridos" sentenció la abuela, que al día siguiente se quedó en la casa para esperar la aparición del espíritu de Isabel, por lo cual dispuso que Maruja

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debía permanecer a su lado en el patio de nuestra casa, como ocurrió.
Serían las cuatro de la tarde y jugábamos en el patio bajo la estrecha vigilancia de la abuela, cuando la niña, al alzar la cabeza, como para atender un llamado, se puso pálida y temblorosa. Abuela, atenta a las actuaciones de la niña, captó de inmediato su actitud y antes de que dijera algo, le preguntó:
- Maruja, ¿dónde está tu mamá?
- ¡Ahí, junto al palo de coco, y me está llamando!, contestó la muchacha con tono lleno de espanto señalando el lugar. Abuela entonces se puso de pie mirando hacia el sitio indicado y gritando fuertemente, dijo:
- Isabel H., respeta a tu hija que es de este mundo y vete a tu lugar. ¡No jodas! Tú no vives entre nosotros. ¡Vete, fuera de este mundo, porque tú estás muerta! ¡Fuera, no joda! La niña, aferrada a la larga pollera de mi abuela le dijo con voz temblorosa:

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- Ahora se fue para la orilla del pozo y sigue llamándome. - ¡Te dije que te largaras porque tú estás muerta y los muertos no pueden ni deben estar con los vivos! Tu hija ya no te pertenece y ¿quién carajo eres tú para tratar de llevártela? Dios habrá de castigar tu alma si persistes en llevarte a Maruja, pero yo estoy aquí para impedírtelo y para enfrentar al más hijo de puta de los diablos si viene por ella ¡No joda, gran hijueputa!
La niña se encargó, tirando de la pollera, de contener la sarta de improperios de abuela, para informarle que el espíritu había desaparecido. Pero mi abuela, que parecía conocer del asunto, la instruyó para que no siguiera jugando y se mantuviera alerta y le avisara inmediatamente la viera y el sitio en el que estaba.
- Si la ves, dímelo de inmediato y muéstrame el lugar en que está. Agárrate de mí y no te sueltes, pase lo que pase, porque con seguridad que ahora vendrá y estará más cerca de ti. Por esa razón, hija

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mía, no te ofendas por mis palabras en contra de tu madre, pero solamente diciéndole porquerías, insultándola, abandonará su empeño en llevarte. El espíritu sabe que las porquerías que decimos los vivos lo salpican y no le conviene llegar a entregar cuentas con pecados posteriores a su muerte.
Los demás continuamos jugando, temerosos, es cierto, aun cuando nada habíamos visto ni sentido, pero la actitud de Maruja fue suficiente para convencernos de que algo no usual había estado cerca de nosotros. El terror que vimos pintado en la cara de la niña no podía ser fortuito, porque en las ocasiones anteriores, se comportó como una niña cualquiera luego de la aterrorizante experiencia, de la visión del espíritu de su madre, a la cual pintaba como había sido en la vida terrena, sólo que al espíritu, lo rodeaba una especie de luz.
Una media hora más adelante, Maruja lanzó un grito y se abrazó al cuerpo de abuela, diciéndole:

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- ¡Allí está... allí frente a usted! Me pone la mano y me dice que me vaya con ella. ¡No!... ¡No deje que me lleve! clamaba con desesperación la niña cambiando de posición en la medida en que el espíritu le daba vueltas al lugar en que abuela, de pie, oponía su cuerpo para impedir que tocara a la menor. Un poco asustada, indudablemente, porque el moreno de la piel se le tornó cenizo, abuela se repuso de la sorpresiva aparición, y pese a sus negativas posteriores nos quedó en la mente la sensación de que ella también estaba viéndolo, porque sin necesidad de que la niña se moviera era ella la que daba vueltas como para no perder el frente del espíritu, gritándole:
- ¡Ah perra puta, es que crees que eres más poderosa que yo, no joda! Aquí te espicas, hijueputa, porque me cago en tu cara antes de que toques a la niña, que ahora es mía. Yo fui quien la parió por este culo que es mejor que el tuyo, malparida, y si quieres comprobarlo álzate la falda y los comparamos. ¡Me cago en tu cara y me limpio con tu lengua!, para castigarte la falta de

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respeto, ya que te estoy hablando como amiga y no me obedeces ¡Vete al cielo o al infierno, pero aquí no vengas más a joder, hijueputa! Para quitarme a la niña me tienes que meter la lengua en el jopo. ¡Míralo! La abuela dobló el espinazo, se alzó la falda y los pollerines y dejó las posaderas al aire libre. Las mujeres de su época no conocieron los morunos o panties. Unos segundos pasaron mientras estuvo doblada y la distensión emocional de Maruja, que regresaba mentalmente quién sabe de dónde, fue visible para los niños que allí estábamos. Al sentir que la niña, relajada, le soltaba la falda, señal inequívoca de que el espíritu había desaparecido, abuela volvió a erguirse, dio una vuelta en redondo como buscando algo y sin decir nada más, se santiguó haciendo la señal de la cruz desde su frente al pecho y del hombro izquierdo al derecho. Luego se arrodilló, con un ademán le indicó a la niña que también lo hiciera y entre las dos rezaron dos padrenuestros, dos avemarías, un Dios te salve y cuatro veces el Bendito. Se levantaron, abuela salió para su

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negocio, una sancochería en el mercado a buscar los elementos que diariamente llevaba y. traía y Maruja volvió a nuestro lado a continuar jugando. Unos seis o siete años más tarde, Maruja se casó y hasta la última vez que supimos de ella, vivía tranquila en un hogar bien formado y con varios hijos, sin que jamás se repitiera la aparición del espíritu de Isabel. Un caso parecido, ocurrió en Sincelejo, en donde una señora le pidió a su marido que le prometiera que jamás, después de ella morir, le pegaría a su pequeña hija. Omitimos los nombres por no estar autorizados, pero es conocido el caso. El viudo olvidó la promesa y le pegó una o dos veces a la menor para corregir entuertos, y desde entonces la menor comenzó a ver a su progenitora que la llamaba para que se fuera con ella. Fueron muchas las angustias y en la propia casa se oficiaron misas y el agobiado y asustado padre reitero ante los sacerdotes de que no repetiría la violación de la promesa hecha a su compañera moribunda, con lo cual se acabaron las apariciones.

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VOMITOS DE GRAPAS Y AGUJAS
El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán Ayala, llamado Caudillo del Pueblo, que en numerosas ocasiones afirmó: "Yo no soy un hombre, soy un pueblo", así como la consecuente riada de violencia, una más en la larga lista de dolor y muerte que caracteriza a nuestro país desde el momento mismo del encuentro de los dos mundos, le restó importancia a hechos curiosos y extraordinarios que ocurrieron en el Sinú, que hoy serían de inapreciable valor para revistas escandalosas y para estudiosos del fenómeno OVNI, que los atribuirían, sin duda alguna, a los efectos de encuentros cercanos del tercer tipo.
Y los afectos a esta clase de informaciones, entre los que nos encontramos, no negarán que en el fondo de esas ocurrencias hay aspectos inexplicables que permitirían encajarlos dentro del fenómeno que desde hace muchos años intriga a neófitos y científicos. La desaparición de niñas, algunas para

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siempre y otras, muy pocas, por lapsos de hasta tres días, como si se hubieran hundido en los caños y los pozos, para surgir en el mismo lugar, en algunas ocasiones llenas de lodo, que perdían la razón cuando entraban a explicar en dónde habían estado, necesariamente facilita pensar que no es cosa común y corriente. Uno de los aspectos no estudiados de este caso de las desapariciones, tratado en otro lugar de este mismo trabajo, es el que nadie se detuvo a analizar cómo desaparecían y aparecían las muchachas, siendo que se sabía el lugar al que habían ido, el caño o el pozo en el que se abastecían de agua en los pueblos en que ocurrieron, y que, al momento de reaparecer, fuera en el mismo lugar en que supuestamente desaparecieron. Nadie las vio por parte alguna, ni cerca ni lejos, lo que indica que allí se produjo el fenómeno, de tal manera, que se puede pensar que pasaron a otra dimensión en un parpadeo. El caso que ahora nos ocupa, sucedió un poco más tarde de los de las niñas desaparecidas, algunas de las cuales fueron curadas de sus "locuras" por un

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medio tan desconcertante como extraordinario: por las llamadas Niñas Encantadas de la localidad de Providencia. Y ellas regresan porque fueron parte de este otro hecho sin precedentes, por lo menos en la región. En la localidad de Caño Viejo Valparaíso, también conocida como Mata de Plátano, nació y se crió una mujer a la que únicamente mencionaremos por su nombre de pila, Clemencia, residente en el momento de escribir esta nota en la ciudad de Montería. La joven Clemencia amaneció un día cualquiera con el cuerpo lleno de dolencias y raras sensaciones, que en un principio se atribuyó a "el costumbre" como solían calificar las campesinas costeñas en aquellas épocas en que aún las mujeres se sonrojaban, a la innata renovación de las capacidades de gestación que se denomina menstruación y que en estas épocas ya falta poco para que se muestre en toda su naturaleza en los avisos de toallas higiénicas por televisión. Contrasta esta actitud y nos patentiza de qué modo cambiaron los tiempos, recordar los principios de la publicidad cuando el Ministerio de

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Educación de Méjico censuró y dispuso suspender la publicidad de las toallas higiénicas Cotex, porque decía: "Cotex no es lo mejor del mundo, pero está sobre lo mejor del mundo".
Pero Clemencia no cumplía el período menstrual, porque antes del mediodía esparció por el patio de la casa campesina donde se levantó, un vómito de sangre. acompañado de varias puntillas, agujas y grapas. Si bien ello llamó la atención de sus padres y demás familiares, se atribuyó a que se trataba de una niña necia que quién sabe cómo se había tragado esos elementos mientras jugaba. Arrojados los objetos metálicos y punzantes, Clemencia retornó a la normalidad. Ella misma se preguntaba si acaso en un descuido se había tragado las agujas, las puntillas y las grapas, pero no recordaba haberlas tenido en su poder el día antes ni en los días ya pasados, pero las inquietudes infantiles y juveniles pasaron a primer término olvidándose de cuándo y cómo ingirió los metales que vomitó. Por más de cuatro veces en el lapso de

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los siguientes cinco o seis meses, Clemencia repitió sus vómitos metálicos y, como es lógico, de sangre. Nadie que expulse del interior de su cuerpo objetos metálicos y punzantes, como clavos, agujas, puntillas, grapas y similares, puede quedarse impávido ni menos creer que los órganos no se resienten. Lesiones punzantes, cortaduras, rasgaduras en el estómago, el esófago y la garganta, debían producirse al pasar los elementos buscando salida y de allí la sangre que los acompañaba. Y esa profusión de sangre y las factibles hemorragias internas le cambiaron el color a Clemencia y se fue poniendo amarillenta, por efecto de la anemia.
Los comentarios de la vecindad señalaban a la enferma como poseída de Satanás, porque al no encontrar justificación a sus vómitos, y la estrecha vigilancia ejercida en ella descartaba qus9 ingiriera tales elementos metálicos, no existía duda que se trataba de un maleficio de tremendas proporciones. Y sin tener en cuenta que la pérdida de sangre en los vómitos surtía efectos

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negativos en la humanidad de la muchacha, las consejas aseguraban que el diablo dormía con ella en las noches y se la estaba llevando poco a poco y de allí la palidez del rostro y la decrepitud que mostraba su cuerpo.
Temerosos de que tal cosa estuviera sucediendo, los familiares visitaron la iglesia de Montería para en un recipiente de vidrio llevar al pueblo de Mata dé Plátano suficiente cantidad de agua bendita para bañar a la joven, pero los vómitos continuaron. Un vecino recordó los milagros de las Niñas Encantadas y después de la insistencia, los familiares se trasladaron a Providencia a exponer el asunto, logrando una consulta en tiempo prudencial.
Clemencia refiere cómo las tres mujeres que surgían de las tinieblas le dieron atención especial y le prometieron que en corto tiempo estaría sana, como en efecto ocurrió. Esa preferencia de los tres espíritus, porque no podía ser otra cosa, por Clemencia, se ganó la buena voluntad de Nicolasa, que, desde entonces, hasta el

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momento de su muerte, la contó entre las pocas amigas que tenía y la hizo su confidente, pero con el correr del tiempo, y posiblemente por esa deferencia, Clemencia se niega a referirse a esos pormenores para no traicionar la memoria de Nicolasa ni mucho menos las de las Tres Niñas Encantadas.

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EL TESORO DEL CASTILLO
A raíz de la violencia en el país en los primeros años de la década del cuarenta del siglo pasado, que bautizamos con el nombre de "la época de la violencia", como si hubiera sido la primera y última, la situación económica para los militantes del Partido Liberal fue un doloroso viacrucis. En Id correspondiente a nuestro progenitor, por ejemplo, además de alimentar a una familia numerosa de las ganancias provenientes de una cacharrería en el mercado, debía soportar las semanales visitas de los miembros de la policía, denominada "Popol", policía política que sin dolor alguno se llevaban dos y tres cajas de mercancías y le decían: "No se preocupe, que, en El Manguito, lo está esperando El Charro para pagarle". El Manguito funcionaba en la sede de la Alcaldía, en el mismo lugar en que se levanta el edificio actual y que muchos recuerdan con horror, y El Charro el comandante de la policía política, que además de ese nombre también se le

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conoció como "policía Chulavita". Los liberales carentes de relaciones de amistad con los funcionarios transitaban lo más lejos posible del lugar, y papá, a quien le dedicaron mucho tiempo para encontrarle el lado flaco, nada ni nadie lo hubiera hecho asistir a tan siniestro sitio. Sabía para qué le robaban y no dudaba su destino si llegaba a cobrarle a El Charro. La exacción incontrolada y semanal, fue agotando paulatina pero efectivamente el capital del establecimiento y cuando papá notó que estaba cercano a la bancarrota, meticuloso y en gran medida orgulloso de su apellido y de las tradiciones familiares de honestidad, honradez y pulcritud, llamó a los acreedores y les dijo: "Señores, repártanse lo que aquí queda y si no es suficiente me avisan, para buscar cómo pagarles, pero este negocio se cierra hoy". Así lo hicieron, quedándole pendiente la suma de $400 pesos de la época, 1949, con la firma Antonio y Octavio Gómez, de Medellín, que distribuía artículos de loza. Ni corto ni perezoso y sometiendo a la familia a mayores dificultades, vendió los pocos

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bienes raíces que poseía y pagó, quedándole la fabulosa suma de mil pesos, con la cual nos trasladamos a Cartagena a pasar las mayores dificultades en la más extrema pobreza. Otro comerciante que tampoco resistió los embates de la mala situación fue don Joaquín de Oro Tejada, de la misma catadura y como si hubiera sido hermano gemelo de papá, que quedó en la ruina para tener el orgullo de asegurar que no le debían a nadie. Y al igual que papá, se dirigió con la familia al Corralito de Piedra. Un tercero, don Felipe Castañeda, ciudadano oriundo del interior del país, montó una de las tres cacharrerías más grandes que entonces existieron en Montería, la de mi padre, sin nombre, la de Castañeda, llamada Cacharrería Bogotá, y la Cacharrería Barranquilla del señor Eloy Urueña. Los tres liberales, pero solamente el último con relaciones en el sector oficial. Castañeda, sin embargo, quién sabe por qué medios, inmediatamente llegó a Montería se conectó con la oficialidad del Batallón La Popa, a donde asistía con frecuencia a tenidas con los mismos.

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En esas andaba la noche fatídica en que el _. fuego copó las instalaciones de la cacharrería en la calle del comercio, o calle 30, que redujo a cenizas el establecimiento, dejando al interiorano en ruinas. No fue suficiente probar con documentos a la mano que las pólizas de seguro no amparaban ni siquiera la tercera parte del capital representado en mercancías, ni las facturas pendientes de pago que comenzaron a llegar desde diferentes casas de negocios de todo el país. Para la policía, en primer lugar, para los miembros de la clase y el partido gobernantes, y para muchas personas que se limitaron a. escuchar el veredicto oficial, Felipe Castañeda había dejado velas encendidas dentro del establecimiento para enriquecerse con el valor de los seguros. Fue el tercero en llegar a Cartagena, para la época el refugio de los perseguidos y los desplazados por la violencia, y por simple casualidad, vivieron a corta distancia el uno del otro en el mismo barrio, Lo Amador. Joaquín de Oro en la calle El Progreso, Castañeda en una esquina y nosotros a su lado frente a la

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llamada Plaza de los Chivos, junto a la vía que conduce al convento de La Popa, plaza que el urbanismo hizo desaparecer hace muchos años. Las angustiosas y dramáticas situaciones de las tres familias no se ocultaban ni minimizaban a los menores que los viejos consideraban que podían entender. Ello nos permitió observar y escuchar las pláticas anegadas en llanto de Felipe Castañeda, señalando la injusticia a la que había sido sometido, simplemente por ser militante del partido Liberal.
Una noche, Joaquín de Oro llegó con el semblante demudado, todo sudoroso por la carrera que había dado, balbuceante, para contarle a papá que, al pasar por la parte de atrás del castillo de San Felipe, siendo las diez de la noche y en medio de las tinieblas del lugar, se le apareció un soldado español que lo llamaba. La aparición pasó a su lado, tan cerca como para establecer que era como de humo. Al día siguiente, reunidos los tres, recordaron leyendas sobre tesoros de piratas y soldados españoles enterrados en las murallas, y que, por tanto, lo visto

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por Joaquín era el alma en pena de un soldado, tal vez de la época de la colonia, que quería mostrar a los vivos el sitio en que habría escondido un tesoro. Para sustentar la creencia, se refirieron a las luces en los montes y otras leyendas, tomando la determinación de ir desde las ocho de la noche hasta la una de la madrugada, lapso en el que salen a penar las almas que aún no han logrado descansar en paz. El trío alcanzó a estarse noche tras noche en el oscuro lugar, por cerca de cuatro meses, hasta que desistieron de entrevistarse con el espíritu del soldado y de desenterrar un fabuloso tesoro que les aliviara el sufrimiento.

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EL GRITON
En un excelente trabajo sobre los mitos y leyendas de Colombia, que lamentablemente aparece sin el nombre del autor en la edición rústica que poseemos, tal vez de origen pirata, se ubica el mito de El Gritón, entre los mitos universales, especialmente europeos y americanos, y luego de una muy juiciosa disertación, el autor crea un subgrupo y lo denomina "Mito Lúdico", es decir, que se trata de un engendro que encaja más en lo didáctico y educativo y en la entretención, que en el de crear pánico en su alrededor.
Finaliza el estudio diciendo: "Séanos pues dado atribuirles el lado cómico, lúdico, chispeante de la vida, a estos mitos que son frecuentes entre nosotros y de los que son algunos ejemplos: La mano Peluda (un aparte de este libro se refiere al caso en este sentido), El Gritón, El Costalón, El Chucho, El Coco, El Patas o El Putas o El Mandingas. Los mitos menores así descritos, tienen pues

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la finalidad de enseñar deleitando, y a lo mejor, no convenga buscarles relecturas profundas, metafísicas y serias". En otras obras hemos leído que se le considera un duendecillo que persigue las recuas y las confunde, ya que pasa en un santiamén de la cabeza a la cola y viceversa gritando órdenes, y los animales pierden la orientación. Más allá se habla de un hombre de inmensas proporciones que de forma estentórea grita y se les escucha a varias leguas a la redonda y más acá de un hombre flacuchento que parece no tener fuerzas ni para mover un dedo. Los antioqueños, por ejemplo, lo consideran producto de la arriería, o mejor aún, parte integral del oficio. Arriero que no escuchó este engendro no era del oficio.
En el Sinú y las Sabanas El Gritón es otra cosa. Nada de arrieros, nada de figuras, solamente un grito espantoso que como un temblor de tierra parece brotar de lo más profundo del suelo. Es decir, que el sonido no viene por el aire sino por el entresuelo, y en lo correspondiente a la región del Sinú, en una zona delimitada

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que tiene a Montería como punto de referencia y de allí, por la ribera izquierda del río, desde más allá de Angosturas hasta San Bernardo del Viento, dejando a un lado la zona costera, bordeándola para pasar al lado de Canalete, llegar a Mulatos y regresar al Alto Sinú. Los siguientes ejemplos, más otros que escuchamos y tenemos registrados pero que no alcanzan el dramatismo ni la curiosidad como para citarlos, nos permiten reafirmar lo dicho.
En Las Cruces del San Juan:
Nos contó nuestro padre, José del Carmen Movilla Cuadrado, que en tiempos en que salía de la niñez y entraba a la juventud, primeros arios de la década del treinta del siglo pasado, fue invitado por su tía Andrea Cuadrado, a estarse una corta temporada en la finca que ésta, con su marido, Pedro Velásquez, poseían en la región llamada Las Cruces del San Juan. Para aquella época ya habían nacido diez de los veinticuatro hijos que parió la tía Andrea.
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A los cuatro o cinco días de estar en el lugar, el mayor de los primos, Pedro, los invitó a una cacería nocturna, a lo que papá se rehusó. La invitación se convirtió en reto y de reto en compromiso, cuando el promotor le dijo al primo y a sus propios hermanos que él no quería tener miedosos ni mariquitas en la familia. A eso de las seis de la tarde se organizó lo indispensable y una hora después partieron rumbo a una montaña cercana en la que deambulaban los venados, zainos, ponches y otros animales de caza. Cabe advertir que, si aún hoy la región es montañosa, para aquellos tiempos era una selva total. La existencia de animales destinados a la cacería permitió al grupo considerar que una hora después de la partida estarían de regreso con cualquier animal para la comida del día siguiente. Más o menos a las ocho de la noche llegaron a la orilla de una aguada natural en donde se detuvieron para calzar las escopetas y en éstas estaban cuando arriba, en la montaña, se escuchó un grito pavoroso. Nos aseguró papá que más que oírlo, tuvo la sensación de sentirlo, porque un algo extraño le estremeció el

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cuerpo, tal como tres o cuatro años más tarde experimentó con ocasión de un fuerte temblor de tierra. Pedro, que los había metido en el compromiso refiriéndose a la capacidad varonil de cada uno, guardó silencio. Hacia él se dirigieron las miradas de los integrantes del grupo y no se sonrojó al invitarlos a devolverse, por cuanto el grito era cosa del otro mundo. Así lo hicieron con paso presuroso.
Se habría rehecho unos veinte minutos de camino cuando se repitió el grito, y Pedro los invitó entonces a redoblar el paso. Pasados otros cinco minutos se escuchó el tercer grito, esta vez, lo consideraron todos, a la orilla de la aguada desde la que se devolvieron, por lo que Pedro encabezó el grupo que emprendió veloz carrera. Vislumbraron entre las tinieblas de la noche los techos de las casas de la finca cuando un nuevo alarido los estremeció. Desde la distancia comprendieron que en la finca estaban durmiendo porque no se veía luz alguna en las casas y Pedro, sin detenerse, se estrelló contra la puerta derribándola.

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Ajustaban la puerta en el marco al repetirse detrás de ella el grito, mucho más fuerte y tenebroso. El viejo Pedro Velásquez les informó entonces, que se trataba de un engendro diabólico al que llamaban El Gritón, que cada cierto tiempo escuchaban en la montaña, pero que hasta entonces no había llegado tan cerca de la zona que se encontraba en aquellos tiempos en proceso de civilización.
El segundo caso que nos llamó la atención, nos lo refirió el viejo amigo Pedro Salas. Dice él que por allá por 1935, su padre, don Pedro J. Salas Mercado, adquirió un terreno baldío por la región de Cucharal, en cercanías de Santa Lucía, lugar al que se trasladó toda la familia. Nuestro amigo tendría entonces unos diez años y recuerda que como a los seis días escucharon por primera vez a El Gritón. Prácticamente. todos los martes y jueves, se escuchaba el grito cerca del rancho que construyeron para emprender el desmonte del terreno e iniciar cultivos, al punto que se acostumbraron, si bien no dejaban de

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estar prevenidos ante el engendro que jamás vieron. Una cosa que no se le ha olvidado a Pedro Salas es que cada grito parecía brotar de la tierra, como una especie de temblor.
Unos seis meses más tarde, fue a visitarlos un amigo que se llamaba Martín Noriega, residente en el caserío de Boca de la Ceiba. Era precisamente martes, recuerda Pedro, y como los mayores estaban a la espera de la ocurrencia de todos los martes y jueves, le contaron a Martín el asunto y éste, después de preguntarles sobre las horas y los lugares en que lo oían, les prometió que a partir de ese día no volverían a escucharlo. A eso de las seis de la tarde, al oscurecer en la zona, escucharon el alarido como a unas dos o tres leguas de distancia. Martín Noriega encendió una gruesa calilla de tabaco revuelto, tomó el taburete en el que estaba sentado, se lo terció al hombro y partió hacia el lugar en donde generalmente se producía uno de los gritos, distante a unos cien metros del rancho. Desde entonces no se repitieron los escalofriantes alaridos. Martín

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Noriega, sin pronunciar palabra, regresó al rancho, colocó el taburete en el mismo sitio de donde lo tomó, se despidió y jamás, pese a sus frecuentes visitas, trató sobre el asunto ni los Salas le preguntaron cómo había hecho para desterrar a El Gritón.
Uno de los casos, raro por cierto porque fueron contadas las personas que vieron a El Gritón en estas tierras, fue el ocurrido a un señor Lozano en el municipio de San Andrés de Sotavento. Lozano solía pescar por las noches en una aguada de enormes proporciones relativamente cerca del poblado, y en una ocasión, al llegar al sitio, vio a una persona recostada a un palo de mango que estaba a unos cincuenta metros de donde él lanzaba los anzuelos. No pudo determinar quién ni cómo era, debido a la intensa oscuridad nocturna. Finalizada la tarea y con un buen número de peces para acompañar la alimentación de su familia al día siguiente, decidió regresar y al pasar por el palo de mango, la forma continuaba allí, como si se tratara de un bulto recostado al árbol. Pasó por el lado, lo

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Saludó, pero no recibió respuesta. Apenas había andado unos cincuenta metros cuando un ensordecedor grito que parecía haberle quitado el piso de los pies lo llevó a tierra. Tremendamente asustado se puso en pie e inició veloz carrera, convencido de que quien lanzó el alarido no era de este mundo. Un grito con tal fuerza y estridencia solamente podía emitirlo un demonio, pensó. No terminaba de deducir los acontecimientos y se repitió el grito y volvió a caer. Se levantó y entonces sí, a sabiendas de que lo que gritaba era un demonio que iba tras él, las piernas fueron más veloces que su pensamiento. No había tiempo para imaginaciones porque estaba en juego su propia vida. Cuatro veces el grito lo dejó sordo y atontado, además de derrumbarlo, pero sacando fuerzas de no sabía dónde, se erguía y continuaba la carrera. Al doblar un recodo del camino alcanzó a ver y a oír a una señora a la puerta de un rancho que lo llamaba para que entrara y apenas cerrada la puerta, el engendro repitió el grito prácticamente frente al rancho. La señora le comunicó que se trataba de El

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Gritón, que escuchó todos los gritos y dedujo que alguien corría peligro, por lo que con un mechón entre manos se colocó en la puerta a la espera de quien viniera huyendo para brindarle protección. Don Guillermo Mercado Arias, que pasa de los ochenta años, nos asegura que, entre Caracol y Las Piedras, en el municipio de Toluviejo, tanto El Gritón como La Llorona, son sonidos conocidos por la frecuencia con que se producen, pero no hay quien testifique haberlos visto. "Cuando se trata de El Gritón, este va de uno a otro lugar y lanza su grito. Pero momentos antes, se escucha como si pasara un mosquero zumbando, nada más". Esta peculiaridad no la encontramos en ningún otro lugar de los que nos sirvieron para este trabajo.

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FORMULA PARA CONVOCAR AL DIABLO
Muchos se preguntan cómo llamar al diablo para concertar una cita, en la cual tratar las condiciones para venderle el alma a cambio de poder y riquezas. Parece ésta la aspiración de quienes al sentirse agobiados por las exigencias del medio en el que se desenvuelven; especialmente cuando, conforme a la regla de medir los estratos sociales, se sube de la mitad hacia arriba, reclama la atención de compromisos cada vez más onerosos. Es desde este punto de la escala de medir valores y condiciones sociales, en que la necesidad de poseer fortuna y poder sobre los demás, se hace mucho más apremiante. Los de la mitad hacia abajo, si bien es cierto que sueñan con poder y fortuna, se contentan con poco, después de obtener con qué comer y vestirse.
Sin embargo, quienes han sido señalados como poseedores de la fórmula, jamás fueron adinerados, si bien sí

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sobresalieron en la comunidad en la que vivieron por diferentes circunstancias. Por ejemplo: Pedro Velásquez, en Las Cruces del San Juan, fue un hombre muy diferente a los de su tiempo. Con su compañera, Andrea Cuadrado, hermana de nuestra abuela paterna, engendró veinticuatro hijos a los que crió y dejó algunos bienes con los que poder desenvolverse. Se le distinguía porque siendo el patrón, se enrolaba con los peones en el desarrollo de tareas como el desmonte, el macaneo, la siembra y la cosecha, descuajar montañas, serrar maderas, etc., sacándoles ventaja. Por lo menos su trabajo resultaba doble ante el más alentado de los peones.
Se cuenta que un día, tumbando árboles para serrar y transportar ciento cincuenta alfajías para un aserradero de Montería con el que las había concertado, un hijo suyo se atravesó en el camino por el cual caería uno de los árboles sin que fuera advertido con tiempo. Una rama lo traspasó a la altura del estómago. Ninguno de los aserradores quiso cortar la rama debido a que se requería una labor

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de por lo menos dos horas y se dedujo que si se extraía, el muchacho moriría allí mismo, desangrado. Pedro Velásquez se apartó a cierta distancia del grupo. Al volver pidió silencio, tomó una sierra pequeña y tras cuatro pasadas cortó la rama. El hijo murió, pero en la cama, por cuanto el sitio más cercano en que los médicos habrían podido atenderlo era Montería y estaba entonces a por lo menos un día de camino.
En otra ocasión, un aserrador quedó atrapado por las piernas debajo de un árbol. El tronco era demasiado grueso para aserrarlo y sacar con vida al trabajador. Unos veinte hombres que laboraban ese día no contaron con la fuerza suficiente para levantar el árbol y sacar al compañero. También, retirándose por breves momentos del grupo, Pedro Velásquez guardó silencio y al volver, les pidió apartarse y estar prestos a sacar al herido cuando se los ordenara. Afirmó bien los pies para no resbalar, se apoyó en una de las ramas más gruesas, le metió el hombro y, aparentemente sin mucho esfuerzo, lo

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levantó y gritó para que sacaran al herido. Velásquez, una vez cumplido el esfuerzo, vomitó sangre y faltó poco para que acompañara en el último viaje al peón al que el árbol trituró las piernas.
Nuestro abuelo materno, Teófilo Angulo, al cual nos hemos referido antes, señalado por todos como poseedor de la fórmula para llamar al rey de los infiernos, murió pobre y jamás gozó ni de fortuna ni de poder.
Y uno de los casos más referidos, es el de la señora Evangelina X, que vivió toda su vida en la localidad de Caño Viejo Verija. Nos reservamos su apellido, por cuanto solo tenemos la anuencia de un biznieto, mientras que ella es hermana de una distinguida matrona que levantó un excelente hogar en la hoy capital de Córdoba, y sus hijos destacados personajes de las altas capas sociales, económicas y profesionales, y uno de ellos, figura prominente de un partido político, a nombre del cual ha ocupado importantes cargos públicos y escaños en el Parlamento. Somos convencidos de que lo que vamos a referir no incide en

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nada en la trayectoria social de la familia, pero es mejor dejar las cosas así. Doña Evangelina, mujer agraciada, formó su propio hogar, pero sin abandonar los bríos de la juventud y una permanente inquietud por adentrarse en las cosas que para los demás mortales eran incomprensibles o vedadas. Durante su larga existencia acopió y guardó oraciones de toda clase, libros de magia blanca, roja y negra, talismanes, amuletos, etc.
Un día cualquiera, alguien le facilitó la fórmula para convocar al diablo en persona y ni corta ni perezosa la puso en ejecución. Bien cara que le resultó la experiencia, pero por lo menos, de allí en adelante, fue una mujer que, si ya venía siendo diferente a las demás de Caño Viejo Verija, entonces resaltó por sí sola en toda la comarca. Obtuvo una energía inagotable para el trabajo y superaba a los hombres en la ejecución de las tareas del campo, así como en su profesión normal que era la modistería, pero no para ropa femenina, sino masculina. Se ofrecía para ayudarle a los

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cultivadores y después de cumplir a cabalidad sus tareas en el hogar, se presentaba al sembrado. Una leyenda la coloca en el arrozal de un señor de apellido Tordecilla, al cual llegó a eso de las nueve de la mañana, cuando cerca de veinte personas ya estaban, desde la seis de la mañana, cortando las espigas y formando manos, manotadas o puños, como se califican los manojos de arroz. A las dos de la tarde se impartió la orden de suspender el corte y recoger los manojos para llevarlos al sitio establecido para guardarlos y ella pidió que le proporcionaran dos muchachos para trasladar los que había cortado. Mientras los demás cortadores tenían un promedio de diez o quince puños, ella se encontraba rodeada de ciento veinte puños.
Más tarde el biznieto le preguntó cómo podía hacerlo si el más alentado de los cortadores no pasa de veinte puños al día. Ella se dirigió a una petaquilla, la abrió y sacó unos muñequitos de un tamaño no mayor de pulgada y media, de color negro con la boca roja y le dijo que se

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llamaban muñequitos boca colora, que se los había regalado el mismo Satanás y que eran ellos los que se encargaban de hacer el trabajo que les ordenara. El muchacho como que mostró dudas en el rostro, porque ella le agregó que los muñequitos realizaban los trabajos en agradecimiento por la alimentación que les daba. Para alimentarles los llevaba a las cercanías de una de las fincas, escogía las vacas más viejas o en mal estado, cuya desaparición no afectara al dueño y los muñequitos se metían por la nariz de las vacas o los novillos comiéndoles el corazón, única presa que les agradaba.
Un aspecto que también llamó la atención de los vecinos de Caño Viejo Verija, pero de manera singular cuando se acercaban las fiestas del poblado, era la rapidez con que doña Evangelina cosía pantalones. Como era la costumbre en esos tiempos, hombres y mujeres ordenaban confeccionar sus vestidos con anticipación, para estrenarlos durante las fiestas. Ella acumulaba cortes de dril y de lino y faltando dos o tres días para iniciarse las celebraciones, los cortes, en

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un mínimo de veinte, estaban arrumados al lado de la máquina y ella con la mayor tranquilidad les informaba a los interesados que se los entregaría en la fecha pactada. Y efectivamente, cuando faltaban escasas cuarenta y ocho horas para abrir los festejos, se sentaba frente a la máquina a eso de las nueve de la mañana y a las cuatro de la tarde comenzaba a entregar los pantalones sin que jamás se le hubiera presentado una queja por imperfecciones en el corte o costura.
¿Pero qué fue lo que ocurrió en la convocatoria inicial al diablo? Que doña Evangelina, una vez en su poder la fórmula, cumplió todos los requisitos, pero le costó que fuera considerada como loca por cerca de cinco años. La fórmula es la siguiente, haciendo la advertencia de que no la hemos utilizado ni la utilizaremos y que no tenemos responsabilidad de ninguna índole si algún lector la lleva a la práctica y sufre consecuencias lamentables: En el primer viernes de la primera semana de Cuaresma, se toman tres

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huevos puestos por gallinas carne prieta. Ese mismo día, el interesado va a un cruce de caminos, de manera que haya, como puntos cardinales, cuatro vías a cuatro lugares diferentes, no importa si son veredas, pueblos o sitios. Siendo las doce de la noche y establecido el centro de la cruz que forma la intersección de los caminos, se abre un hueco y se entierran los tres huevos y se tapan bien, para que no vayan a ser extraídos por animales o personas.
A las doce de la noche del viernes santo, se sacan los huevos. Una vez extraídos, debe evitarse que se le vayan a caer y romperse. Con los huevos en su poder, el interesado puede llamar al diablo con la seguridad de que habrá de concurrir al lugar en donde se encuentre y sostendrá los diálogos, diurnos o nocturnos que sean necesarios.
Si la cosa es tan sencilla ¿por qué doña Evangelina quedó como loca? Algunos, entre ellos su biznieto, piensan que pudo sufrir un ataque de pánico y se le cayó un huevo en el momento en que apareció

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Satanás y se truncó el contacto. La mujer fue encontrada como muerta en el lugar en la mañana siguiente y tras quince días de permanecer en estado de coma, recuperó el conocimiento, pero daba muestras de estar en un sitio diferente. Entre algunos de los antojos se destacó el de rogar a los amigos de la casa que le permitieran, y varios accedieron, cortar las orejas a los burros para comérselas crudas.
Preocupados el esposo y los hijos, por cuanto la condición de la mujer no variaba, aprovecharon la llegada de un médico que venía precedido de una buena fama y que se asentó por un buen tiempo en la población de Boca de la Ceiba, de apellido Talegua o Talaigua, y éste, después de observarla, dijo que la curaría y en pago solamente exigía que ella y su esposo le bautizaran a un hijo, como ocurrió en ambos casos, vinculándose la mujer, nuevamente, a la vida de la comunidad, y se inició la leyenda a raíz de sus portentos. El último de ellos fue asegurarle a su nieto Francisco Pacheco, cuando se dirigía a prestar el servicio

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militar, que en esa carrera habría de tener muchas satisfacciones y que cuando le regalaran un cristo, se lo trajera. Francisco Pacheco fue, según las leyendas en torno a doña Evangelina, un soldado valiente y después de demostrar que era el mejor en el manejo de las ametralladoras llamadas mariapalitos, por su semejanza con ese insecto, fue enviado o viajó por sí mismo, no se ha logrado establecer la forma, a la ciudad de Roma, en donde formó parte de la guardia personal del Papa de ese momento, quien le obsequió un crucifijo de plata de seis pulgadas de largo, en agradecimiento por sus servicios. Lógicamente, en cumplimiento de la solicitud que le hiciera la abuela, Francisco Pacheco llegó a Caño Viejo Verija y le regaló el cristo, bendecido por el mismo Papa, el cual ella guardó, pero cuando murió nadie supo quién se quedó con él.
En el plano internacional, encontramos una manera de convocatoria de Satanás, que difiera por ligeros detalles de la supuestamente utilizada por doña

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Evangelina. Consideramos oportuno recordar que los europeos son convencidos de que el diablo compra todo lo que le ofrezcan y por esa razón se habla hasta de vender la sombra. Varios personajes de cuentos y novelas sufren por la carencia de sombra. Pero volvamos a la convocatoria del señor de los infiernos y repetimos:
ENCRUCIJADAS. - Lugar donde se cruzan dos caminos formando cuatro sendas que se encuentran en un punto formando ángulo recto más o menos exactamente. En las encrucijadas, según se dice, se reunían con frecuencia los brujos y ponían en un poste plantado al centro sus ofrendas al demonio. Estos sitios se han tenido siempre por muy a propósito para verificar las invocaciones infernales y se miran en algunos países con supersticioso terror, sobre todo durante ciertas horas de la noche. El famoso sacrificio de la gallina negra, que hace aparecer al diablo, ha de verificarse precisamente en una encrucijada y con estricta sujeción al ceremonial incluido en el Dragón Rojo (véase nuestra

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traducción comentada. Venecia 1905). "Tornaréis una gallina negra que no haya puesto huevos jamás y que no haya sido cubierta por el gallo. Procuraréis cogerla de manera que no chille y para esto iréis a buscarla a las once de la noche cuando esté dormida. La cogeréis por el cuello con la presión suficiente para que no cacaree y saldréis a la carrera, a sitio despoblado, donde se crucen dos. caminos. Cuando suenen las doce de la noche trazaréis en la tierra un círculo con una varita de ciprés; os pondréis en el centro y partiréis la gallina en dos por medio del cuerpo, pronunciando estas palabras tres veces: "Eloim, Essaim, Frugativi et ap' eilavi". Acto seguido, os volveréis hacia oriente; os arrodillaréis diciendo una oración. Después formularéis el Gran Conjuro y entonces el Espíritu Inmundo aparecerá vestido con casaca de color escarlata galoneada de oro, chupa amarilla y calzones verde agua. Su cabeza, que simulará la de un perro con orejas de asno, estará adornada con dos cuernos; sus piernas y pies remedarán las patas del toro. Os dirá qué es lo que queréis y vosotros le pediréis

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todo lo que os venga en gana, pues nada puede negaros. De esta manera podréis convertiros en la persona más rica y, por tanto, la más dichosa del mundo entero. Conviene advertir que para hacer lo dicho, antes es necesario prepararse para ello con la práctica de actos de devoción y que nada tengáis que reprocharon en conciencia. Esto es de tal importancia que, si se desatiende, en vez de mandar como queráis al espíritu maligno, será el soberano a quien resultaréis indefectiblemente sometidos".
Si después de ver semejante vestimenta uno puede retener la risa, quizás el diablo tenga piedad por quien lo mira. Cabe agregar que nos abstenemos de copiar tanto la oración como el Gran Conjuro, para evitar que los millones de colombianos que se encuentran en la miseria absoluta, vayan a meterse en honduras. 

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LOS SECRETOS
Nuestros antecesores en estas tierras del Sinú, la Sabana y el San Jorge, y en general, las que hoy conforman los departamentos de Bolívar, Córdoba y Sucre, vivieron y viven convencidos de la existencia de fórmulas mágicas que permiten a un mortal común y corriente, adquirir extraños poderes y por ello sobresalir entre los demás. Esas fórmulas se mantienen en el más absoluto silencio y bajo un nombre genérico: El Secreto.
Tan celosamente se guardan, y ello es lo más extraño si se tiene en cuenta que en ellas no se habla de los seres infernales si no que se le pide a Dios, a los ángeles, a los santos, santas, vírgenes y demás miembros del Cielo, que sólo se entregan como herencia a un hijo o a un amigo de la mayor confianza, en los minutos finales de la existencia, cuando se llega al convencimiento de que no se nos permitirá deambular un minuto más en este mundo cruel. En más de 500 oraciones o secretos que consultamos, sólo una estaba dirigida al demonio.

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Hay secretos de secretos. El llamado "Niño en Cruz", es una manera de resaltar condiciones extraordinarias. Comúnmente se introducen en la zona denominada pulso de la mano, lo cual proporciona el don de pegar fuertemente con el puño. Al colocarse en los bíceps, duplica o triplica la fuerza y resistencia muscular, y si en las piernas, una capacidad superior e inusitada para desplazarse en caminata, trote o carrera, sin agotamiento alguno y tres o cuatro veces más que cualquier otro mortal. Si son introducidos por la vía oral, la fortaleza corporal adquiere grados sorprendentes y se afirma que ni el acero ni el plomo entran en la humanidad de quien se preserva de esta manera, y si penetran, no tocan partes ni órganos vitales y el poseedor muere de viejo, pero solo momentos después de legarlos. Una persona muy allegada, entre las muchas que consultamos, nos habló del "Niño en Cruz": "Son unas figuras de un tamaño no mayor de un centímetro, que por sus movimientos demuestran que tienen vida propia. Para que entiendas cómo son, imagínate un niño recién

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Nacido, pero de un tamaño diminuto que permanece con los brazos abiertos, como una manera de crucificado", nos dijo. Luego agregó que quien introduce los "Niños en Cruz", recibió directamente de Satanás las instrucciones, así como la oración para convocarlo al acto. "Para meter un ser tan extraño en el cuerpo de una persona, el poseedor del secreto hace un corte longitudinal en el brazo, suficiente para albergar el cuerpecito y otro corte transversal atravesando el primero, para que la criatura se mantenga con los brazos abiertos. Luego cose las dos heridas para lograr la cicatrización. De la misma manera se hace en los hombros o en las piernas, mientras que los que van dentro del cuerpo, deben ser vomitados por el poseedor en el último minuto de vida y el receptor tragárselos a medida que van saliendo, sin asco alguno".
Asegura el informante que el tenedor de las diminutas criaturas "sufre mucho a la hora de la muerte, debido a que los "Niños en Cruz" se alimentan de la sangre de quien los porta y en la medida

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en que la sangre va perdiendo olor, color, sabor y nutrientes, buscan salir del cuerpo de quien va a morir, para no morir ellos. Por esa razón, si no hay quien sepa cómo sacarlos, el poseedor debe ser acostado en el suelo, sin esteras, lonas ni ningún objeto que impida el contacto directo del cuerpo con la tierra, y así las criaturas infernales salen y se esconden en la tierra. A mí me tocó ver esto y me sorprendí al observar cómo por las venas del moribundo subían y bajaban unos pequeños bultos, tal vez buscando una salida".
El mismo pariente nos informó que en alguna oportunidad vio a los llamados "Negritos Boca Colorá", de los que se habla en otro aparte de este trabajo y afirma son los mismos conocidos como "Animes", en otros sitios de la Costa Caribe. "Son doce muñequitos que, por su tamaño, caben en una caja de fósforos. Su función es la de cooperar con el poseedor en el desarrollo de tareas grandes y agotadoras, las que ellos ejecutan con empeño. El poseedor, sin embargo, debe proveerles alimentos.

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Estos muñequitos son muy parecidos a los Niños en Cruz" y cuando tienen hambre sacan la lengua para que el poseedor sepa que es hora de suministrarles alimentos. Solamente, conforme me lo dijo a mí quien me los mostró, se alimentan del corazón de los animales grandes y de la sangre y la carne interior de los seres humanos. De allí que personas que se acuestan en buen estado de salud, amanecen enfermos o muertos. Esto sucede cuando el poseedor carece de animales con que alimentarlos y los envía hacia una persona que no le cae bien o porque han sido contratados para darle muerte o, en el peor de los casos, escogida al azar".
¿Quién suministra los Niños en Cruz, Los Animes o Negritos Boca Colorá, que son tan singulares y de tanta eficacia? Le preguntamos, y nos responde: "Satanás en persona. Recuerde que la historia señala que cuando se presentaron diferencias entre Dios, Máximo Creador del Universo, y Luz Bella, conocido después como Lucifer, que era el predilecto de Dios y con poderes

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sobrenaturales y equivalentes, se iniciaron el Bien y el Mal. Satanás se dedicó a hacer lo contrario del Creador. Los "Niños en Cruz" no son más que un remedo del que los creyentes llamamos El Divino Niño o el Dios Niño, pero a manera de negativo, una contraposición a lo que hizo Dios. Los "Animes", como en el caso de los Apóstoles que acompañaron a Jesús, el hijo de Dios en la tierra, son doce. Sus poseedores bien pueden hacer cosas buenas con ellos en beneficio propio o de otras personas, pero al final caen en el mal, porque son como el negativo de una fotografía. Lo que no puedo explicarle, porque de estas cosas me mantuve al margen, es por qué son negros". Los secretos, de más o menos significación, resultan de una elementalidad curiosa, por cuanto ellos, si bien se asegura tienen algo de diabólico, resaltan las creencias religiosas. Dios y el Diablo se confunden en ellos. Muchos, casi todos, se basan en una oración dirigida a Dios, a su divino poder, a los santos, santas y vírgenes, a

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los ángeles, por lo que uno se pregunta cómo es que tienen efecto. Prácticamente todos los personajes que mencionamos en estas páginas sobresalieron en el entorno. Seres humanos, de carne y hueso que en determinados instantes adquirían preeminencia sobre los restantes humanos. Pedro Velásquez, en Las Cruces del San Juan, por sus demostraciones de fuerza, pericia, rapidez y mayor volumen de trabajo. Manuel Vicente Almanza, por los alrededores de Puerto Escondido, por. sus singulares cualidades, y cuando una no menos extraña enfermedad lo redujo a la cama, clamaba la presencia de una amiga, la que finalmente acudió a su lado y ella viajó a Barranquilla a contactar con un brujo que viniera a sacarle los "Niños en Cruz" para que pudiera morir, debido a que ella se negó a recibirlos y tragárselos, en la medida que fueran saliendo del cuerpo del moribundo. El brujo de La Arenosa se comprometió a que sin venir a Puerto Escondido le daría muerte desde larga distancia en un plazo cuyo día y hora convinieron. Almanza murió al día siguiente del regreso de su

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amiga, lo cual fue bien recibido por los vecinos que siguieron su agonía y de qué manera se le caían pedazos de carne del cuerpo. Las enfermeras no pudieron colocarle ninguna inyección, porque la carne no permitía la entrada de la aguja y en las venas no encontraban sangre, por lo cual la medicina se devolvía por el minúsculo orificio en la misma medida en que era inoculada.
En los alrededores de Puerto Escondido vivió un hombre de nombre Manuel Wilches, al que llamaban Mane Vilches: Las versiones aseguran que tenía en su poder la misma oración de nuestra abuela Eduviges Reina Bello, que peleaba con dos y tres hombres a la vez y al que tocaba quedaba tendido sin conocimiento. Y que también debió poseer Agustín Portillo Bello, cuya fama le precedía no solo por su destreza para pelear a los puños sino por la contundencia de sus golpes. A quien tocaba había que revivirlo arrojándole agua. Agustín no le buscó jamás la pelea a otro ciudadano. No lo necesitaba, porque a donde llegaba le surgía de inmediato un retador. Mane

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Vilches como que poseyó además otro secreto: El de poder dejar ciegos y sordos a los miembros de la autoridad. Lo perseguían y tranquilamente se metía entre los policías, entraba al lugar donde pasar la noche y por la mañana salía, sin que lo vieran, de manera tal que parecía invisible. Se nos informó que, para esconderse de la policía, para que ésta no pueda localizar a quien busca, el perseguido que posee el secreto de la Santa Camisa lo reza y no hay autoridad que lo encuentre. Otro aspecto interesante de este hombre fue el de rezar las manos de los niños, que después desataban el más fuerte y complicado nudo con que les amarraran las manos, cualidad que no perdían sino a la hora de la muerte.
En lo que corresponde a Agustín Portillo Bello, podemos afirmar que se trató de un hombre joven a quien se le reconoció su fuerte pegada. Nativo de Severá, murió asesinado en una zona rural cercana a Valledupar, a donde viajó para adelantar, en la época de la bonanza marimbera, un cultivo de marihuana, en

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sociedad con un ciudadano del interior del país radicado en aquellos territorios. Su capacidad de trabajo y su buena suerte fueron la causa de su muerte, la que le propinó el socio, sobre seguro y alevemente, mientras dormía, para no entregarle la gruesa suma de dinero que le correspondía en el éxito del negocio. Como si se tratara de la serie de televisión Higlanders que se refiere a la leyenda escocesa de Los Inmortales, que sólo mueren cuando se les decapita, el socio aprovechó que Agustín dormía para cercenarle la cabeza. Alrededor de este asesinato se rumora insistentemente que el asesino se sobresalta a cualquier hora del día o de la noche, porque escucha la voz del muerto que le dice: "Vas a morir lo mismo que yo. Tienes que pagar mi muerte".
La vieja María Ifigenia, igualmente de los alrededores de Puerto Escondido y el viejo Pedro J. Salas Mercado, en Caño Viejo Verija, poseyeron un mismo secreto. Por eso fueron vistos cruzar quebradas, riachuelos, caños y ríos crecidos, como quien camina por tierra

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firme, sin mojar la suela de sus zapatos o abarcas. María Ifigenia, además, se internaba por los inmensos potreros de Lorica sin dedicarle atención a las manadas de toros bravos, porque eran los animales los que la ignoraban. Toradas de Esteban Vargas, de Milad Barguil, de Federico Cabrera y otros terratenientes y ganaderos del Bajo Sinú, que las mantenían por esas tierras para luego enviarlas a las corralejas durante las fiestas, manadas que constituían verdadero peligro porque atacaban a todo ser humano que veían.
Algunos creen que la oración a San Cristóbal es la que permite caminar sobre las aguas, pero no logramos conseguirla. Además, mal podríamos repetirla, porque si no es esa la oración, después van a achacarnos la muerte de quien o quienes se ahoguen creyendo en cuentos de velorio. Nuestro abuelo materno, Teófilo Angulo de Hoyos, tuvo en su poder la oración o secreto para convocar al diablo. Nuestro bisabuelo materno, José Isabel Bello, el secreto de San Bartolomé, para atajar,

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espantar o amainar los vendavales y como si fuera poco, espantaba las culebras y los peligros a su paso y con una simple penca de majagua colorada, una rama o un pedazo de cuerda, creaba una peligrosa serpiente.
El señor Martín Noriega, del caserío de La Boca de la Ceiba, guardó con el mayor celo el secreto que le permitía contactarse con los más tenebrosos espantos y los obligaba a cambiar de rumbo para evitarles peligros a sus amigos, como en el caso de El Gritón.
Un hermano medio de nuestro padre, Pedro Nel Martínez Cuadrado y el señor Francisco Tordecillas, desaparecían detrás de un palo de escoba. ¿Poseerían el secreto de la Santa Camisa? El viejo Pedro Movilla del Castillo poseyó el secreto para arreglar luxaciones. Su esposa, Neris, el de matar gusaneras, con una potencia tal, que media hora después de aplicado, los gusanos caían muertos a montones. También tenía el secreto para alejar los espantos. Se asegura que, si quien reza el secreto contra los gusanos,

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pasa sus dedos inmediatamente por la oreja de otra persona, la deja sorda para el resto de su vida. El secreto u oración a la Virgen del Carmen para evitar a la mujer los dolores del parto, le debe ser suministrado por un hombre, por cuanto de mujer a mujer pierde los efectos. Quien nos habló de este secreto tan benéfico, se negó a suministrárnoslo alegando que como cambió de religión ya no cree en ella y no puede seguir transmitiéndola. Cabe anotar que esta mujer parió quince hijos y jamás sintió un dolor en el momento culminante. De otra fuente, nos llegó el texto siguiente, que parece ser el mismo: "Virgen María, que apareciste en el Monte Carmelo, tú que trajiste al mundo al hijo de Dios y no sufriste dolores, acompáñame en este trance. Virgen del Carmen, bendita entre las mujeres, evítame los dolores para poder entregar al mundo el fruto de mis entrañas. Dame tu bendición, Madre Mía".
Para el mal de ojo, aojo o jettatura, como le llaman en Europa, se registran más de veinte formas distintas del secreto para

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combatirlo. A este respecto, hay también diversidad de criterios. Las clases más humildes e iletradas de la sociedad lo aceptan sin discusiones, mientras que en las clases altas y las más ilustradas, lo rechazan de plano. En un estudio al respecto, se dice:
"Colocado este asunto en el terreno de la crítica más desapasionada y rigurosa toda vez que se habla de hechos bien comprobados y perfectamente decisivos respecto de la posibilidad de la Jettatura, podría admitirse el fenómeno si se prueba: 1°) el poder especial de la mirada; 2°) el poder proyectante de la voluntad; 3° el influjo de la sugestión".
No sabe uno a qué atenerse. Lo cierto es que nuestras experiencias nos muestran un camino diferente y bien directo hacia el sentido de creer el asunto. Uno de los primeros pediatras de Montería, cuyo nombre omitimos, recién llegó de Paris en donde se especializó en Pediatría en la Universidad de La Sorbona, se enfrentó al caso de un niño que se depauperaba lenta pero irrefrenablemente y al cual no

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le encontraba mal alguno. Pese a que los padres del menor, parientes del médico, le señalaban la posibilidad de un mal de ojo, el pediatra los insultaba por creer en brujerías y cosas sin sentido. Por más de seis meses luchó con todos los recursos y el niño murió. Al enfrentarse a un nuevo caso y repetirse los síntomas, el pediatra aconsejó a los padres llevarlo mejor a donde un brujo para que lo rezara, porque científicamente el niño no presentaba ningún síntoma de enfermedad. Así lo hicieron y el niño se recuperó de un momento a otro.
Un segundo hecho que nos llamó, a pesar de ser niños entonces, la atención y lo registramos en la memoria desde ese momento, es el que ocurrió en una residencia del barrio Montería Moderna. Dos niñas, primas entre sí, nacieron con un día de diferencia. La una de piel blanca. La otra de piel negra. Ambas robustas y sin enfermedad alguna. Por vivir en la misma casa, las acostaban una junto a la otra, lo cual era de la admiración de la vecindad. En el patio de la casa estaban dos árboles

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bastante raros y desconocidos entonces en la población. El uno, un tipo de guayaba sumamente grande, olorosa, supremamente dulce, que aparentemente había sido traído de la India. El otro, europeo, tenía la peculiaridad de cambiar de color de acuerdo con las estaciones climáticas de donde provenía. Por ello, unas veces las hojas eran blancas, otras verdes, luego rojas y después amarillas.
En el momento en que nacieron las niñas, el árbol parecía un gran copo de algodón: blanco por todos lados, de una blancura resplandeciente. Y fueron estos árboles los que salvaron a las niñas, de la mirada hechicera de una parienta lejana. La mujer llegó a visitar a las niñas y quedó encantada con ellas, pero el blanco del árbol y el penetrante olor de las guayabas, le hicieron cambiar de dirección en la mirada. Se dirigió al patio y reparó ambos árboles expresando a gritos su admiración por la rareza de ambos.
Una media hora después de despedirse la parienta, comenzaron las convulsiones de ambas recién nacidas.

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Favorablemente alguien se acordó de la fuerte mirada de la visitante y corrieron a buscar un rezandero, que se vio en apuros para mitigar la fiebre de las menores. Bultos de cogollos frescos de matarratón, buscamos los niños por los potreros vecinos, los cuales quedaban como quemados sólo con pasarlos por la cabeza de las niñas, que se salvaron al cabo de tres intensos días de rezos y de cogollos marchitados. Pero no los árboles, los cuales amanecieron al día siguiente de la visita quemados desde la raíz hasta lo más alto de las copas, tal como quedan los palos de coco cuando les cae encima una centella. Bastó un pequeño empujón para que se vinieran al suelo destruidos interiormente.
Indudablemente hubo un poder especial en la mirada, pero no intención en la proyección de esta, ni mucho menos un influjo en la sugestión.
Pasando a otras cosas, encontramos elementos de la naturaleza a los que se atribuyen poderes especiales. Ejemplo: El pájaro Macuá, los tres gusanos de la

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buena suerte y la flor del higuerón. Luego de largas y extenuantes búsquedas, alcanzamos a obtener del médico Omar González Anaya, referencias del primero y de la última. Parecen fábulas, pero como aseguramos al principio, se encuentran profundamente arraigados en la mente desde nuestros tatarabuelos y difícilmente podría suprimírseles a la luz de las realidades del mundo moderno. Y pensamos que tal vez la simpleza en el texto de los secretos, por una parte y las intrigantes e irrealizables tareas para obtenerlos, por la otra, fueron razones para que penetraran tan hondamente en la creencia popular y se les aceptara sin discusiones.
Conforme a las creencias, la flor del higuerón, un árbol del que también se usa como vermífugo el líquido blanco que emana, proporciona con su aroma, entre otras cosas, el poder de dominar a las mujeres y convertirlas en amantes de quien la posee. Se trata de una flor de pétalos blancos y medianos tanto en el largo como en el ancho, veteados de un amarillo como de yema de huevo, que le
 
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dan una hermosura pocas veces vista en una flor común y corriente", y de un aroma seductor. De la obra inédita "Los Cuentos de mi Abuelo", de la autoría del médico Omar González Anaya, y con su anuencia, extractamos uno que se refiere a un hombre que no conseguía mujer, por la sencilla razón de que como no se bañaba, expelía a su alrededor un fétido olor. Lo pertinente, dice: "La vieja Candé le dijo: "Pa mi eso no es trabajo. ¿Tú quieres conseguí mujé? Óyeme bien lo que vas a hacer. El Viernes Santo, antes de las doce de la noche, debes coger una sábana blanca y limpia, te vas a la montaña, antes de las doce, la colocas debajo de un palo de higuerón, sin ninguna clase de arrugas y te escondes en un mogote, casi sin respirá, pa'que el espíritu de ese árbol no te sienta, y pueda entonces florecer a su gusto. Hecho lo anterior espera que sean las doce de la noche y cuando oigas tan tan tan... las doce de la noche vas a oír un silencio grande, vas a ver el palo de higuerón que se regodea, porque va a florecer y las estrellas que están encimita del árbol parece que bajaran en el

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momento del florecimiento. Oirás un pujío y verás que de la rama más alta cae una hermosa y perfumada flor. En el momento que se caiga tú sales corriendo, arropas la flor con la sábana blanca y patas para qué las tienes. No puedes mirar pa'tras. Tú corre, corre y oirás una voz ronca que sale de la montaña y te preguntará: ¿Para qué la quieres? Tu gritarás: La quiero pa'enamorá. Y no dejes de correr hasta llegar a tu casa. Como la flor del higuerón es muy olorosa, te perfumará toda la sábana. Entonces tú con unas tijeras vas a ir cortando pañuelitos de esa sábana. Ya con el pañuelo perfumado le das en la cara a la mujé que te guste".
Así de sencillo, el personaje se quitó el mal olor por no bañarse y comenzó a gozar del amor de las mujeres. ¡Qué aroma! Lo que pagarían las fábricas de perfumes de Francia por la esencia de una docena de flores de higuerón. Lo grave de este asunto, es que la tal flor apenas concede un deseo, que es el que se expresa a gritos en el momento de huir del lado del árbol que acaba de parirla.

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De la misma obra del médico González Anaya, conocimos una versión de los poderes del Pájaro Macuá. La de conquistar con su olor a las mujeres. Tenemos otras versiones sobre las propiedades del ave, que señalan que se deja secar al sol y se mete en las ollas de la chicha, en las del sancocho, se esparce sobre la masa del pan, y, en fin, que produce un deseo intenso de acabar con todos los comestibles untados con el ave. González Anaya también asegura que hay una oración para el Pájaro Macuá, pero no transcribe el texto. Sobre el ave agrega: "Ese es un pájaro chiquito como un picaflor. Hace el nido en los volaos de las montañas. El preparado hay que hacerlo así: Un picaflor muerto, unas flores, unas palabras, perfume y ¡Listo! Está la cosa apta para echarle al pañuelo y pasárselo por la nariz a la muchacha, que ella viene detrás del hombre llorando para que se la “lleve". La llamada Aguja del Muerto, parece más un acto sádico, de excesiva crueldad, que un sortilegio. El interesado en poseerla debe encontrarse al lado de una persona

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que está para morir, preferiblemente un hombre, y al determinar que falta muy poco para el deceso, se toma la aguja y se mete profundamente en el talón del agónico, la cual se retira inmediatamente haya muerto. La envuelve en un pañuelo blanco y la guarda, sacándola solamente en el momento en que la va a usar. Semejante a la flor del higuerón, la aguja del muerto tiene como fin principal atraer a las mujeres, o a los hombres si es mujer la poseedora, y cuando se está cerca del ser deseado, se hacen con ella figuras en el aire como si se estuviera cosiendo sobre una tela, lográndose así un estrecho vínculo amoroso que se desata lo mismo que se hizo.
Las referencias a los tres gusanos de la buena suerte son escasas y el proceso para obtenerlos mucho más complicado que los anteriores. Para ello se sigue pacientemente a una mariposa para establecer, al introducirse en sitios intrincados y llenos de espinas, de qué flor liba el néctar por más tiempo y cantidad, a fin de no tener que perseguir a las mariposas siguientes. Después se

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mantiene el seguimiento para detectar sobre qué otra flor evacua el contenido de sus intestinos por tres ocasiones y ver cómo el detritus se va tornando inmediatamente en tres gusanos, los que se toman y se guardan en una cajita. El trabajo de estos gusanos es coronar con éxito toda actividad de negocios de su poseedor. Nuestro informante nos aseguró que treinta años atrás, cada gusano se vendía a un precio de cien mil pesos, y que hoy deben cotizarse en unos cien millones de pesos. Estos gusanos se exportan a los Estados Unidos de América, en donde tienen una gran demanda por individuos dedicados a las actividades comerciales y financieras, pero ignoramos si Proexpo, el Ministerio de Comercio Exterior y la DIAN tienen información sobre el particular.
En el tema de los gusanos hay así mismo mucha tela que cortar. Una humilde planta jardinera, conocida con el nombre de "Tres V" produce un gusano microscópico, que juran y perjuran nuestros informantes, es de buena suerte.

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Quien ponga la atención debida, podrá hacerse a un gusanillo de este tipo con la absoluta certeza, continúan aseverando los de los informes, que habrá de recibir favores benéficos y productivos de las fuerzas incomprensibles que rigen el destino de los humanos.
En los jardines de una gran cantidad de residencias costeñas, aparece una planta de hojas menuditas, a la que, quién sabe por qué se le llama La Millonaria. Pues bien, nos enteramos de que el nombre deriva de sus raros poderes. Al momento de sembrarse, se la bautiza con el nombre de una persona que posea bastantes bienes de fortuna. Posteriormente, al regarla, se le reza un Padre Nuestro y ella, en agradecimiento, proporcionará a su dueño suficientes medios económicos para sobresalir en la sociedad.
Para no dejar en el aire estas notas, he aquí algunos secretos, filtros y sortilegios de la cosecha nacional e internacional: Para aplacar a las chismosas, contrarrestar los insultos indirectos, embobar a quienes nos buscan pelea,

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para que la vecina no se burle de nuestra compañera ni la haga blanco de chismes y consejas, y, en fin, para obtener lo que se desea, y que por su brevedad es fácil de memorizar y repetir en el instante requerido: "Bendigo el bien en estas circunstancias Y deseo tenerlo ya. Gracias Señor por escucharme". Para conseguir que la persona hombre o mujer que es de nuestra predilección y que añoramos sea nuestra compañía en asuntos del amor (¡Quién sabe si no es éste el secreto para enamorar que nos suministró Gerardo y del cual hablamos en otra nota!) y en general para que piensen constantemente en uno, se procede a rezar la siguiente oración con la mayor fe y con disposición dirigida a lograr mentalmente el contacto con la persona amada: "Muerte querida Muerte de mi corazón, No me desampares ni me dejes sin tu protección Y no me dejes a (fulana/o) descansar. Moléstala/o a cada momento;

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Mortifícala/o, intranquilízala/o Para que siempre piense en mí". Nota: Inmediatamente se rezan tres Padre Nuestro. La oración del tabaco es así misma efectiva tanto para los amores como para obtener dinero. Pero por razones especiales, ni ésta ni la de la Santa Camisa podemos repetirlas en estas páginas. El secreto para salir de los malos ratos por los que atravesamos en determinadas ocasiones de la vida es de comprobada eficacia, según la persona que nos lo suministró, pero no debe el tenedor sobrepasarse en el uso porque podría acarrearle consecuencias funestas. Se debe rezar con la mayor devoción. Dice: "¡Oh! dulcísima paloma ¿Qué haces en esa plataforma? Adorando los Santos Sacramentos De las Tres Divinas Personas. Jesucristo anda conmigo, él delante, Y yo, detrás de él. María Santísima me acompaña Y me libra de las malas horas. Amén". Inmediatamente debe santiguarse por

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tres veces, diciendo: Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo. El "coco" de los secretos, sin embargo, es la Oración del Gran Poder. Una persona de avanzada edad nos lo suministró, pero al enterarse que era para publicarlo en un libro, nos rogó no hacerlo, porque no quería sufrir el castigo para quien la entrega a más de una persona, como lo prometió bajo juramento a quien a ella se lo entregó décadas atrás. "Si después que yo me muera la publicas, atente a lo que se te viene encima. No olvides que te previne. Estas no son cosas que puedan estar en manos de todos los que lean tu libro", nos aconsejó. En respeto a ese deseo, no lo transcribimos, pero es bueno señalar que sirve para asegurar un viaje feliz, para evitar peligros, para enfrentarse incluso a las fuerzas infernales, y lo más importante, para vivir una larga vida y al término de ella, aún enfermos, ser felices. Hay sortilegios y fórmulas, que como las que siguen, se publican sólo a manera de ilustración. Son de carácter internacional, por cierto: "Contra el dolor de muelas: Santa

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Apolina que está sentada sobre esta piedra. Santa Apolina, ¿qué hacéis ahí? Aquí me trae mi dolor de muelas. Si es un gusano se quitará; si es una gota se irá". Conviene transcribir la opinión de un tratadista de cuestiones mágicas, relacionada con la simpleza de las oraciones: "...hay que respetar las formas ritualísticas de las mágicas oraciones, conservando con respeto sus términos obscuros, y a veces antigramaticales e incomprensibles, sus voces extrañas no pertenecientes a ningún idioma conocido, sus latines monstruosos, sus hebraísmos inadmisibles. No cambiéis ni una letra en la tradicional estructura de la mágica oración".
"Contra el trueno. Santa Bárbara, Santa Flor, la verdadera cruz de Nuestro Señor. Donde quiera que esta oración se diga el rayo no caerá". "Contra las heridas. Dios me bendice y me cura a mí, pobre criatura, de toda especie de herida, de cualquier clase que sea, para honra de Dios y de la Virgen María y del señor San Cosme y el señor

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San Damián. Amén".
"Contra las enfermedades de los ojos. El señor San Juan pasando por aquí encontró a tres vírgenes en su camino y dijoles: - Vírgenes, ¿qué hacéis ahí? Estamos curando. - ¡oh! Curad vírgenes, curad este ojo".
"Para contener las hemorragias nasales. Jesucristo ha nacido en Betheléem y ha padecido en Jerusalén. Su sangre se ha turbado, yo lo digo y te mando sangre que te detengas, por el poder de Dios, por la ayuda de San Fiacro y de todos los santos, lo propio que el Jordán, en el que San Juan Bautista bautizó a Nuestro Señor, se detuvo. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén". Ni qué decir, tomados también de importantes obras escritas en diferentes países y distintas épocas, de los filtros de amor. En este aspecto, los publicamos como una muestra, porque preferimos las oraciones o secretos nuestros, por la sencillez. He aquí algunos: "Tomad un sapo vivo un viernes, antes de

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la salida del sol, a la hora de Venus y sujetadlo por las dos patas traseras en vuestra chimenea, y cuando esté bien seco le reduciréis a polvo en un mortero y le envolveréis en una hoja de papel; ponedle entonces bajo un altar y por detrás, durante tres días, e iréis a retirarlo el tercer día a la misma hora. Observad que es preciso que se diga misa sobre este altar, y cuando hayáis retirado la composición, echadla sobre una flor, y tantas muchachas o mujeres como queráis os seguirán por todas partes".
Esto demuestra que carece de fundamento la afirmación muy costeña de que alguien "no vale tres cueros de sapo seco". Pero mucho ojo. Se corre el riesgo de ser acusado por el sacerdote de sacrilegio.
El Kama Sutra recomienda un ungüento que se compone nada más ni nada menos que de coronaria tubernamenta, el costus speciosus o arábicus y la calaphacta flacourtia. Se unta por todo el cuerpo dándole a quien lo usa un aspecto agradable y simpático.
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No nos encontramos en capacidad de averiguar cuáles son esas plantas, y de hacerlo, tampoco lo diríamos. Ya en este país hay suficientes "hombres" que se mueren de lo lindo, como para atormentarlos con la búsqueda de los brebajes que con ellas se preparan. "Arrancaos tres pelos de las partes secretas y tres del sobaco izquierdo, quernadlos sobre una badila caliente, y cuando estén quemados, reducidlos a polvo y colocadlos en un pedazo de pan que daréis a comer a la muchacha o mujer de tus anhelos. Estad seguros que no os abandonará".
Para los que sufren del mal de lujosas cornamentas colgadas por sus compañeras, he aquí la siguiente fórmula para evitarlo: "Tomad el extremo del órgano genital de un lobo, el pelo de sus ojos, los que en la cola tienen forma de barba, reducidlos a polvo por calcinación y hacedlos tomar a la mujer sin que ella lo sepa: ella será fiel".
En una época como la que estamos

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viviendo, en la que "colgar cachos" ya no molesta a nadie, en la que los Otelos han prácticamente desaparecido del panorama, en la que se promueve el "amor libre", el "triángulo francés o emparedado" y el compartir e intercambiar parejas, nos parece de una ridiculez total la recomendación anterior. Además, nos preguntamos: ¿cómo quedará el que se enfrente a un lobo para quitarle pelos y caparlo?
En los límites de la región que analizamos hay un medio más sencillo y menos peligroso para la fidelidad. Rezar el Padre Nuestro chiquito. Lamentablemente en nuestro trabajo solamente localizamos a dos personas ancianas que poseen este secreto y no nos fue posible convencerlas para que nos lo proporcionaran. Nos dedicamos entonces a tratar de deducir en que consiste lo "chiquito" pero tiramos la toalla. Y con el mismo argumento ya señalado, de la "libertad individual" para uno hacer lo que le venga en gana, abandonamos la búsqueda, por estar seguros de que muy pocos estiman ya la

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fidelidad como un pilar para la existencia del hogar.
La baronesa Karen Blixen, de la nobleza de Dinamarca y gran escritora de ese país nórdico, recuerda en el cuento "Cena en Elsinore" que los campesinos de su país tienen una oración para los solteros, que nos parece adecuada en este momento. Dice: "Os suplico, Señor, que nunca sea atrapado por los lazos matrimoniales. Y si algún día cayera en ellos, concédeme que nunca me convierta en cornudo. Y si soy víctima de esa desgracia, que yo no me entere de ella. Si, finalmente, llegara la noticia a mis oídos, concededme, Señor, que no lo tome en cuenta, que no entristezca mi alma". Como se puede colegir, para todo hay una oración apropiada. Lo que ocurre en estos tiempos es que las hemos olvidado por culpa de pasar el día frente a un receptor de televisión.
Hay un número respetable de oraciones, secretos, sortilegios, artilugios y brebajes para conseguir el amor o para

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fortalecer la capacidad viril. Incluso, se dan numerosas recetas por las que se cobraban algunas sumas antes de la aparición del viagra.
Se nos viene a la memoria la fórmula del doctor P., un músico monteriano, repetida por un "curioso" sincelejano, tendiente a revivir en hombres viejos, o de la tercera edad como se les dice hoy, los bríos de tiempos idos: Se compra un mollo culo azul, preferiblemente en La Doctrina o San Sebastián, corregimientos del municipio de Lorica en los que se hacen los mejores objetos de barro cocido. Se pone al fogón con agua y se introducen dos pencas de corteza de guásimo, verdes, una panela de las que hacen en Ciénaga de Oro, de otro lugar no sirve una onza de pimienta picante molida y una docena de uvitas criollas de las que se usan como pegantes. Todo se deja hervir por tres horas a fuego lento, luego se deja enfriar y se envasa en un recipiente de vidrio claro, grueso, y se pone a sol y sereno por el lapso de veinte días. Pasado este lapso, se toma el interesado una copita del líquido, en ayunas, durante un

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mes. Cuando sienta restablecida en su totalidad la virilidad que se había perdido se pasa entonces a una copita semanal.
En Montería, primero, y en Sincelejo después, dos conocidos conductores de servicio público sobrepasaron la dosis y murieron. El de la capital de Córdoba conducía un campero taxi, cuando éstos imperaban por la falta de automóviles y el de la capital de Sucre, un viejo auto de los que llamaban chevrolata. El primero se tomó, antes que una copita, medio vaso, y el segundo un vaso, acuciados por la necesidad de citas amorosas. Y ambos sufrieron, después de muertos, un mismo proceso: les cercenaron los
miembros viriles porque no dejaban tapar los ataúdes.
Entre la familia satánica, también hay un demonio dedicado a estos menesteres de la conquista amorosa de hombres y mujeres. En Las Clavículas de Salomón se afirma que tal demonio es Brulefer, al que hay que convocar para llegar al ser que se quiere enamorar y conquistar.

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Pero para no hacer tan desagradable el final de esta parte del trabajo, encontramos dos oraciones sumamente bellas. Una es el Credo Espiritista, pero su extensión nos impide transcribirlo en su totalidad, por lo que nos limitamos a una de sus partes, que es del siguiente tenor: "Creo firmemente en la Ley del Amor, por la cual todos los hombres se elevan y se purifican, y tengo la certeza firme de que, siendo el mal la desgracia, no habrá más que dichosos en la Tierra cuando desaparezcan los malos. Ser bueno es querer a sus hermanos en humanidad y amar a sus hermanos es amaros".
La otra, un Acróstico antiguo a María Auxiliadora, aparentemente dictado al espíritu de una monja por San Juan Evangelista.
En el monasterio de San Pedro de Lyón, Francia, en el Siglo XVI, se encontraba una monja, Sor Alis de Telieux, que repentinamente cambió de modo de ser y se involucró en una serie de escándalos internos, hasta que se fugó y comenzó a

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deambular por las poblaciones vecinas, llevando una vida muy desordenada. Sor Alis murió llena de llagas y otras enfermedades, en un oscuro y olvidado callejón de uno de los arrabales de Lyón. Sor Antonia, una monja joven, se condolió de la vida depravada que llevaba Sor Alis y en sus oraciones, se dedicó a suplicar el perdón para la oveja descarriada. Y se produjo el fenómeno de que Sor Alis comenzó a manifestarse en donde estaba Sor Antonia. Fue tanta la insistencia del espíritu, que la comunidad religiosa, con la Abadesa a la cabeza, fueron testigos de acciones extrañas en el monasterio y mediante señales lograron establecer un diálogo en el que la fugitiva expresaba sus arrepentimientos y les pedía rezar por ella y oficiar misas por su salvación. Muchos meses después, Sor Alis indicó que su alma había pasado de vagar sin rumbo al Purgatorio, en donde esperaba encontrar el perdón total. Y entregó el texto del acróstico a María Auxiliadora, que es el que sigue:
Mediadora entre Dios y los hombres,
 fuente viva de la que salen continuamente arroyos de gracia,

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¡Oh
¡María! Auxiliadora de todos
 y fuente de la eterna paz,
¡Oh María! Reparadora de los débiles
 y medicina eficacísima del alma herida,
 ¡Oh María! Iluminadora de los pecadores,
 llama de salud y de gracia,
¡Oh María! Alivio de los desgraciados oprimidos,
 tú eres la que acabas nuestros males,
¡Oh María!
Según el espíritu de Sor Alis de Telieux, esta oración es sumamente importante, por cuanto rezarla con frecuencia, especialmente cuando estamos enfermos, evita que nuestra alma, si morimos, vaya al infierno. De acuerdo con la devoción que se le ponga, puede servir para muchas otras cosas.

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LOS INEXPLICABLES
Acumulamos cantidad de cosas curiosas, que dejamos para esta parte porque no encajan entre las otras o porque sencillamente son tan especiales, que carecen de explicación. Con ello resaltamos que la tierra costeña posee, en esta materia, sus propios mitos y leyendas. Elegimos las siguientes: En la localidad de Caracol, municipio de Toluviejo, varias personas vieron un ente bastante extraño. Nadie fue atacado por él, que se limitaba a mover unos pequeños brazos y manos, como en ademán amistoso de invitación para que se le acercaran. En gran síntesis, es una especie de bola de carne, negra, en la que se confunden cabeza, ojos, orejas, nariz, boca, brazos y manos. Ninguno de los testigos alcanzó a determinar si tenía piernas. El detalle que resaltar es que los ojos, de un azul intenso, y los brazos están a un lado de la boca. Con esos brazos y manos, diminutos, hace ademanes de invitación para que se le acerquen, lo que no ha ocurrido por cuanto los testigos pierden el sentido 

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0 enmudecen, estupefactos, por cerca de cuatro horas.
Igualmente, en Caracol, una lámpara sale a eso de las ocho de la noche y deambula alrededor de dos horas llenando de miedo a quienes la ven. Algunos osados que pensaron en una jugarreta y trataron de sorprender a quien asustaba, se extrañaron al establecer que la lámpara, cuya figura es similar a la del rallador de coco que se usa en las cocinas costeñas, va sin soporte alguno, flotando en la oscuridad. Se cree que es un encanto, pero ninguno se atreve a seguirla para verificarlo.
En varias veredas del municipio de Chinú, se habla de la "luz ambulante", pero difiere de la anterior, en el sentido de que la luz no va sobre ningún objeto. Flota solitaria de un lugar a otro. Quienes se atrevieron en el pasado a dirigir el rayo de luz de sus linternas hacia la luz, sufrieron unos de fuertes choques eléctricos y otros la sorpresa de ver cómo la luz ambulante atraía la de la linterna, llevándosela como si se tratara de un

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objeto, quedando la linterna inservible. En la vía de Carbonero a la Villa de San Benito, se afirma que la luz ambulante no soporta la de una vela, por lo que, al enfrentársela, desaparece de inmediato.
El río San Jorge, fue en una época escenario de sustos de magnitud para los pescadores nocturnos, sorprendidos al escuchar desde la distancia una especie de chasquidos de cosas duras que fueran dentro de un saco. Muchos pescadores miraron aterrorizados a una figura de gran altura, tanta que coloca un pie en una de las orillas del río y pone el otro en la otra orilla, lo que le permite pasar el río como quien pasa por encima de una cuneta de agua. La figura es completamente descarnada. Es decir, es un esqueleto, al cual precisamente llaman El Zancajo de la Noche. El ruido que hace al desplazarse se debe al entrechocar de sus propios huesos. Es auténtico y absoluto de la zona, por cuanto no hay registros de su aparición en otros lugares.
Los conductores de canoas con motor

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fuera de borda, llamados "Jhonson" por haber sido de esta marca los primeros utilizados en los ríos Sinú y San Jorge, que cumplen su trabajo de transporte de pasajeros y mercancías desde Montelíbano hasta las cabeceras del San Jorge, ya no se sorprenden de la aparición de un niño de unos diez años sobre la patilla delantera de la embarcación que avanza rompiendo las aguas. No mira a ningún lado y juega con el agua que salta del río. No responde preguntas, no se conmueve con los gritos ni con las amenazas. Parece que de un momento a otro la punta de la canoa fuera en una dimensión diferente al resto y el niño desaparece de la misma manera en que se presenta. Su permanencia es de pocos minutos, tres o cuatro. También en la región del San Jorge, pero en la zona de los municipios de San Marcos, Caimito y La Unión, la aparición es más larga. Los viajeros solitarios escuchan a la distancia el grito de los vaqueros, el bramar de las reses y el golpe de las pezuñas sobre la tierra. Un viaje de ganado avanza hacia el sitio en que se encuentra el viajero, que recurre a

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protegerse para no ser atropellado en la oscuridad de la noche. Son cientos de reses y más de diez los vaqueros que las conducen, vaqueros que no saludan y parecen no ver al que encuentran. Más de diez ciudadanos testifican haber encontrado el viaje de ganado, pero que al llegar a la primera casa que encuentran al paso, preguntan qué ganadero es el dueño del viaje y la respuesta es la misma: Ningún viaje de ganado ha pasado por ese camino.
En San Marcos, frente a la casa de doña Ignacia Sánchez, esposa de don Abraham Guerra, en donde hoy funciona el Súper mercado Cristalima, salía un espanto llamado "La Sombrerona". Se trataba de una mujer vieja, con un sombrero grande que en medio de la oscuridad nocturna salía al paso de los que por allí transitaban diciéndoles: Si corres, te lo pongo, y si no también. Como es de lógica, nadie esperaba que le calaran el sombrero, por lo que jamás pudo establecerse si se trataba de una mujer de la población que, con un balay entre manos, asustaba a todos, o si en

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verdad era un engendro diabólico.
Varios testigos se han visto sorprendidos a la medianoche con una luz tan resplandeciente, que parece que el sol hubiera salido para alumbrarles el camino. Este fenómeno lo han reportado en distintas ocasiones en los últimos treinta años, personas, algunas de las cuales aún viven, que se dirigen de o hacia la localidad de Severa. La claridad se interrumpe cuando los caminantes se aproximan a una de las poblaciones de la zona. Cerca de Las Piedras, en Toluviejo, un grupo de hombres acostumbraba a pescar por las noches en una poza que estaba cerca del lugar que llaman la Paja de Pacho. Una noche observaron a un lado del camino una "bola" de monte que no habían visto antes, porque cuando salían a sus faenas del campo también pasaban por allí de día. A la mañana siguiente, no había nada. El fenómeno se repitió en varias ocasiones, hasta que alguien dijo que se trataba de un "encanto" y que allí debería encontrarse un tesoro, pero nadie se midió al reto. Uno de ellos,

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de apellido Marrugo, reconocido por ser hombre de temple, pasó solitario y vio la bola de monte, desde la cual una voz sepulcral le dijo: Tengo aquí escondido un tesoro. ¿Lo quieres? Marrugo le preguntó que cuándo y cómo se lo daría y la voz respondió: Mañana a las doce de la noche, ven y te digo dónde tienes que cavar para sacarlo. La noche siguiente Marrugo fue, no a las doce sino antes y comenzó su tarea, sin recibir indicaciones, hasta que tropezó con un barrilito lleno de oro que lo convirtió en hombre rico y por ello se fue a vivir a otro lugar. Se asegura que, si hubiera esperado las indicaciones, habría encontrado mucho más.
En la propia población de Toluviejo, sus habitantes se preguntan qué fue lo que ocurrió. Un día cualquiera un vigoroso árbol de campano, sin viento alguno, se vino a tierra, dejando sus raíces a la vista de todos. Se pensó que de pronto lo hubieran envenenado, pero no se encontraron rasgos. La sorpresa general se produce cuando el árbol comienza por sí sólo a levantarse. Poco a poco, día tras

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día, va irguiéndose y vuelve a su antiguo estado. Quince o veinte años más tarde, continúa dándole sombra a los alrededores con su frondosa ramazón a un lado de la tradicional cueva del municipio. Cueva de la que unos "gringos", como se califica a todo extranjero que llega por allí, extrajeron un objeto como de vidrio y en forma de barca antigua y se fueron del lugar al día siguiente para no volver. Don Alejandro García Ordosgoitia, que conjuntamente con Salomón Urzola y otros pretendieron alguna vez desentrañar los misterios de las cuevas, tanto de Toluviejo como de Coloso, fue testigo de este caso y nos refirió que pese a las diligencias adelantadas ante las autoridades de entonces, no fue posible detener a los extranjeros para verificar qué y de qué era el objeto extraído de la cueva, ni su valor, como para que quienes habían estado por más de seis meses hurgando las entrañas terrestres, se fueran precipitadamente.
Los manteros, esos hombres que arriesgan sus vidas en las corralejas

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lidiando toros bravos, mantienen una serie de agüeros y de mitos sobre los toros. Se afirma que se preparan con hechicerías toros para matar a determinado mantero o banderillero cuya fama molesta a alguien. Es famoso un caso en la corraleja de San Pelayo, en donde un toro dejó la plaza desierta porque nadie, después de dos muertos y varios heridos, osaba enfrentársele. Repentinamente apareció por una de las puertas un hombre como de sesenta años, con una manta entre las manos, que se dirigió a donde estaba el animal. Al ponerse al frente del toro, el hombre abrió la manta y el animal saltó a un lado y corrió hacia la valla, la destruyó con la embestida y se fue de la corraleja.
En la Plaza de Majagual, de la cual sólo quedan los recuerdos y las menciones que hacen los cantantes en los discos, en donde por muchos años se escenificó la célebre Fiesta del 20 de enero de Sincelejo, Manuel Tamara, borracho, se internó en el cuadrilátero y se dirigió hacia el lugar en donde un toro seguía con singular atención los pasos de un

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mantero que se aprestaba a sacarle una faena, y le gritó: ¡Toro, no hagas eso con ese hombre indefenso! ¡Ven atácame a mí! Y sin nada en las manos Tamara se fue hacia el animal, que se apartó asustado, se alejó a toda carrera y aprovechó que la puerta del chiquero estaba abierta para meterse de inmediato ante la sorpresa de todos. Tamara le informó al mantero que el toro estaba compuesto para matarle esa tarde y que por ello decidió evitarlo.
Urbano Manuel Ramos Ramos, conocido en el mundo de las corralejas como El Loco Ramos, uno de los veteranos en estos ajetreos, nos narró una experiencia suya. Nos dijo que, durante una fiesta de los Santos Reyes en Ciénaga de Oro, al momento de dirigirse hacia un toro para la faena, otro de los viejos manteros lo llamó y le pidió que no lo intentara, porque los dos toros en ese momento dentro la plaza, estaban "compuestos" para matar a un mantero, pero que no sabía a cuál. El hombre le aseguró entonces que, para salvar a sus compañeros, pondría a los toros a beber

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guarapo y rezó un conjuro. Efectivamente, los dos animales empezaron a dar muestras como de inquietud y de un momento a otro corrieron hacia la valla, la destruyeron con el golpe y salieron de la corraleja. No fueron muy lejos. Se detuvieron ante un tanque de venta de guarapo abandonado ante la presencia de los animales y no se quitaron de allí, hasta que no se tomaron la última gota.
Un cotero de la plaza de mercado en Sincelejo, conocido con el apodo de Manito Cortica, identificado como Heriberto García Cruz, de 74 años, natural de Toluviejo, sorprendió a los asistentes a una tarde de toros en la plaza Hermógenes Cumplido del barrio Mochila, en el año de 1968, aproximadamente, al enfrentarse sin otra cosa que sus manos, a un fiero toro del encierro conjunto de Arturo Cumplido Sierra y Edgar Hernández Perdomo. Varios de los testigos afirman que García "parecía tener entre las manos una manta o un capote para sacarle el cuerpo al toro". Él se muestra discreto frente a los

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interrogantes y nos narra una larga historia de cómo desde niño empezó a trabajar en fincas de las Sabanas. "Aprendí a mantear en la finca La Compañía, en Santiago Bajo, para los lados de El Viajano, en el departamento de Córdoba, de propiedad de don Julio Olimpo Urzola Sierra. Ese veinte de enero solamente me enfrenté al toro con mi experiencia, pero yo no tengo ningún secreto", nos responde.
En los alrededores de lo que hoy es en Montería el puente que facilita el transporte hacia las poblaciones costeras, mucho antes de la construcción de la carretera circunvalar, existía un conglomerado de familias de lo que hoy podría calificarse clase media, y algunas pobres, entre la que se encontraba la familia Madera, de donde salieron los hermanos Fidel y José Madera. Ambos con una fama difundidas a todo lo largo de la costa caribe como dos excelentes manteros y figuras principales en cualquier corraleja que se respetara en aquellos tiempos. A Fidel lo llamaron siempre "El Ñato" y al otro "Maderita".

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El primero un banderillero sin par y el segundo llegó incluso a vestir el traje de novillero en corridas de cartel, pero quién sabe por qué no quiso continuar en ello y prefirió, hasta el fin de sus días, la magnitud de una corraleja. En el mismo sector o barrio, vivían dos hermanas. Edelmira Ospino, comadrona de fama, y Victoria Ospino, pitonisa, razón por la cual la llamaban en voz baja "la bruja".
La amistad entre las dos familias permitió que Victoria anunciara que mientras ella viviera, los hermanos Madera no sufrirían ningún percance en sus enfrentamientos con los toros. Singularmente, así ocurrió. Las heridas sufridas por los hermanos fueron siempre de menor grado, hasta el día en que Victoria murió, fecha en la cual un toro arrancó con una velocidad endiablada hacia El Ñato que lo citaba acostado en el piso para colocarle el par de banderillas cuando llegara a la distancia conveniente. Pero la velocidad fue mayor que los reflejos del banderillero, que apareció colgado de la asta del toro que se

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le había introducido por la boca y le salió por el lado izquierdo de la cara, muy cerca del ojo. Desde entonces se ratificó también el apodo de El Ñato. Y a partir de esa misma fecha, ambos hermanos comenzaron a sufrir cornadas graves. Al momento de escribir esto, Maderita había fallecido de muerte natural pero su cuerpo presentaba más de ochenta heridas graves producidas por las astas de los toros, mientras que Fidel, El Ñato, vivo aún, parece un colador con más de cien heridas recibidas mientras estuvo activo en las corralejas. ¿Coincidencia? ¿Victoria los mantuvo tantos años protegidos con sus conjuros?
En el San Jorge, arriba de la localidad de Pica Pica, se encuentran a la orilla del río tres fincas con nombres singulares. La Luna, El Sol y El Edén. Esta última fue o es de propiedad de Ulises Pérez; Las dos primeras pueden considerarse, por su extensión, como haciendas. Al Edén se presentó un día un machetero del que solamente se recuerda su nombre, Andrés, pidiendo trabajo y alojamiento. Le dieron ambas cosas y por lo menos un

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año más tarde, ganada la confianza de todos, inició la cacería nocturna de pavas congonas, que servían para variar el acompañamiento de los alimentos. Refiere el dueño de la finca, que una noche salió el hombre a cumplir su entretenimiento diario y regresó a eso de las dos de la mañana, asustado, porque según él, vio una hermosa pava congona y cuando se disponía a dispararle, una voz le dijo que no lo hiciera. No le puso atención, apuntó y haló el gatillo, pero antes que ver a la pava caer muerta o por lo menos herida, en su lugar apareció una mujer de singular belleza, y le dijo que, al no acatar la invitación y advertencia, desde ese día, no habría de cazar ningún animal de monte, como en efecto le sucedió. Ese mismo individuo presentó meses más tarde a un joven fornido, galante, afirmando que era hijo suyo y pidiéndole al patrón que le diera trabajo, pero con una condición: proporcionarle doble ración. Luego de explicaciones lo engancharon y el joven cumplía un mínimo de dos tareas de las que le encomendaban a los demás peones, que al ver los resultados no protestaron por la

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deferencia.
En un cerro localizado en la finca propiedad de don Miguel Febles, en el municipio de Coloso, los campesinos escuchan con frecuencia un rugido que brota de la tierra, como si se tratara de un animal. Aseguran que del mismo lugar sale cada cierto tiempo, la figura de un hombre de oro, que corre por los alrededores.
En una vieja casa de dos pisos, en pleno centro de Sincelejo, aparece ante quienes allí viven y hasta de los visitantes, una niña que se mece tranquilamente en una mecedora de tiempos antiguos. No pone atención a las preguntas, no mira, no habla, como si estuviera en una dimensión distinta a la nuestra. Varios de los testigos afirman que lo único que cambia es el color del vestido, que de paso es de una moda de por lo menos el siglo dieciocho, que algunas veces es blanco, otras rosado, y hay quien insiste que la vio vestida de verde. Recientemente, a principios del año 2003, apareció en el cerro La Piche del

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municipio de Toluviejo, un individuo al que nadie conocía. Este se acercó a un grupo de personas que seguían las incidencias de un juego de damas, en el que uno de los jugadores, cuyo nombre omitimos, es campeón indiscutible. El hombre, luego de identificarlo, lo retó a una serie de partidas para establecer cuál de los dos jugaba mejor, lo que fue aceptado de inmediato. Después de una jornada de dos horas, el hombre se paró intempestiva y visiblemente molesto, porque no había ganado una sola partida, y en voz baja aseguró que el campeón se las pagaría, y se fue. Cuatro o cinco días más tarde, principiaron a aparecer reses de propiedad del ganador, muertas en los potreros, con una singularidad: unas carecían de cabeza, pero todas estaban sin entrañas. Las características de los cortes son similares a cuando se desgarran las cosas y no por efecto del corte de cuchillos. En un principio se pensó en la incursión de alguno de los grupos de hombres armados de todas las tendencias que pululan por los llamados Montes de María, pero la forma de los cortes hizo cambiar de opinión. No hace

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muchos años, en los Estados Unidos se reportaron casos similares.
Esto nos trae a la memoria un hecho que se concatena con otros que ocurren desde los primeros años de la década del cincuenta del siglo pasado, en varias calles de Sincelejo, en zonas rurales de los municipios del bajo San Jorge y en San Onofre.
Entre los años 1992 y 1993, los amigos Jairo Vásquez, el mocho Vega, Eugenio Atencia y su hijo Dagoberto Atencia, venían en un campero Suzuki después de asistir a las fiestas del corregimiento de La Solera, en el municipio de San Marcos, y al llegar al puente de Caimitico, como a la una de la madrugada, se les atravesó un perro negro de proporciones descomunales parecido a un novillo. El susto fue tan enorme, que no pronunciaron palabras hasta que no llegaron frente a la catedral de Sincelejo, en donde comentaron sobre el asunto.
Un perro de las mismas características,

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fue visto en las calles de Sincelejo desde 1950 en adelante y en un lapso de veinte años, y siempre que aparecía, encontraban en la calle visitada por el animal, una res que carecía de cabeza y de entrañas. En los municipios de San Benito Abad, Caimito, La Unión y San Marcos, hay reportes similares desde entonces. En la misma década, y después de un receso de unos veinte años, desde el 2003 en adelante, se conocen reportes iguales en el municipio de San Onofre.
Ayer nada más, metafóricamente hablando, el caso volvió a ser actualidad y motivo de preocupación. La periodista Martha Morales Manchego, en una nota en la página 6A del diario El Universal del domingo cuatro de julio del 2004, nos cuenta: "Entre la realidad y la ficción se mueve la historia campesina que está recorriendo el departamento de Sucre. En el corregimiento El Cinco, llamado así por su ubicación a escasos cinco kilómetros del área urbana de Sincelejo, galopan múltiples versiones en torno a la muerte sangrienta de animales que aparecen despedazados, sin testículos y

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con mordiscos que le arrancan hasta cuatro libras de carne a burro y vacas. Así sucedió en la madrugada del jueves, en casa de los Bertel, una familia campesina dedicada a la siembra de maíz, yuca y ñame, con muy pocas propiedades, entre las cuales se contaba con el burro bayo que encontraron muerto y desfigurado en un matorral de la parcela. "¿Sería el diablo?", fue lo primero que vino a la mente de Juana de Bertel, quien aún no sale del asombro y de la duda, sobre lo que ha (está) pasando en los campos de El Cinco". Además de las fotografias, la periodista Morales toca tangencialmente los informes relacionados con la muerte de otro jumento en el sector conocido como Policarpa, y la de otros tres burros y una vaca.
La singularidad de estos hechos es que la generalidad de estos ocurre en regiones afectadas por la violencia y por la presencia de grupos de violentos de todas las ideologías si es que puede aceptarse que un violento posea ideologías lo que nos permite

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preguntarnos: ¿Es el demonio Caacrinolaas, el patrón de los homicidas y los asesinos, al que desde tiempos inmemoriales le achacan ser el que diezma hatos ganaderos, que aparece ante quienes lo invocan en figura de perro de tamaño desproporcionado, el autor de los desmanes que aterrorizan a los campesinos sucreños?
. Al alcanzar el Siglo XXI, se piensa que todo lo dicho hasta aquí y de lo que se omite, no es otra cosa que la ingenuidad del montuno, del que vive en el campo, enfrentado a situaciones para él extrañas e incomprensibles, pero que la luz eléctrica que rompió las tinieblas, la apertura y pavimentación de carreteables. y carreteras por las que transitan a altas velocidades los automotores, las pistas aéreas oficiales, semioficiales, privadas y clandestinas, y como si fuera poco, la aparición de la radiodifusión y luego de la televisión, necesariamente tenían que variar las concepciones del montañero, del coralibe, del corroncho. Pero no fue así. Solo varió un poco la condición de los que viven en el campo, que por la

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expulsión violenta o por el desplazamiento ante el miedo a los violentos de todos los colores, pensamientos y condiciones, deben colar, tragar y digerir otros retos, otras incomprensiones y otras actitudes para ellos desconocidas, y chocan en medio del hacinamiento en los tugurios de los arrabales de los pueblos y ciudades, con los mismos miedos, los mismos espantos de la montaña. Solo que esta es una montaña de cemento por un lado y de cartón y plástico por la otra, la de ellos. Es un choque de visiones, de concepciones, de conocimientos y de pensamientos y, por lo tanto, de culturas. Y los entendemos. No es mucho el tiempo pasado entre los que vivimos y sufrimos el desplazamiento forzado de la querencia por la violencia de las décadas del cuarenta y el cincuenta, que la que vienen viviendo los desplazados desde entonces hasta hoy. Cambiaron apenas los actores y los motivos. Los liberales y conservadores, godos contra mochorocos o cachiporros, los que se hacían llamar orgullosamente "capitanes" y el complemento de

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calificativos tales como El Charro, Sangre Negra, Albañil, Venganza, Tiro Fijo, como un camaleón, se tornaron en grupos que se enorgullecen de sus acciones.
Y, no obstante, el montuno continúa viviendo en las mismas condiciones y con las mismas percepciones y concepciones. Basta simplemente enterarse de hechos y circunstancias reportadas en lo que va corrido de esta primera década del Siglo XXI, que son similares a las de la primera del Siglo XVIII. Para el montuno, coralibe o corroncho, nada ha cambiado. El desarrollo de la ciencia y de la tecnología, pasa sin romperlo ni mancharlo. Y si quiere creer en otras cosas, las religiones se encargan de sujetarlo a sus creencias y la televisión, especialmente con una producción norteamericana que cae como ruidosa catarata sobre los ojos y el pensamiento, les entrega en versión moderna su mismo temor a los demonios. Series con distintos nombres, pero de veinticuatro horas de programación, le indican que el infierno está muy cerca y

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que las legiones de Satanás se pasean como Pedro por su casa, como si los gringos pensaran que abandonaron el infierno para habitar el mundo y nos dejaron el sitio de castigo a los mortales. Pero el montuno no cambia su concepción. En cada uno de nuestros pueblos hay un individuo que mantiene opciones diferentes al común de los hombres. Es cierto que hay muchos estafadores que por la radio aseguran saber el pasado, el presente y el futuro de los demás, pero no deja de ser cierto que los hay que compiten, abiertamente y ante testigos, con la medicina, por ejemplo.
Acopiamos una serie de datos sobre este aspecto, que no consideramos saludable publicarlos. Por ello, solamente haremos leves referencias.
Tres distinguidas señoras, dos amas de casa y una educadora, ya fallecidas, fueron invitadas a presenciar cómo se curaba a otra que vino del campo. La mujer, de unos cuarenta años, porte muy distinguido y con algo de belleza, recibió

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un momento cualquiera la atención galante de un habitante de la vereda, que no fue del agrado de la esposa. Esta, movida por los celos, buscó a un brujo para que le hiciera un hechizo tendiente a desmejorarla para que no siguiera siendo acosada por los hombres. Producido el maleficio, la mujer comenzó a ver cómo día a día le crecía el abdomen. Llegó a Montería y visitó a cuanto médico le recomendaron, pero no hubo mejoría alguna. Parecía un tambor.
Una amiga le informó que eso era el producto de un hechizo y le recomendó a un brujo que deshiciera el maleficio. El brujo la examinó, le dictaminó lo que tenía, pero para curarla, lo cual no tendría una duración de más de media hora, exigió la presencia de tres testigos que darían fe, posteriormente, de lo que ocurriría en la sesión de curación, por ser esta inconcebible para los demás. Y así se hizo. Llegó el brujo sin nada en las manos, abrió la sesión, pidió que a la señora le colocaran al frente un recipiente en donde recibir el maleficio que arrojaría, y luego de sus conjuros, sin

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tocarla, sin acercarse a ella, la señora comenzó a mostrar signos de repulsión. Algo quería salir de su estómago y ante todos, vomitó un gato negro como recién nacido. Una semana más tarde, sin abultamiento alguno, regresó a la vereda en donde vive sin complicaciones posteriores.
Un hombre del campo con algunos bienes de fortuna que le permiten vivir acomodado, se ganó la mala voluntad de uno de sus vecinos, el que contrató un maleficio para echárselo. Lamentablemente en el momento en que el brujo cumplió su misión, la que recibió los efectos fue la esposa del hombre. Un abultamiento en el estómago, una serie de ruidos extraños dentro del cuerpo y malestares de toda clase, pasearon por los consultorios, clínicas y hospitales de Montería, Barranquilla, Medellín y Bogotá, sin resultados. Alguien le recomendó a un médico, tegua, mejor, de uno de los pueblos llamado Caño Viejo, tantas veces mencionado en este trabajo, que al saber que habían pagado más de veinte millones de pesos en el proceso,

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pidió solamente el pago de trescientos mil pesos, quince días después de cumplida su tarea y comprobada la curación. Realizada la ceremonia, la señora, ante la presencia de su marido, hijos y otros familiares, expulsó en un vómito un sapo de gran tamaño, que hoy mantienen en un frasco para mostrarlo a quienes van en busca de confirmación del hecho.
¿Qué puede pensarse, cuando un individuo conduce su automóvil y al llegar a un semáforo en rojo se detiene e intempestivamente el semáforo le cae encima? Casualidad, se responde. Algo fortuito, dicen aquellos. Lo que no saben es que el mismo individuo, treinta días después del caso del semáforo, estrenaba un hermoso campero con el cual remplazaba el automóvil destruido e inusitadamente el capó del vehículo se abrió y le tapó la visión cuando avanzaba a velocidad regular, estrellándose contra un poste. El orgullo de la casa fabricante del campero es la seguridad del capó que viene sujeto con dos ganchos de acero que aparecieron sin daño ninguno. El hombre

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aceptó entonces someterse al examen de un brujo, que le indicó que estaba siendo objeto de manipulaciones diabólicas por dos mujeres, que no eran otras que su propia esposa y la amante, ambas con la ambición de quedarse con parte de sus bienes. Comprobó los informes al buscar con cuidado tanto en su casa como en la de la amante y halló fotografías suyas mantenidas boca abajo en rústicos altares, plagadas de alfileres. El amor, sin embargo, enceguece, enmudece y atrofia las capacidades mentales y el personaje nada hizo contra sus dos mujeres. Exactamente a los treinta días del segundo incidente y nuevamente estrenando vehículo, se dirige por una calle recta y plana, como son las de Montería, y de un momento a otro se le traba el timón, se le van los frenos como se dice en el argot de la mecánica, se le pega el acelerador y rueda a una velocidad enorme y como si bajara por una loma, da tres vueltas de campana y muere. Tres es un número cabalístico, por ser múltiplo de seis, el número de la Gran Bestia, como se llama al demonio principal. Y este caballero sufrió un

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accidente extraño cada treinta días, hasta que al cumplirse noventa, muere. ¿Qué pensar?
Un caballero muy elegante y de buena suerte con las mujeres, como que se enredó con una dama de casco liviano que colgaba con frecuencia los cachos al esposo, que pese a saberlo, sólo vino a sentir celos de éste. Le hicieron el maleficio y una tarde, cuando venía de la entidad bancaria en la que trabajaba, tropezó con una piedra, se vino al piso y jamás pudo volver al trabajo ni a recuperar su estado. Quince o veinte años más tarde, fue donde un brujo en cercanías de Planeta Rica, quien al verlo le dijo: Viene usted muy tarde, el que realizó el trabajo ya murió y es imposible deshacerlo. Sin embargo, dos años después ya camina por esas calles de Dios, pero los años le cayeron encima.
En que sitio ubicamos a los que compiten, y tal vez con mayor acierto, con los laboratoristas químicos o microbiólogos, en lo de estudiar las heces humanas, es la pregunta del

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millón. Son incontables los que después de conocer los resultados del laboratorio visitan a un "curioso" que mirando los orines le da una información sobre la enfermedad que padece. En algunos casos concuerda con el examen, pero en lo demás difieren ostensiblemente. Lo extraño de esta situación es que el "curioso" es comúnmente un iletrado. ¿Quién, cuándo y cómo le proporcionó ese conocimiento?
Al respecto, tenemos el caso de un hombre, que para la fecha de aparición de este libro debe haber fallecido porque a principios del 2004 contaba con 95 años. Se trata de Jerónimo Benítez Hoyos, residente en la vereda Hoyo Oscuro del corregimiento de Guateque en el municipio de Montería, con una amplia y larga fama de acertado en la lectura de los orines y en la formulación de medicamentos. Al "Viejo Jero" como se le llama, no dejan de tenderle trampas. Un vecino de Guateque le llevó los orines de una yegua, diciéndole que eran los de su esposa, que estaba bastante enferma. El anciano tomó el recipiente, lo puso a la

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luz del sol, lo miró con detenimiento y de pronto le dijo: "Tu mujer no está enferma sino estropeada. Y para que te enteres por qué, te informo que esta preñada de un caballo joven"
No creemos necesario continuar. Es posible que se nos queden otros mucho más interesantes. Pero el propósito es hacerles caer en cuenta que, por mucha televisión, mucha coca cola, muchos perros calientes y hamburguesas, nada cambiará al hombre que vive en el campo. Y esto debe llenarnos de orgullo a quienes nacimos en las áreas rurales de la Costa Caribe colombiana, porque indica que seguimos conservando nuestra identidad.

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UNA CAMINATA CONTRA EL DIABLO
Quienes conocieron a Elías Cogollo, lo definen como un hombre serio, parco en palabras, buen amigo y de un alto sentido humanitario, cumplidor de sus deberes y de una respetabilidad encomiable. "Fue un hombre que le puso con el ejemplo la verdad a la vida. Para él fue un axioma invariable el valor de la palabra empeñada", nos informa uno que fue su amigo.
Elías Cogollo nació en el pueblo de Severa, en donde gozó del aprecio general, pero fue un caminante incansable, lo cual le permitió realizar una hazaña de la que pocos pueden alardear. Al momento de escribir esta nota, tenía ya unos quince años de muerto, debió fallecer en 1989 o en 11990, pero pese a su popularidad, nadie pudo informarnos en qué sitio ni por qué causas se fue de este mundo. Unos dicen que murió de viejo, entre setenta y ochenta años, en el municipio de

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Canalete. Otros que en Puerto Escondido, mientras que pocos señalan a Puerto Rey y al municipio antioqueño de Arboletes, como escenario.
Siendo muy joven, Elías, ávido de enseñanzas, aventurero de corazón, explorador de nuevos conocimientos, con una capacidad intelectual fuera de lo común entre sus coetáneos y paisanos, interesado en las cosas nuevas y misteriosas, adelantó todos los estudios sobre magia blanca, roja y negra y otros aspectos de brujería, con gran aprovechamiento y singular destreza.
Por esas razones, se le considera como el mejor. Ninguno de los otros brujos, a los que en otros lugares se limitan a calificar como magos, pudo superarlo en el desempeño de su trabajo. La lista de conocimientos y actividades de Elías Cogollo fue apreciable. Dominó la Astrafalomancia o Cubomancia, que le permitían adivinar por la caída de los dados; La Eromancia o Hidromancia, por el vaso de agua; La Cafeomancia por la borra del café y por las huellas que la

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misma deja en las tazas después de haber ingerido la bebida; la Batracomancia, por las ranas, un sistema poco conocido en la región; la Alomancia por la forma en que queda la sal al ser derramada; la Acultomancia, por las agujas; la Aeromancia, por el aire; y la Alectroromancia, por el canto del gallo, en lo que parece fue el único en utilizar este sistema.
Pero fue en la capacidad de desplazamiento en la que adquirió fama. Y a ello sumaba un sexto y hasta un séptimo sentido, por cuanto se enteraba de los acontecimientos de sus familiares y amigos segundos después de ocurridos. Y en poco tiempo, cuando apenas se pensaba en enviarle aviso, ya estaba él en el lugar indicado presto a dar ayuda, si se requería o para acompañar en los sentimientos de pesar a los familiares y amigos enlutados.
En alguna ocasión y nadie sabe por qué, le prometió a nuestra abuela, materna, Eduviges Reina Bello, así como a las hermanas de ésta, Marciana (Chana)

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Bello y Débora (Veo) Bello, que en el sitio en que estuviera, tendría información del fallecimiento de cada una y vendría cumplidamente a rezar el novenario. Y así se cumplió, llegando rezagado al de Eduviges Reina, porque ignoraba que ésta no se encontraba en el pueblo de Severá sino en la localidad de Tierralta en el Alto Sinú y le tocó hacer doble jornada para darle cumplimiento a la palabra empeñada. Fue ella la última de las tres hermanas que murió.
Lo destacable de estos hechos es que Elías Cogollo no subió jamás a un burro, una bestia, una canoa, una lancha o un automotor para desplazarse. Siempre fue un caminante inagotable. La última de las tres promesas lo obligó a salir de Puerto Escondido hacia Severá a las siete de la mañana y a las diez estaba en su pueblo natal, dándole aviso a la familia del fallecimiento de la Reina. Al enterarse de que ella estaba en el Alto Sinú, emprendió camino a Montería y luego a Tierralta, a donde llegó cuando se aprestaban a iniciar los rezos, a eso de las cuatro de la tarde. Una jornada de nueve

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o diez horas. Se dice que normalmente un hombre, a buen paso y sin descanso, bien "alentao' como los califican en la región, puede caminar ocho leguas por día. La legua es una medida itineraria equivalente a cinco kilómetros y medio, lo cual representa unos veintidós kilómetros. Aproximadamente la distancia entre Ciénaga de Oro y Cereté. Otros afirman que un hombre no camina más de cuatro horas por día, con equivalencia a legua por hora. Otra cosa señalan los científicos, especialmente los rusos, que investigaron, llevando a una jornada normal lo que podría caminar un jugador de fútbol en noventa minutos de un partido. Lamentablemente olvidaron a los jugadores de billar. De todas maneras, la jornada de Elías Cogollo fue extensa. Unos 63 kilómetros de Puerto Escondido a Severá, otros diez de Severá a Montería y de ésta a Tierralta unos 85, para un total de 158 kilómetros. Si la cosa es verdad, y nadie lo puso en duda entonces, Elías Cogollo caminó un promedio de 16 kilómetros por hora, que es lo mismo que decir que fueron tres leguas por hora y unas 30 leguas durante el día, lo cual sería

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el recorrido normal de un hombre "alentao” durante más de tres días de intensa y agobiadora jornada. Esto no debe sorprender si se conoce una proeza de Elías Cogollo, que lo elevó a la cúspide de la fama en materia de brujerías. Fueron tantos los que lo vieron en la competencia, que no necesitó contarle a nadie, porque los testigos se encargaron de pregonarlo. Veamos: Quién sabe por qué. razones, Elías Cogollo, con el acopio de tantos conocimientos en asuntos de magia negra y después de varios años de ejercer su oficio de brujería, renegó de la compañía diabólica y se convirtió en un hombre religioso. De allí nació su oficio de rezandero, lo cual hacía con mucha complacencia de quienes utilizaban sus servicios en estos menesteres. El cambio le atrajo el odio de Satanás, que lo sentenció a morir. Elías lo retó entonces a una competencia y le ofreció al señor de los inflemos, que, si le ganaba caminando, le entregaría el alma sin complicaciones de ninguna clase. Fijaron una ruta que se iniciaba en Puerto Escondido, llegaba a Canalete, desviaba

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casi devolviéndose hacia Pueblo Búho, se metía a Santa Lucía, bordeaban a Montería y se dirigía a San Carlos, para luego tomar a Ciénaga de Oro, Punta de Yánez, Cereté, San Pelayo y dirigirse de nuevo a Santa Lucía y finalizar en Severá.
El recorrido debía cumplirse entre las doce de la noche y las doce del día sin descanso. Satanás confiaba en sus condiciones y aceptó que, si por cualquier causa se alejaba el uno del otro, no habría impedimento para continuar la caminata, porque irremediablemente debían encontrarse en Severá a la hora indicada. Si Elías Cogollo llegaba primero, quedaba exento de sus obligaciones infernales. Si era el diablo, entonces, allí mismo, entregaba su alma.
Los que alcanzaron a ver al diablo y a Elías transitar la ruta establecida, juraban que no se sabía cuál de los dos caminaba con mayor rapidez. "No se alcanzaban a ver los pies" nos informó uno de esos testigos. A la par, paso a paso, transitaron Elías y el diablo. Uno junto al otro y sin

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agotamiento, fueron de uno a otro lugar para cumplir la jornada de doce horas continuas de caminata. Pero Elías, humano al fin, comenzó a sentir los efectos de la larga caminata en todo su cuerpo. No se trataba simplemente de caminar, sino que el diablo le estaba imponiendo un ritmo fuera de lo normal en claro intento de agotarlo para que se quedara rezagado y él no podía permitirlo. Cuando se inició uno de los tramos finales, el de San Pelayo a Santa Lucía, fue víctima de la tentación de hacer un atajo y engañar al diablo dirigiéndose a Severá, pero concluyó que de nada le serviría. Cumplidor de la palabra, no podría fallar en momento tan crucial, porque eso era, entre otras cosas, una de las metas de Satanás: Obligarlo a incurrir en el pecado.
Analizando las circunstancias del reto mientras andaba, pensó que su compromiso era llegar primero a la meta. Y mirando hacia el caño en el último tramo, decidió que no estaba pactado ni prohibido el que para llegar lo hiciera por el agua y dejó que Satanás avanzara cerca

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de cincuenta metros adelante y sin pensarlo dos veces se lanzó al caño y se fue nadando por debajo del agua y al llegar a cercanías de Severá, sin emerger ni una sola vez, salió a flote, subió a la orilla y retomó el camino. Cuando el diablo llegó, Elías Cogollo estaba en la plaza principal de Severá dándose masajes en los pies y en las piernas, con los vestidos empapados aparentemente de sudor. Circunspecto, nada dijo al señor de los infiernos, que se quedó mirándolo y desapareció súbitamente para dejarlo tranquilo por el resto de la vida.
Como lo anotamos en otro lugar con respecto al brujo Antonio Macea, que poseía la facultad de desplazarse a pie a grandes distancias en corto tiempo y sin cansancio alguno, Elías Cogollo debió poseer el "Anillo de los Viajeros" de que se habla en los tratados de brujería o la oración del perro negro.
Esta oración o secreto, lo posee un hombre de condición humilde de Sincelejo, cuyo oficio hasta el año 2000, era llevar y traer bultos de los depósitos y

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graneros de la plaza de mercado, identificado como Rodrigo Solar Rodríguez, de 74 años, residente en el antiguo barrio Las Carautas, hoy San Roque. Una demostración la hizo en presencia de la señora Emma Álvarez, una rezandera y enfermera empírica de la capital de Sucre, así como de otros que la acompañaban. Salieron del barrio Las Carautas de Sincelejo en un vehículo automotor y lo dejaron allí. Pero al llegar a Varsovia, lugar de destino, lo encontraron allá cuando ya había tomado tres tazas de café y fumado dos cigarrillos. En el trayecto, vía única, no pasó hacia Varsovia ningún vehículo automotor ni caballo. Es decir, que Rodrigo Solar caminó unos veinte kilómetros en un dos por tres y a mayor velocidad que el automotor. Como todos los poseedores de los llamados secretos, se negó a dar información, alegando que eso había ocurrido cuando tenía quince años y que ya no recordaba los detalles. Ante nuestra insistencia, aceptó que conocía el secreto del Anillo del Viajero y la oración del perro negro, "pero todo eso y muchos otros secretos, los tiré en una
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poza en donde se perdieron" y se escudó en la pérdida de la memoria para no repetir lo que algún día ¿O acaso aún? fue practicado por él. Y Elías Cogollo, sin ufanarse de su proeza, utilizó entonces todos los conocimientos adquiridos, los diabólicos y los sagrados y vivió feliz el resto de su vida. La historia costeña está plagada de referencias de victorias humanas sobre el diablo. Francisco el Hombre, en el Cesar, le habría ganado en la ejecución del acordeón, pero debió recurrir a cantarle el Padre Nuestro al revés. Francisco Llirene, en Ovejas, le ganó tocando la tambora, pero sin cuero, solamente con un pañuelo.

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LA RESPUESTA
Tras años de consultas, entrevistas y otras averiguaciones, y ya listo el trabajo en sus tres partes fundamentales, nos enfrentamos a un interrogante: ¿Qué falta? No es una novela en cuya trama podríamos ocultar la verdad, maquillarla y presentarla de otra manera. Faltaba algo, porque de lo contrario, surgirían interrogantes que nos dejaría todo entre lo inexplicable.
Esa pregunta nos trasnochó y ya estábamos a punto de rendirnos, cuando surgió una persona de la mayor confianza, una mujer con parentesco cercano, con la que habíamos charlado de estos aspectos, pero a la que anteriormente no le hicimos la pregunta. Fallas del periodista.
Si algo nos ha caracterizado en esto de escribir libros, es no creer ni hacer creer que agotamos todos los recursos y que el trabajo es completo. Por el contrario, dejamos las puertas, las sendas y los

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caminos abiertos para que otros con mayor y mejor instrucción, ilustración y conocimientos, así como inteligencia, tiempo y recursos, continúen el trabajo para recuperar lo nuestro, lo caribeño, lo montuno, coralibe o corroncho.
Esa tal vez la razón para que no agotáramos lo relativo a María Sarilla, la legendaria bailarina del Sinú y en ese mismo libro, tocáramos tangencialmente a un personaje como don Cristo Torres, el hombre que abrió la denominada "Trocha Cristiana", el mayor aporte para el desarrollo económico y social de la Sabana, el San Jorge y el Sinú, a través de los viajes de ganado a Medellín, que los sabaneros están dejando diluir en el tiempo y en la distancia sin otorgarle los méritos que le corresponden. Y fue el mismo criterio que imprimimos en el trabajo sobre la tragedia de la corraleja del 20 de enero de 1980, de cuyo caso y después de un cuarto de siglo, no se sabe ni siquiera el número total de muertos y heridos.
Lo que nos intrigaba y llenaba de

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interrogantes, era que no se explicaban las causas para que una zona geográfica localizada entre los municipios de Montería, Cereté, San Pelayo, Lorica, y hoy de San Bernardo del Viento, Moñitos y Canalete, presentara tan alto índice de casos de brujería, de encantos, hechizos, maleficios y hechos fantásticos. Por lo menos comparando esta con otras zonas de la Sabana y el San Jorge, no hay similitud: Solamente un núcleo cercano a Montería, pero por el otro lado a la ya señalada, el Corregimiento de El Sabanal, registra un volumen apreciable de casos. El Sabanal, sin embargo, contó con más suerte. Es al terminar este trabajo, la residencia campestre del Presidente Álvaro Uribe Vélez, que quizás no tiene idea de lo que aquí afirmamos.
Con excepción de las Niñas Encantadas, que hicieron, parece que aún lo hacen, pero restringidamente, el bien entre los enfermos, los demás casos requerían por lo menos una fantasía por muy temibles o peligrosos que fueran. Y al plantearle el

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asunto a la parienta nos dijo:
- "¿Acaso no sabes que en esa zona está la Cueva de Salamanca?". Al indagarle de qué nos hablaba, nos respondió:
- "La Cueva de Salamanca es el acceso a una parte del infierno, en la cual reciben educación los aspirantes a brujos y a ella deben volver cuando se van a graduar. Es como una escuela y al mismo tiempo una universidad".
- ¿No será la Cueva de Salamandra? Salamandra es lo que encontramos fonéticamente parecido en el material acopiado.
- "No señor. La Cueva de Salamanca, por la que entraron todos los que después fueron brujos de Severa, Caño Viejo, El Chorrillo, la Boca de Lara, Santa Clara, Santa Lucia y demás poblaciones de ese territorio".
Quedamos alelados. Como si fuera la Puerta a las Estrellas a que se refiere el

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programa gringo de televisión Stargate, sobre viajes espaciales. Y se lo preguntamos.
- "Sabes muy bien que vivo en el monte y allá de vaina salen los canales colombianos. Jamás he visto ese programa y a mí no me vas a decir ahora que creo en pendejadas de novelitas ¡No señor! Por lo menos debes respetarme porque te llevo varios años de ventaja". La mujer casi se va del lugar y me vi en dificultades para que continuara hablando del tema.
- "Hay que encontrar el sitio donde está la puerta, entrar por ella hacia el mundo del diablo y pedir los poderes que uno quiere. Después hay que volver a presentar las pruebas, como una especie de examen, para demostrar que se entendió lo que le enseñaron. Solamente entonces se le dan los poderes y las condiciones que pidieron", explica la informante. Le preguntamos:
- ¿Usted entró por esa puerta?

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-"No señor, porque jamás he sido bruja ni me interesó el asunto. Pero sí conocí a muchas personas, hombres y mujeres, que fueron al sitio y entraron... Varios de ellos todavía viven. Es por eso por lo que puedo hablarle de los mejores brujos y brujas de esas tierras".
- ¿La Cueva de Salamanca existe aún?
-"Allí está. Con el tiempo y tal parece que, siguiendo órdenes del infierno, ya no va mucha gente".
- ¿Podría acompañarnos hasta el sitio?
- "Puedo, pero no debo. Usted no sabe con quiénes va a meterse. Esas cosas no son para echar cuentos. Y si durante tantos años, porque conocí el lugar en donde está cuando apenas tenía trece años, jamás se me dio por volver ni por meterme, ¿Cómo cree que, a esta edad mía, voy a hacerlo?"
- ¿Al menos podría indicarnos dónde queda?

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- "Si se compromete a no hablar de eso ni con su mujer ni con sus hijos, mejor dicho, con nadie, ni menos publicarlo". Y se acabó el diálogo.
La Cueva de Salamanca, el lugar en el que podemos establecer la realidad de las cosas que hoy consideramos fantasías, está allí. En el sitio menos pensado y frente a ella pasan católicos, evangélicos, testigos, etc. Si el progreso y el modernismo se mantienen a buen ritmo, quizás se eleve una construcción que la tape. Pero continuará por siempre jamás siendo una puerta al infierno, quizás una similar por la que entró Virgilio acompañando a Dante, por la que pueden penetrar los que no han muerto.

FIN




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